11 de febrero 2008 - 00:00

La Venezuela de Hugo Chávez: hoy, el laberinto económico

Se inicia en la página central un informe especial, a continuar como una serie, de la actual situación en Venezuela y, en particular, de su controvertido pero también carismático mandatario: Hugo Chávez. Para algunos, incluyendo argentinos afines, hoy el militar atraviesa uno de sus peores momentos, consecuencia del duelo por haber perdido las elecciones (algo parecido a lo que le pasó a Raúl Alfonsín cuando fue derrotado en 1987 por el peronismo en la provincia de Buenos Aires) y otras complicaciones adicionales: desde los escándalos con su empresa matriz, PDVSA, hasta las derivaciones del episodio de la valija con 800 mil dólares para nutrir la vocación de sus adherentes. Dicen que se siente solo, que se distrae jugando al béisbol con una pelota de goma, duerme poco, insiste con conspiraciones de todo tipo y, por más esfuerzos de estudio que realiza, no logra aprender el inglés. Tiene tres televisores con distintas señales (una de Globovisión, cadena a la que intentaría bloquear) y no ignora que los altos mandos militares analizan la particular situación económica del país. Parte de ese cuadro se narra en esta primera nota de una corresponsal del diario que visitó, investigó y realizó entrevistas en Caracas. Cualquier parecido con la realidad argentina de intervenciones, regulaciones y controles es pura casualidad, inclusive la visita que hoy inicia a ese país el ministro Julio De Vido por instrucción de la presidente Cristina de Kirchner.

Simón Bolívar, HugoChávez, el Che y FidelCastro: íconos de la «revoluciónbolivariana» que elgobierno de Caracasimpone incluso en el vestir.
Simón Bolívar, Hugo Chávez, el Che y Fidel Castro: íconos de la «revolución bolivariana» que el gobierno de Caracas impone incluso en el vestir.
El histrionismo, la megalomanía y la simpatía de Chávez atraen a la prensa. El plan bolivariano para América latina indignó a los EE.UU. Esto también atrae a la prensa. La generosidad -«mano rota» le dicen los venezolanos- de Chávez con otros países, sea comprando bonos, asistiendo a gente, dando petróleo a cambio de leche, canela o armas, también atrae a la prensa. Así, televisión, cadenas internacionales, corresponsales y diarios explican una atractiva Venezuela que nunca encontré. La atracción periodística es tan efímera como el propio periodismo. Clima benigno, en Caracas, el centro estaba despejado: la policía había echado a los buhoneros (vendedores ambulantes) de las plazas principales para reubicarlos en las afueras de la ciudad. El centro, por lo tanto, estaba limpio y ordenado. Las calles, casi sin baches, alguno cada tanto. En las cinco cuadras de la Avenida Alvear, lo más top de Buenos Aires, hay más baches que en todas las calles de Caracas. Sí, claro, se respira inseguridad (Caracas tiene un índice de violencia pavoroso: 2.614 homicidios en 2007, un asesinato cada tres horas). Hay que cuidarse, poner atención. Basura: la ciudad de Caracas se presenta más limpia que Buenos Aires, trasladan residuos en gigantes tachos de plástico. Hay «cartoneros» (allí buscan latas, plásticos, no cartón ni papel) que hacen su tarea sin tanto desparramo. La policía metropolitana y los uniformados en general son amables.

Bruscos y agresivos, en cambio, se revelan los « franelas rojas» (remeras rojas), seguidores del chavismo, presuntamente pagos, una suerte de guardia callejera. Detestan a cualquier persona que circule con una cámara de fotos en la mano. Y mucho más si reconocen a un periodista. «No se puede tomar fotos», dicen. Cuando se les pregunta por qué está prohibido, la respuesta es más de lo mismo: «Porque está prohibido». (Nota al paso: el gobierno de Chávez perdió al reubicar a los buhoneros en las afueras de la ciudad, pues eran ellos los que vendían las franelas rojas -esas remeras con leyendas chavistas, fotos conjuntas del general, Bolívar, el Che u otros con que gusta compararse-, el souvenir más codiciado por el turismo. Hoy las franelas rojas son un producto inhallable.) El tráfico, infernal. La prensa no muestra la dimensión de lo que realmente es. No hay día (salvo los domingos por la mañana) en que los caraqueños no queden prisioneros de alguna «tranca» (galleta) descomunal. La gente se cita a las reuniones de trabajo con la consigna «te espero a partir de tal hora». Y uno llega cuando puede, hasta con tres horas de atraso. No existen los atajos. Algunas arterias principales copian el recorrido de la montaña, cruzan o acompañan al río. Siempre están trabadas. Las calles son caprichosas, pocas tienen un trazado recto. Siempre hay algún árbol gigantesco, con memoria de selva, que decidió crecer allí, donde más molesta-¿para honrar a sus ancestros?-. El tráfico lo respeta, con lo que la tranca se potencia por mil. Las calles de Caracas no tienen numeración. Existen sólo las «esquinas», que tienen nomenclatura colonial y que sirven desde los tiempos de la antigua Caracas, hoy el centro. Las indicaciones para llegar a algún lugar son siempre «llegas a la esquina tal, cuando veas un monolito, buscas a tu derecha, circunvalas un árbol... y preguntas». Siempre se está preguntando. El ruido es mucho. La contaminación, muy alta. Bocinas, motores y ¡música! Siempre a todo volumen. El café y el chocolate, los más ricos del mundo. Un consejo: en Caracas, el tiempo no es. No se puede medir. Por eso es mejor salir siempre con el estómago lleno y vacía la vejiga. Esta es una instantánea social. Lo que importa es lo que viene, la economía, tema con el que iniciamos una serie de entregas sobre la situación en la Venezuela de Chávez.

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