Andrés Kiefer tiene 20 años, es argentino, cursó el secundario en un colegio de Belgrano y ahora medita sobre su futuro mientras veranea en Punta del Este. Lo que lo diferencia de sus amigos es que durante 2004 no fue a la universidad, sino que patrulló para el ejército de EE.UU. las inmediaciones de Falluja, epicentro de la resistencia iraquí, un camino inesperado que le presentó la vida.
El joven, hijo de padre estadounidense ( fallecido) y madre británica, afirma con tono templado que cuando llegó a la Argentina para pasar las fiestas de fin de año tuvo «una inmensa sensación de paz, me reencontré con mi país».
Utiliza el «nosotros» para referirse a Estados Unidos, aunque de sus palabras se desprende que, por momentos, siente aquella guerra como inevitablemente ajena. «A veces, en medio del desierto, con 50° que se hacían 58° con el uniforme y el chaleco, después de pasar ocho horas levantando ruedas y metales que los rebeldes dejan sobre la ruta, con el miedo de que se trate de bombas-trampa, me agarré la cabeza y me pregunté qué estaría haciendo en la Argentina con mis amigos.»
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Kiefer nació y vivió hasta los 17 años en Buenos Aires. En diciembre de 2001, antes de la caída de Fernando de la Rúa, el joven partió hacia EE.UU. «en busca de un futuro, para estudiar economía». «No bien llegué me di cuenta de lo difícil que iba a ser estudiar en la universidad, porque es carísimo. Terminé el secundario, me ofrecieron ser marine y acepté porque eso te da derecho a becas de estudio, seguro médico y a u$s 40.000 al finalizar el contrato de cuatro años. No pensaba en Irak.» Después de un período de instrucción en Carolina del Norte, en donde estudió como ingeniero electricista de la Marina, en enero pasado fue trasladado a Irak. ¿Miedo? «No tuve tiempo de pensar en eso, cuando me di cuenta estaba en Kuwait.»
Sus rasgos físicos son indudablemente sajones, tanto como su personalidad es porteña. «Tengo pinta de gringo pero me identifico con la gente de acá. De hecho, me hice más amigo de mexicanos y centroamericanos enrolados», cuenta.
•Recuerdos
Aunque representa menos edad de la que tiene, su mirada refleja la crudeza de los recuerdos que lo marcaron hasta hace pocas semanas. Confiesa que vio «mucha gente muerta, cadáveres de compañeros, tuve que disparar y dormí en campamentos que fueron atacados con morteros». Algunos de sus amigos porteños son impiadosos y no se resisten a las bromas adolescentes. «Me dicen todo el tiempo que hice tiro al blanco con civiles iraquíes. Les respondo que no es así, que no vi nada parecido».
«De los iraquíes sólo puedo decir que son muy amigables. Los nenes nos abrazan cuando llegamos con peluches a escuelas en medio del desierto». Entiende que «la resistencia tiene derecho a defenderse». Sus palabras más agrias son para la guardia nacional iraquí. «Los formamos y financiamos con mucho dinero, pero vemos con largavistas cuando algunos venden las armas que les damos o ponen explosivos en puentes.» Prefiere no ahondar sobre los argumentos de la guerra. «Haber derrocado a Saddam Hussein estuvo bien», se limita a decir.
En pocos días debe estar nuevamente en servicio, en principio en una base en California, cerca de San Diego, aunque en 48 horas podría volver a caminar por Falluja, si es necesario.
El oasis de Kiefer transcurre entre Buenos Aires y Punta del Este. A la luz de los últimos acontecimientos: ¿Da ventaja ser un marine que combatió en Irak para cortejar argentinas? «Sí, pero a veces no me creen y tengo que mostrar la credencial.»
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