Política y voto, entre el Mayo de 1968 y el setentismo criollo
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El voto por Nicolas Sarkozy
responde a la fortaleza
demostrada en Francia por
la derecha en tiempos
recientes. Pero, más que
continuidad, expresa una
aspiración de cambio para
torcer el rumbo de una
economía que crece menos
que el promedio europeo.
El modelo económico de posguerra -con su tasa de crecimiento anual promedio superior a 5% y su extensión del bienestar social- comenzaba a dar indicios de fatiga, que se convertiría en crisis lisa y llana con los shocks petroleros de los 70. El Estado francés gastaba masivamente en educación, pero su éxito -matrículas cada vez mayores- suponía el problema de que los estudiantes encontraban cada vez más dificultades para incorporarse al mercado de trabajo. La clase media encontraba un escollo a su progreso por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Argentina conoce algo de eso.
Es que el Mayo francés fue, ante todo, un movimiento desatadopor una parte descontentade la clase media. Luego se sumarían los trabajadores, pero su movilización duró lo que el gobierno de Charles De Gaulle tardó en proveerles mejoras salariales y laborales. La falta de programa y de liderazgo, su fuerte rasgo utópico y la limitación tradicional de los movimientos de izquierda desde Karl Marx hasta aquí -que raramente terminan representando a quienes proclaman defender, los trabajadores- hicieron que la «rebelión» terminara tan súbitamente como había comenzado.
Que el movimiento no haya sido defendido ni reprimido con armas de fuego marca una diferencia notable con el setentismo criollo, donde las influencias de la Guerra Fría se jugaban con menos filtros.
La existencia de un Estado social -traído aquí por el primer peronismo-, de una clase media satisfecha pero con expectativas crecientes, de una explosión de la matrícula estudiantil y de una economía que perdía dinamismo son fenómenos de base que hermanan la experiencia francesa con la local. Pero la proscripción de Perón, los golpes militares y aquellas influencias políticas externas hacen, sin dudas, a nuestras especificidades, que hicieron emerger aquí un núcleo guerrillero armado, igual que en otros países de la región. En lo económico, el setentismo nacional sumó, además, otras taras propias, como un estatismo extremo, un intervencionismo sin mesura y una inflación rampante, expresión de una puja distributiva en el marco de una productividad estancada.
La apología de las luchas de la generación de los años 70, un camino distinto al recorrido desde la restauración democrática en cuanto a la resolución del pasado violento y una economía cada vez más estatal, intervencionista e inflacionaria son rasgos que remiten al pasado. Desde allí es posible hablar de «setentismo». El dilema que deberá resolver la ciudadanía de aquí a octubre es si ése es el camino que mejor asegura el futuro. Francia habló ayer.




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