19 de enero 2004 - 00:00

Las víctimas de la guerra que nadie ve

Nueva York - Llegan como espectros cada nochea la base de Andrews. Descienden con muletas o en sillas de ruedas de los aviones C-17: lacónica procesión de piernas y brazos amputados, cuerpos agujereados por la metralla, tráqueas perforadas, ojos que no ven, cerebros dañados, cicatrices abiertas.

No hay reflectores esperándolos, ni banderas americanas, ni marchas militares. Como mucho, un puñado de llorosos familiares que corren a abrazar al último pelotón de heridos provenientes de Irak, invisibles para la mayoría de sus compatriotas.

La consigna es ésta: que no se vean los heridos y, mucho menos, los cadáveres que llegan a la base de Dover semana tras semana. Que no trasciendan las imágenes sangrantes, ni los uniformes desgarrados, ni el cruel retorno a casa de los mutilados de esta guerra. Y que la mayoría de los americanos siga creyendo que el número de víctimas es «tolerable». ¿Hasta cuándo?

Al menos 10 soldados americanos resultan heridos cada día en Irak
y hay ya más de 500 muertos, pero el Pentágono es cada vez más impreciso.

El último parte oficial habla de 2.809 heridos, aunque hace tres semanas trascendió la noticia de que se han producido otras 8.581 « evacuaciones médicas» desde que empezó la guerra.

Los números rojos están aún lejos de la masacre de Vietnam, pero superan ya con creces a la primera guerra del Golfo o a cualquier otra aventura bélica de las últimas tres décadas
. La América profunda se está poblando de una nueva generación de veteranos de 20 años, que regresan sin brazos o sin piernas y que reavivan los fantasmas lacerantes de «Nacido el 4 de Julio».

Ahí tenemos a la primera galería de antihéroes de esta guerra, jóvenes como Alan Jermaine Lewis, que perdió las dos piernas por la explosión de una mina; o Jeremy Feldbusch, completamente ciego y con piezas de metralla en el cerebro.

La fotógrafa Nina Berman ha hecho por primera vez visibles a muchos de estos heridos, que sueñan inútilmente con volver algún día a la acción y a duras penas se resignan a ingresar sin historia en la triste categoría de los Purple Hearts (corazones violetas), que es como el Pentágono distingue a los soldados que vuelven inválidos.

•Relatos

A Sam Ross, 21 años, ingeniero de combatede la 82 División Aerotransportada, le explotóaccidentalmente una bomba mientras desactivaba el arsenal enemigo. «Perdí mi pierna izquierda debajo de la rodilla. He perdido también la vista y tengo metralla en todo mi cuerpo. La explosión me arrancó un dedo. Me duele constantemente la cabeza y tengo una pieza de metralla en la tráquea que me molesta cuando trago. Me han operado ya 15 veces y me esperan otras cinco. Pero no me arrepiento en absoluto.»

El marine
Alex Pressman, 26 años, vecino de Sheepshead Bay (Nueva York) también volvería inmediatamente a la acción si pudiera. Resultó herido el 15 de julio en las afueras de Bagdad. Una mina de tierra. Cuando se miró el pie sólo vio un muñón ensangrentado. Días después, en el hospital Walter Reed de Washington,-le dijeron que tenían que amputar. «Nadie puede prepararte para una cosa así.»

En los últimos cinco meses, el Walter Reed ha admitido que
62% de los heridos en Irak presenta «lesiones cerebrales sufridas en combate», una señal de que la guerrilla recurre cada vez más a la artillería pesada como el mortero, los lanzagranadas o las minas. A finales de octubre, según reveló el periodista Mark Benjamin de la agencia «UPI», había al menos un millar de heridos recibiendo una pésima atención sanitaria y hacinados en barracones de la Segunda Guerra Mundial en las bases de Fort Knox (Kentucky) y Fort Stewart (Georgia).

Benjamin logró adentrarse en Fort Knox con un fotógrafo antes de que los oficiales del ejército detectaran su presencia y los detuvieran durante varias horas. Los lacerantes testimonios han dado lugar a una investigación recién abierta en el Senado.

«Nos están tratando como militares de segunda»,
declaró el soldado Brian Smith, que estuvo en Irak hasta el 16 de agosto, cuando fue trasladado hasta Landsthul por «problemas digestivos», y de ahí a la base de Fort Knox. «Apenas llegamos nos metieron en un barracón de la Segunda Guerra Mundial. El 28 de agosto nos trasladaron y el 30 se cayó el tejado del barracón. Si llegan a tardar dos días más, algunos de nosotros estaríamos muertos.»

«Yo me alisté en el ejército para servir a mi país y esto es lo que nos dan a cambio»,
se lamentaba Waymond Boyd, 34 años, destinado en la Compañía de Transporte 1.175 de la Guardia Nacional en Irak y trasladado por «lesiones graves en las rodillas y en las muñecas», hasta Fort Knox, donde estuvo más de tres meses esperando un tratamiento, caminando cada vez con más dificultad con ayuda de un bastón y sobreviviendo a base de analgésicos. «Yo he servido en el ejército durante 15 años. Me consideraba un patriota. Ahora no sé...»

Según la información reveladaa la agencia «UPI» por el Comando Médico del Ejército de Tierra, desde el comienzo de la guerra hasta el 30 de noviembre se produjeron 8.581 «evacuaciones médicas» no registradas en lista oficial. Las causas más comunes son roturas de huesos, problemas mentales y del corazón, cirugía menor y otras causas «no hostiles». El pasado 17 de julio, el cirujano general del Ejército de Tierra decidió abrir una investigación tras la muerte de dos soldados y la hospitalización de un largo centenar, aquejados de neumonía. La propia revista del ejército, «Army Times», recoge desde hace meses la doble preocupación de los militares por los riesgos del uso del uranio empobrecido en el arsenal y por los efectos de vacunas contra el ántrax y la viruela. El caso que corre en boca de todos es el de la especialista Rachael Lacy, que falleció el 4 de abril de 2003 por «daño pulmonar» después de que le diagnosticaran neumonía. El doctor Eric Pfeifer, que le practicó la autopsia, apuntó que puede haber una relación entre su muerte y el cóctel de cinco vacunas que recibió días antes de que su compañía partiera hacia Irak.

El secretismo del Pentágono está crispando a las familias y a los veteranos.
Dave Gorman, director de Disabled American Veterans, acaba de dirigir una carta al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, denunciando el «cerrojo» decretado en el hospital Walter Reed, donde se recuperan la mayoría de los heridos de Irak.

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