Ayer, los Republicanos se impusieron en los comicios.
Exactamente hace un año atrás Estados Unidos se dejaba atrás la era Bush para probarse el traje de una política de esperanza y buenas intenciones. Hace exactamente 12 meses un afroamericano lograba lo que parecía aún una utopía en un país que en el siglo XXI, pese a ser la mayor potencia mundial, permanece signado por los conflictos raciales. Justamente hace 365 días Barack Obama ganaba las elecciones y se convertía en el mandatario electo de los EEUU.
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Obama enfocó su discurso de campaña en un llamado a la pacificación, el optimismo y un fuerte acercamiento a políticas de corte social, además de mostrar un gran interés por el cuidado del medio ambiente y el uso de las nuevas tecnologías.
Peleó palmo a palmo la dura interna con Hillary Clinton, a quien además de vencer, otorgó luego la secretaría de Estado, uno de los cargos más importantes en el gobierno estadounidense.
Entre las promesas que esgrimió muchas quedaron a medias desde que ostenta el poder hace cerca de diez meses. Entre ellas se cuentan el cierre de la polémica cárcel de Guantánamo, que aún permanece en funcionamiento pese a que ya firmó su clausura; el retiro, lento aún, de las tropas norteamericanas de Irak; y la reforma del sistema sanitario, cuestión que se presenta como una dura batalla contra la resistencia Republicana.
También se pude mencionar que pese a las señales de acercamiento con Cuba, Obama firmó semanas atrás la continuidad del embargo. Es cierto que son varias e importantes las flexibilizaciones que el presidente de EEUU ha establecido para con la isla; sin embargo, la más trascendental continúa vigente.
El punto ineludible es que el mandatario recibió el país en medio de una de las peores crisis económicas que se recuerden, y que sus iniciativas parecieran haber dado efecto. Lentamente la economía estadounidense se va recuperando, aunque el sismo financiero dejó graves secuelas. El desempleo es una problemática que aún no pudo resolver.
Por otro lado, mostró bruscos cambios en la política exterior tendientes a modificar la imagen que el mundo tenía de la gran potencia del norte. Se acercó a Rusia, su eterno rival; canceló el controvertido proyecto del escudo antimisiles en Europa; profundizó el retiro de tropas de Irak; y se preocupó por lograr acercamientos con los países de Medio Oriente como Irán, y de trabajar sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Sin embargo, la guerra en Afganistán sigue como una cuenta pendiente.
En medio quedó además el Premio Nobel de la Paz, un galardón a las buenas intenciones más que a la concreción de sus promesas.
Desde aquel lema Yes, we can, que marcó la campaña, al presente existe una brecha que se fue moldeando a medida que el desencanto de la sociedad iba en aumento. Y ahora quedó plasmado en la derrota electoral en la que se eligieron gobernadores en los Estados de New Jersey y Virginia, y alcalde en Nueva York, que significaron un duro revés para los Demócratas a manos de los candidatos Republicanos.
La emoción generada por el discurso directo y la esperanza de cambio, poco a poco fue mermando y el que se convirtió en el padre del sueño americano mantiene cuentas pendientes. Queda mucho por hacer para el presidente que prometía devolver a EEUU al papel de soberano de los destinos del mundo. Pero hay que darle tiempo. Recién hace un año ganaba la elección.
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