7 de mayo 2007 - 00:00

Política y voto, entre el Mayo de 1968 y el setentismo criollo

El voto por Nicolas Sarkozyresponde a la fortalezademostrada en Francia porla derecha en tiemposrecientes. Pero, más quecontinuidad, expresa unaaspiración de cambio paratorcer el rumbo de unaeconomía que crece menosque el promedio europeo.
El voto por Nicolas Sarkozy responde a la fortaleza demostrada en Francia por la derecha en tiempos recientes. Pero, más que continuidad, expresa una aspiración de cambio para torcer el rumbo de una economía que crece menos que el promedio europeo.
Si nos atenemos a lo dicho ayer tras su proclamación por el propio presidente electo de Francia, el voto por Nicolas Sarkozy fue, al menos en parte, un voto contra la tradición del Mayo francés. Así lo había pedido el mismo «Sarko» la semana pasada, cuando reunió a más de 35.000 personas en París, a quienes pidió «derrotar de una vez por todas la herencia de mayo de 1968».

Según explicó entonces, se trata de restaurar el lugar de «la moral» en la política. «Sí, la moral, palabra que no me da miedo. La moral, algo de lo que después de mayo de 1968 no se podía hablar. Los herederos de mayo de 1968 han impuesto la idea de que todo vale, que no hay diferencia entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo. Han intentado creer que el alumno vale tanto como el profesor, que la víctima cuenta menos que el delincuente, que no podía existir ninguna jerarquía de valores, que se han acabado la autoridad, la cortesía, el respeto, que nada está prohibido.»

Una mayoría, entonces, votó contra esa herencia. Algunos más conscientemente, seguramente los votantes más ideológicosde la «droite». Otros, intuitivamente, por entender que esa tradición no ofrece las recetas que reclama la recuperación de una Francia que no crece pero que no se decide a alentar a sus empresas, que mantiene un modelo social masivo pero que no logra evitar las desigualdades, que se desvela por el desempleo -sobre todo juvenilpero que no encuentra cómo paliarlo. La pregunta clave es cómo crecer, y el camino resuelto por los ciudadanos parece ser menos Estado y más liberalismo económico.

¿Puede hacerse un paralelo entre la «herencia de mayo de 1968» y el «setentismo» -al fin, aquí todas las modas llegan con algún retraso- que la oposición achaca al gobierno en la Argentina? ¿Puede imaginarse aquí una respuesta similar en las urnas a la dada ayer en Francia?

La agitación -primero estudiantil, luego obrera- que en rigor nació el 22 de abril de 1968 fue la manifestación francesa del espíritu de una época, al menos entre la juventud. El Mayo francés no se entiende fuera del contexto de las protestas estudiantiles mexicanas que terminaron en la matanza de ese mismo año en Tlatelolco, la resistencia a la invasión soviética de Checoslovaquia, el movimiento por los derechos civiles de los negros en EE.UU., el pacifismo y la oposición a la guerra de Vietnam, la descolonización.

  • Fatiga

    El modelo económico de posguerra -con su tasa de crecimiento anual promedio superior a 5% y su extensión del bienestar social- comenzaba a dar indicios de fatiga, que se convertiría en crisis lisa y llana con los shocks petroleros de los 70. El Estado francés gastaba masivamente en educación, pero su éxito -matrículas cada vez mayores- suponía el problema de que los estudiantes encontraban cada vez más dificultades para incorporarse al mercado de trabajo. La clase media encontraba un escollo a su progreso por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Argentina conoce algo de eso.

    Es que el Mayo francés fue, ante todo, un movimiento desatadopor una parte descontentade la clase media. Luego se sumarían los trabajadores, pero su movilización duró lo que el gobierno de Charles De Gaulle tardó en proveerles mejoras salariales y laborales. La falta de programa y de liderazgo, su fuerte rasgo utópico y la limitación tradicional de los movimientos de izquierda desde Karl Marx hasta aquí -que raramente terminan representando a quienes proclaman defender, los trabajadores- hicieron que la «rebelión» terminara tan súbitamente como había comenzado.

    Que el movimiento no haya sido defendido ni reprimido con armas de fuego marca una diferencia notable con el setentismo criollo, donde las influencias de la Guerra Fría se jugaban con menos filtros.

    La existencia de un Estado social -traído aquí por el primer peronismo-, de una clase media satisfecha pero con expectativas crecientes, de una explosión de la matrícula estudiantil y de una economía que perdía dinamismo son fenómenos de base que hermanan la experiencia francesa con la local. Pero la proscripción de Perón, los golpes militares y aquellas influencias políticas externas hacen, sin dudas, a nuestras especificidades, que hicieron emerger aquí un núcleo guerrillero armado, igual que en otros países de la región. En lo económico, el setentismo nacional sumó, además, otras taras propias, como un estatismo extremo, un intervencionismo sin mesura y una inflación rampante, expresión de una puja distributiva en el marco de una productividad estancada.

    La apología de las luchas de la generación de los años 70, un camino distinto al recorrido desde la restauración democrática en cuanto a la resolución del pasado violento y una economía cada vez más estatal, intervencionista e inflacionaria son rasgos que remiten al pasado. Desde allí es posible hablar de «setentismo». El dilema que deberá resolver la ciudadanía de aquí a octubre es si ése es el camino que mejor asegura el futuro. Francia habló ayer.
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