30 de diciembre 2004 - 00:00

Postales de la tragedia en el paraíso perdido

Khao Lak, Tailandia - El mar color verde jade, la arena blanca y las palmeras que quedan en pie recuerdan que una vez las postales que partían de Khao Lak llevaban como remitente el paraíso. Hoy todo es muerte -se cuentan ya 800 cadáveres sólo aquí- y desolación en una escena apocalíptica.

Los servicios de rescate avanzan entre los escombros de hoteles en ruinas pegando un papel con un número en el pecho de cada cadáver que encuentran. Los hay en las piscinas, en las habitaciones, en los pasillos y tendidos en la playa, pero sólo la visión de un hombre colgado de un árbol, con los brazos abiertos como si hubiera sido crucificado, logra detener el trabajo de hombres que llevan 48 horas curtiéndose en la muerte ajena.

«Es horrible. Quizá se subió pensando que el agua no lo alcanzaría. O tal vez el agua le arrastró hasta allí», dice el joven Surapong bajando la cabeza.

• Devastación

Khao Lak era la nueva joya del turismo asiático, un complejo desarrollado en la costa oeste de Tailandia en los últimos años que se había convertido rápidamente en el favorito de miles de familias europeas. Los folletos dando la bienvenida a la tierra de las sonrisas yacen ahora desperdigados por la arena junto con cámaras fotográficas, zapatillas y bicicletas.

La ola que engulló este complejo medía 10 metros de altura y golpeó la costa a 500 kilómetros por hora, tumbando como fichas de dominó grandes hoteles de lujo y pequeños bungalós.
Del lujoso hotel Sofitel quedan cuatro muros en pie. La empresa francesa Accor, dueña del establecimiento, asegura que todavía no ha podido localizar a medio millar de clientes, muchos de ellos niños.

El maremoto se llevó primero a los turistas que aprovechaban los primeros rayos del sol de la mañana en la playa, arrastró después a quienes desayunaban en los restoranes o se bañaban en las piscinas y finalmente entró en las habitaciones, atrapando a los huéspedes en su interior. «Para los que estaban en los pisos de abajo debió ser una muerte rápida», dice uno de los miembros del equipo de salvataje. «Los de arriba murieron lentamente».

Los servicios de rescate no buscan supervivientes; no hay esperanza. Phillip Thomas Soghlan, miembro retirado del Equipo de Rescate Internacional Británico, se encontraba en Bangkok cuando escuchó la noticia del desastre y tomó el primer vuelo a Phuket para tratar de ayudar a los inexpertos y mal equipados servicios tailandeses. El sabe mejor que nadie que su trabajo sigue teniendo sentido. «¿Y el derecho de la gente a reunirse con sus muertos y decirles adiós?», dice. «He estado en los terremotos de Turquía, Japón y la India y siempre pensabas que alguien podría haber sobrevivido. Aquí es imposible porque estamos hablando de algo mucho más destructivo, una muralla de agua imparable», agrega Soghlan.

En la completamente arrasada isla de Phi Phi, en la provincia de Krabi,
Kriangsak Sriphet dirigía un equipo de voluntarios a través de callejuelas turísticas donde no queda nada en pie. El constante hallazgo de cadáveres de jóvenes mochileros vistiendo todavía sus vaqueros y chicas en bikini es la peor de las noticias para los miles de padres que siguen buscando a los suyos.

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