La mujer que se volcó a la política para que no se repita el pasado

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Santiago (enviado especial) - La vida de Verónica Michelle Bachelet Jaria resume los abismales contrastes de la historia moderna de Chile. Mujer, socialista, agnóstica y separada dos veces (y con tres hijos) en un país que recién hace dos años pudo digerir la aplicación de una ley de divorcio era, hasta hace un tiempo, la persona más impensada para gobernar este país.

Quienes han seguido de cerca su trayectoria recuerdan dos hitos en la construcción de su imagen presidenciable. El primero, siendo ministra de Defensa de Ricardo Lagos, se produjo cuando se mostró enérgica y subida a un tanque dirigiendo personalmente las tareas de rescate de los damnificados por una severa inundación en el norte de Santiago. El segundo, poco después, fue durante un recital de su amigo Joan Manuel Serrat, al que asistió junto al presidente. Este fue muy aplaudido por el público, pero la ovación que ella recibió fue conmovedora y memorable. El «fenómeno Bachelet» había nacido.

Mucho antes, en 1974, su vida (y su trayectoria pública) quedaría marcada a fuego. Tenía 22 años, cuando su padre, el general de Brigada Aérea Alberto Bachelet, fue secuestrado por sus propios camaradas, quienes el año anterior habían perpetrado el golpe de Estado que llevó al poder a Augusto Pinochet.

Bachelet padre había sido director de las Juntas de Abastecimiento y Precios de
Salvador Allende y su destino fueron meses de torturas y la muerte en la Cárcel Pública de Santiago.

• Militancia

Michelle era entonces «algo hippie, de pelo largo y anteojos de abuelita», según la recuerdan. Cursaba 4° año de Medicina en la Universidad de Chile, estudiaba también Sociología y militaba en el socialismo, por lo que era natural, dado lo vivido, que decidiera trabajar en la clandestinidad contra el régimen y en respaldo de los perseguidos políticos. Tales actividades la hicieron caer en manos de la policía secreta (DINA) junto con su madre, la antropóloga Angela Jeria. Fue a parar al peor centro de reclusión, Villa Grimaldi, y su madre, a Cuatro Alamos.

«Me separaron de mi madre. Me empezaron a interrogar. Me torturaron... Me cuesta recordar, es como que se me bloquearon los malos recuerdos. Pero lo mío no fue nada al lado de lo que sufrieron otros»,
dijo pasado el tiempo. «No soy un ángel. No he olvidado.

Tengo dolor, pero he tratado de canalizar ese doloren un espacio constructivo. Yo insisto en la idea de que lo que pasó en Chile fue tan doloroso, tan terrible, que no deseo que nadie viva nuestra situación otra vez», siguió.

Gracias a los contactos familiares en las fuerzas armadas, ambas fueron liberadas y se exiliaron en Australia, para más tarde marchar a la ex Alemania comunista. Retomó sus estudios de Medicina en la Humboldt Universitat de Berlín oriental, y en 1979 regresó a Chile, donde se recibió de cirujana en 1982.

El régimen vivía su apogeo y comenzaba a controlar la economía, tiempos en los que Bachelet siguió dedicada a su carrera, especializándose en Pediatría y Salud Pública. Pronto se vio otra vez trabajando en política, ayudando a hijos de desaparecidos y militando por el retorno de la democracia.

Superada la dictadura, y mientras escalaba en la jerarquía del Partido Socialista, las viejas heridas la hicieron desarrollar un interés por las relaciones cívico-militares, por lo que ganó una beca sobre Defensa Continental en el Colegio Interamericano de Defensa de Washington. Allí viajó en 1997.

El gran salto lo dio de la mano del ya presidente Lagos en 2000, cuando es designada ministra de Salud y, sobre todo, en 2002, cuando pasó a dirigir el Ministerio de Defensa.

Ayer,
Michelle Bachelet, la mujer que en la campaña hizo gala de hablar seis idiomas y mantiene sus modales afables y una sonrisa fresca que desmiente sus 54 años, se convirtió en la primera mujer en gobernar Chile. La larga y extraña parábola se ha cerrado.

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