Exultante se mostró Hillary Clinton ante sus seguidores
atribuirse el triunfo en la primaria de New Hampshire. Su
victoria significó un fracaso rotundo para los encuestadores.
Ganó Hillary Clinton en las primarias demócratas del martes. Con 39,1% de los votos, venció a su contrincante Barack Obama (36,4%) y por sobre todo a las encuestas, las que venían proclamando una ventaja de 10 puntos del senador afro-americano.
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Las argumentaciones del «día después», como es de rigor, intentaron salvar la reputación de los encuestadores que en EE.UU., a diferencia de la Argentina, todavía es buena. Fundamentaron su yerro en que las elecciones primarias en New Hampshire son abiertas, y que las encuestas previas no pudieron anticipar que del medio millón de personas que concurrió a votar, casi 40% fuera independiente o no afiliado a los partidos Demócrata o Republicano. Ahora bien, ¿por qué, entonces, las encuestas sí acertaron con el triunfo en New Hampshire del republicano John McCain, que unos días atrás, en el caucus de Iowa, había arañado un cuarto lugar?
Quizás no haya respuesta válida para explicar las sorpresas y contradicciones que viene dando esta carrera presidencial norteamericana. Es que en las candidaturas hay de todo, como en botica: una mujer, un negro, un mormón, un pastor evangelista, un mujeriego como Giuliani...
Entre los republicanos, el candidato McCain recoge gran parte de su intención de voto por estar en contra de las políticas de Bush -de su mismo partido-, pero anda escaso de fondos. Peligra así su futuro en las primarias. Mitt Romney, mormón y muy adinerado, ya gastó cerca de 80 millones de dólares de su peculio en una campaña, que, por demasiado agresiva, lo tiene colocado en un punto muerto. Rudolf Giuliani, el héroe del rescate en la masacre de las Torres Gemelas, por no presentarse a las dos primarias iniciales, ve esfumarse su candidatura. Mike Huckabee, el vencedor de Iowa, ex pastor evangélico y gran orador, seduce con sus discursos pero es demasiado conservador.
Inexplicable
Hillary, la previsible, la ordenada, la primera en largar su campaña por la candidatura demócrata, es hoy, paradójicamente, la más inexplicable. En la última semana, rompió con todas las reglas de lo políticamente correcto. Su primera medida fue drástica. Y muy simple. Se sacó de encima a su marido. Hasta los primeros días de enero, Bill Clinton venía haciendo campaña junto con ella. El era su abogado defensor; ella cimentaba su discurso en la «experiencia» adquirida durante la «sociedad presidencial» que tuvo con Bill en los '90. Casi como que la Administración Clinton hubiera sido plenamente compartida y que la elección de Hillary fuera un referendo a la actuación de Bill. Pero el exitoso mensaje de «esperanza y cambio» de su contrincante, Barack Obama, llevó a que Hillary tuviera que girar el dial hacia el modo «nuevo comienzo». Traducido: sin Mr. Clinton y su entorno.
De un día para otro dejaron de ser visibles dos fichas fundamentales, heredadas de su esposo. Madeleine Albright, la ex secretaria de Estado, que fue reemplazada en los estrados y mitines por jóvenes partidarios. Y Mark Penn, el asesor que la revista «The Economist» calificó como el hombre más influyente en el Partido Demócrata, quien fue abruptamente retirado junto con su fallido slogan de «Hillary es experiencia».
Además, Hillary dejó de ser la mujer de acero. Se mostró con su hija Chelsea. Lagrimeó, agotada por la presión de las primarias, ante las cámaras de televisión. Se reveló vulnerable, frágil. A contrapelo de las estadísticas, el lloriqueo televisivo sumó y no restó. De mujer política con «stamina» plagada de testosterona pasó a una intuitiva, representante del sexo débil. Esta nueva Hillary, la del nuevo comienzo, es la que consiguió dar vuelta el resultado en New Hampshire. Ganó con el voto femenino, y no sólo como en Iowa, con el de las mayores de 45 -más inclinadas a los cambios como es el de una presidenta mujer-, sino con el de las de la clase trabajadora, siempre más conservadora. Ahora ya salió a buscar el voto joven.
En las próximas primarias (el 15 en Michigan, el 19 en Nevada, el 26 en Carolina del Sur, el 29 en Florida y el 5 de febrero en simultáneo en 22 estados) se verá si Hillary Clinton consigue modificar su imagen negativa, que hasta hoy es de 40%. Esa es su desventaja frente a Obama, con 80% de imagen positiva. Hoy Hillary sigue liderando las encuestas a nivel nacional. Aunque lo que digan las encuestas en estas elecciones no asegura nada, como acaba de demostrar el resultado de New Hampshire.
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