Prepara Al-Qaeda camada más cruel de terroristas

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Bagdad - Detenidos, acosados o forzados a vivir una huida permanente, los líderesde Al-Qaeda que se formaron en los años 80 en Afganistán han dejado paso a una nueva generación. Los nuevos cachorros de la organización son más jóvenes, a menudo surgen de clases medias acomodadas y cuentan con una mayor educación. Al igual que sus mentores, abrazan sin reservas el principal legado ideológico de Osama bin Laden: las poblaciones civiles de los países considerados enemigos son objetivos legítimos.

La motivación que llevó a Bin Laden y sus colaboradores a la militancia islámica primero y al terrorismo internacional después fue la ocupación de Afganistán y los conflictos de Cachemira o Palestina. Los nuevos miembros de Al-Qaeda han sido reclutados en la trastienda de guerras más recientes, desde Irak a la presencia de tropas extranjeras en el Afganistán posterior a los talibanes. «Son nuevos conversos a Al-Qaeda que no tenían vínculos con la organización en el pasado y que ahora están dispuestos a sacrificar su vida por ella. Su número se ha disparado tras la intervención estadounidense en Irak», según el analista de defensa y seguridad paquistaní Riffat Hussain.

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    Pakistán asegura haber detenido a unos 700 terroristas desde los atentados del 11-S contra EE.UU. hace cinco años. Indonesia, Arabia Saudita, Filipinas, Irak o Afganistán cifran también en cientos los miembros de grupos radicales arrestados en sus respectivos países. «A pesar de ello, el número de jóvenes que se suma a la causa supera con creces al de detenciones. Probablemente hay más terroristas sueltos hoy que en 2001», aseguran fuentes militares paquistaníes.

    Uno de los logros de Al-Qaeda es haber empujado a cientos de organizaciones armadas y terroristas que antes se concentraban en conflictos locales a reivindicar la bandera de una guerra más amplia contra Occidente y, en el camino, asumir el atentado suicida como método. Países como Pakistán, Afganistán o Indonesia, que hasta el 11-S no padecían ataques suicidas, han vistocómo sus jóvenes se volaban por los aires para tratar de matar a viandantes en mercados, personal diplomático en embajadas o turistas en discotecas de playa.

    Internet se ha convertido en la vía de comunicación de organizaciones y miembros dispares que no pertenecen a una estructura común, pero se sienten parte del mismo proyecto. Al-Qaeda ha logrado compensar el daño sufrido a su organización con la creación de un movimiento al que se suman voluntarios que nunca han tenido contacto con su jerarquía. El reclutamiento tiene lugar a dos bandas: en las comunidades musulmanas de las sociedades occidentales y en países islámicos como Pakistán. Los investigadores se han visto sorprendidos en ambos casos por el nivel de educación de terroristas que no necesariamente proceden de ambientes marginales o pobres. Robert A. Pape, profesor de la Universidad de Chicago que ha estudiado los atentados suicidas cometidos en el mundo desde los años 80, asegura en su libro «Dying to Win» (Morir para ganar) que la decisión de participar en atentados suicidas no depende del nivel social de los terroristas sino del apoyo que exista hacia ese tipo de «acciones mártires dentro de cada comunidad».

    Milicianos de todo el mundo musulmán se graduaron en Afganistán -incluido el por entonces desconocido Osama bin Laden-, la ganaron y contribuyeron indirectamente a tumbar el imperio soviético. Tras la victoria, muchos de los voluntarios extranjeros regresaron a sus países esperando ser recibidos como héroes, pero encontraron indiferencia, desempleo y marginación.

    La generación de los «muyahidin» ha quedado seriamente mermada. Muchos de los supervivientes de aquella época han sido detenidos en los últimos cinco años, en parte porque los servicios de inteligencia conocían sus identidades.

    Todo lo contrario sucede con sus herederos. Las autoridades rara vez conocen los nombres de los terroristas hasta que la policía identifica partes de sus cadáveres tras alguna masacre. Es el caso de Raed al Banna, un jordano de 32 años al que se denegó la entrada en EE.UU. después de que su actitud despertara dudas en el aeropuerto de Chicago en julio de 2003. Meses después, sus huellas dactilares fueron identificadas entre los restos humanos de un atentado suicida en la localidad de Hilla, en Irak.
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