Hace una semana, en estas mismas páginas, sostuve que el fracaso de una política no siempre desacredita la idea que la inspiró. A propósito del Brexit y del ascenso de Nigel Farage, sugerí que las ideas rara vez mueren; lo que suele morir es la confianza en quienes debían convertirlas en realidad.
La segunda oportunidad
Los hechos fueron los mismos para todos. Lo que cambió fue el relato construido a partir de ellos. El segundo mandato de Trump se construyó sobre una narrativa de continuar lo interrumpido.
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Donald Trump no logró la reelección y volvió al poder bajo la promesa de retomar las tareas no terminadas.
El Reino Unido ofrecía un ejemplo elocuente. Mientras el Brexit perdía apoyo en las encuestas, Farage obtenía el mejor resultado de su carrera política. La aparente contradicción desaparecía cuando una parte del electorado dejaba de atribuir el fracaso a la idea y comenzaba a atribuirlo a su ejecución.
Si en parte del Reino Unido se manifestó la persistencia de una idea, en sectores de Estados Unidos parece observarse la persistencia de un liderazgo que afirma encarnarla.
Donald Trump perdió las elecciones de 2020. Cuatro años después regresó a la Casa Blanca con respaldo suficiente para recuperar la presidencia. Más allá de las razones económicas, sociales o coyunturales que explican ese resultado, su regreso invita a formular una pregunta más profunda: ¿por qué una parte decisiva de la sociedad norteamericana no interpretó su primera presidencia como una experiencia agotada, sino como una tarea interrumpida?
En política solemos pensar que una experiencia fallida reduce las posibilidades de regreso de quien la protagonizó. La historia reciente de Estados Unidos obliga, una vez más, a revisar esa convicción.
Para muchos votantes republicanos, la derrota de Trump en su primer intento de reelección no demostró el fracaso de ese proyecto político. Según esa interpretación, el sistema habría impedido su despliegue completo. En esa lectura, el Congreso, los tribunales, la burocracia federal, los medios de comunicación, una parte del propio Partido Republicano y el llamado "Estado profundo" aparecen como las fuerzas que limitaron o distorsionaron el mandato recibido en 2016.
Toda narrativa necesita un contexto cultural para resultar verosímil. En Estados Unidos existe una larga tradición de sospecha hacia las estructuras permanentes del poder federal. Esa predisposición no demuestra que la interpretación sea correcta. Explica, en cambio, por qué pudo adquirir tanta eficacia política.
La diferencia no estaba en los hechos. Estaba en la forma de interpretarlos. Y, en política, eso suele cambiarlo todo.
Los hechos fueron los mismos para todos. Lo que cambió fue el relato construido a partir de ellos. Y los relatos suelen sobrevivir mejor que los gobiernos que los encarnan.
Si el primer gobierno de Trump fue un fracaso, la consecuencia lógica sería buscar otro camino. Si, en cambio, fue una experiencia frustrada por la resistencia del sistema, la respuesta puede ser exactamente la contraria: darle una segunda oportunidad a quien, según esa interpretación, no pudo desplegar plenamente su proyecto.
Trump construyó su regreso político sobre esa interpretación. No se presentó como el dirigente que venía a corregir el rumbo de su primer mandato, sino como quien tendría, ahora sí, todas las herramientas necesarias para llevar adelante aquello que antes —según su narrativa y la de sus seguidores— había quedado inconcluso.
Por eso su victoria no puede explicarse únicamente por la inflación, la inmigración o los errores del gobierno demócrata. Todos esos factores influyeron. Pero no alcanzan para comprender la profundidad del fenómeno. Trump volvió porque una parte sustancial del electorado interpretó que su primer mandato no había sido el final de una experiencia, sino apenas el comienzo interrumpido de una transformación.
En ese punto, ese liderazgo se parece menos a un programa de gobierno que a una narrativa de continuidad. Su promesa consiste menos en inaugurar un tiempo nuevo que en retomar un proceso que, según sus seguidores, no pudo completarse.
Esa narrativa tiene una fuerza política considerable. Convierte los obstáculos en prueba de autenticidad. Convierte las derrotas en una confirmación de que el adversario es poderoso. Y convierte las frustraciones en argumento para redoblar la apuesta.
Quizás allí resida otra de las claves de la política contemporánea. Cuando una parte de la sociedad interpreta que el problema nunca fue la idea, sino la forma en que fue ejecutada, una derrota puede dejar de ser el final de un proyecto. Puede convertirse en el argumento para intentarlo otra vez.
La verdadera paradoja estadounidense no es que Trump haya regresado después de perder. Es que una parte sustancial de sus votantes interpretó aquella derrota no como la prueba de que el proyecto había fracasado, sino como la confirmación de que nunca había podido desplegarse plenamente. Las sociedades no siempre cambian de rumbo cuando cambian los hechos. Muchas veces cambian cuando cambia la forma de interpretar esos hechos.
*-Jorge Argüello es presidente Fundación Embajada Abierta y exembajador ante ONU, Estados Unido y Portugal.
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