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Eufóricos y portando banderas brasileñas, más de 200 manifestantes lograron subir al techo del Congreso nacional en Brasilia y permanecen allí, constató una periodista de la AFP.
"Llegamos a la casa del pueblo. Es el primer paso para demostrar que no somos un pueblo muerto, pensaban que pararíamos para ver el fútbol pero Brasil no es solo eso", dijo Bruno Pastrana, un estudiante de 24 años, sentado en el techo del Congreso junto a sus amigos.
Unas 5.000 personas rodean el entorno del Congreso, según la policía.
"Las manifestaciones pacíficas son legítimas y propias de la democracia", dijo la presidenta brasileña, Dilma Rousseff. "Es propio de los jóvenes manifestarse", aseguró en un comunicado divulgado por el blog de la Presidencia. A pocos metros del Congreso, la seguridad del Palacio Presidencial fue reforzada.
En Belo Horizonte (este), donde la protesta reunió a unas 30.000 personas según los organizadores, la policía disparó gases lacrimógenos y balas de goma contra los manifestantes para impedirles que se acercaran al estadio Mineirao, durante el partido Nigeria y Tahití por la Confederaciones (6-1).
Estas son las mayores protestas callejeras en 21 años en Brasil -donde la población no acostumbra salir a la calle a expresar su descontento-, desde las manifestaciones de 1992 contra la corrupción del gobierno del expresidente Fernando Collor de Melo, que renunció durante su juicio político ante el Senado.
Unas 65.000 personas manifestaron pacíficamente en el centro de San Pablo, estimó la encuestadora Datafolha.
"Quiero que Brasil despierte. No es solo por los pasajes, sino porque la educación y la salud son malas", dijo a la AFP Diyo Coelho, de 20 años, que marchaba en San Pablo junto a un grupo de amigos y llevaba flores en las manos.
En Rio, decenas de miles se manifestaban pacíficamente frente al Teatro Municipal. "Estoy aquí para mostrar que Brasil no es sólo fútbol. Aquí no hay sólo fiesta. Hay otras preocupaciones, como la falta de inversiones en cosas realmente importantes, la salud y la educación", dijo a la AFP la abogada Daiana Venancio, de 24 años, que protestaba en Rio con una nariz de payaso.
"¿Qué sentido tiene hacer una fiesta para los gringos cuando Brasil está mal?", se preguntó Priscila Parra, una estudiante de física de 20 años.
Las manifestaciones comenzaron hace unos 10 días en San Pablo a raíz del alza del boleto de bus, tren y metro de 1,5 a 1,6 dólares, días antes del inicio de la Copa Confederaciones, un ensayo general del Mundial-2014 entre los campeones de cada continente, lo cual les ha dado una fuerte visibilidad dentro y fuera de fronteras.
Rápidamente, se expandieron a otras ciudades y la causa se amplió a denuncias contra los 15.000 millones de dólares destinados por el gobierno para el Mundial de fútbol del año próximo.
Los manifestantes piden ese dinero para vivienda digna, salud y educación públicas de calidad, en este país donde existe aún una gran brecha entre pobres y ricos.
En su mayoría jóvenes de clase media, los manifestantes han denunciado la represión policial, especialmente el jueves pasado en San Pablo, donde hubo más de 230 detenidos y un centenar de heridos.
Las protestas ocurren en un momento de magro crecimiento económico en Brasil y una inflación en alza. Recientes encuestas señalaron por primera vez una caída en la aprobación del gobierno de Rousseff, sobre todo entre los más jóvenes y más ricos.



