Washington- Todo empezó en las plantaciones del Sur. Cuando se sacrificaba un cerdo, las sobras se ponían en un barril y se regalaban a los esclavos negros. Así nació la expresión «barril de carne de cerdo» (pork barrel). Una expresión que, 144 años después de la abolición de la esclavitud, designa las partidas presupuestarias aprobadas por el Congreso sin ningún tipo de racionalidad económica o política, sino tan sólo electoral. En otras palabras: una sutil compra de votos.
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Pero el «pork barrel» no es la única forma de corrupción que practica el Legislativo. Los congresistas tienen una enorme gama de herramientas a su disposición para beneficiar a sus distritos electorales. Y también para beneficiarse a sí mismos. Ese es uno de los factores que explican que la actual popularidad del Congreso en su conjunto esté en 35%, o sea, por debajo de la de George W. Bush. Lo que sigue es una breve lista de algunos de los casos más egregios de corrupción -legal o ilegal- de EE.UU. desde las últimas elecciones legislativas, hace dos años.
El puente a ninguna parte. Beneficiario: senador Ted Stevens. Un puente tan grande como el Golden Gate de San Francisco y con un precio de 223 millones de dólares para conectar con la costa a una aldea de Alaska de 50 habitantes. El republicano Stevens -famoso porque, cuando en el Senado se discute algo que considera innegociable, lleva puesta una corbata de el Increíble Hulk- se puso a berrear en la Cámara «¡No, no!», cuando le pidieron que abandonara el proyecto para destinar los fondos a las víctimas del huracán Katrina.
El arte de escoger dónde se construye. Beneficiario: Dennis Hastert. Aprovecharse de una obra pública para ganar un dinerito funciona lo mismo en Marbella que en Illinois. Si no, que se lo pregunten al presidente de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert. El año pasado, este republicano presionó con éxito para que se aprobara la construcción de una autopista en Illinois. Un generoso acto para ayudar a sus conciudadanos, si no fuera porque el trazado de la carretera pasaba a sólo 9 kilómetros de su finca. El presidente de la Cámara vendió inmediatamente los terrenos, embolsándose 214 millones de dólares.
Noventa mil dólares en la nevera. Beneficiario: William Jefferson. El 3 de agosto de 2005, el FBI encontró en su congelador 90 billetes de 1.000 dólares, pulcramente agrupados en paquetes de 10.000 dólares envueltos en papel de aluminio, tal vez para no desentonar con las demás viandas o para que no se les pegara el olor. Aparentemente, Jefferson no se iba a comer el dinero, sino que iba a usarlo para sobornar a varios países africanos y lograr que otorgaran contratos a una empresa de telecomunicaciones de Kentucky.
Primero, mi pueblo; luego, mi hijo; después, Al-Qaeda. Beneficiario: Hal Rogers. El miembro de la Cámara de Representantes, que preside el Subcomité de Seguridad Nacional, ha retrasado en al menos dos años la entrada en vigor de nuevas medidas de seguridad antiterrorista en los aeropuertos de EE.UU. porque ha intentado que el mayor número de contratos cayera en empresas de su distrito, en Kentucky. Para más inri, Rogers encargó la supervisión de la capacidad técnica de esas compañías a una empresa propiedad de su hijo.
El lobbysta congresista. Beneficiario: senador John Thune. El republicano Thune, de Dakota del Sur, en 2002 y 2003 trabajó como lobbyista para la empresa de ferrocarriles Dakota, Minnesota & Eastern Railroad. En 2004 fue elegido senador. Una de sus primeras medidas fue promover la rehabilitación de 1.300 kilómetros de vías férreas en las áreas en las que opera su antiguo empleador.
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