La Paz - «Desde que nací, conocí crisis», dice Jorge Mostacedo, un hombre de 58 años, dueño de una farmacia en el centro de La Paz y a quien la renuncia del presidente boliviano, Carlos Mesa, no parece afectar en lo más mínimo.
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En la mañana de ayer salió más temprano que de costumbre de su casa para ir a su comercio, que no está lejos del palacio presidencial, en cuyos alrededores se multiplican desde hace 20 días las manifestaciones de los partidarios de la nacionalización del gas. La gasolina está escasa y es necesario levantarse primero que los otros, dice este habitante de la zona sur de la capital. «No ha habido compras ni ventas, es una debacle», dice calculando sus pérdidas en unos 40.000 pesos bolivianos, cerca de 5.000 dólares. Detrás de su mostrador, no parece muy convencido de que la situación política mejorará con la partida de Mesa, anunciada la noche del lunes, y su eventual reemplazo por el presidente del Senado, Hormando Vaca Díez, un hombre originario de la rica provincia oriental de Santa Cruz. «El presidente del Senado no es querido por mucha gente, tiene muchos anticuerpos aquí en La Paz, pues formó parte del MIR ( Movimiento de la Izquierda Revolucionaria), un partido que hizo mucho daño al país», dijo.
En las calles, los quioscos donde se vende la prensa están rodeados de curiosos que miran los titulares de los diarios anunciando la dimisión del presidente Mesa.
Los vendedores ambulantes, entre ellos muchas mujeres indígenas ataviadas con sus coloridos vestidos tradicionales, despliegan su mercancía en el frío de la mañana.
El sol ilumina las casas ocres. Los muros están plagados de eslogans y graffiti. «¡Nacionalización, carajo!», decía uno de ellos, mientras que otro cerca del Banco Central, pertenece a otro campo: «Haga patria, mate un sindicalista», señala. Ricardina Abelo, de 34 años, bajó temprano desde El Alto, no para manifestar sino para intentar ganar algún dinero. «Salí a las 6, caminé una hora, no hay transportes», dijo, instalando en plena calle su pequeño puesto de venta de dulces, bebidas y pañuelos.
Los sindicatos del transporte llamaron a una «huelga indefinida» y, para acabar de empeorar la situación, en los mercados los precios de los alimentos han aumentado, en algunos casos hasta en 300%.
Las tres hijas de Ricardina se quedaron en la casa por miedo a las incidentes. Durante las manifestaciones ella juega al gato y al ratón con los partidarios de los movimientos sociales.
«Cuando hay manifestación, es duro, nos apedrean, nos tenemos que ocultar. Pero tengo que trabajar, es mi única fuente de trabajo», indica.
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