Toledo entre el éxito económico y el fracaso político
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Alejandro Toledo
El desempeño macroeconómico del gobierno de Toledo ha sido brillante. Veamos:
Sin embargo, el modelo tiene sus puntos débiles y mucha gente sostiene que los beneficios del crecimiento no se derraman hacia abajo. La pobreza cayó, pero no en proporción a lo esperable después de repasar las cifras anteriores: afectaba a 54% de la población en 2001 y hoy alcanza a 48%. «Los niveles de pobreza apenas han bajado, la calidad de los nuevos empleos es baja y lo que hemos alcanzado es estabilidad, más que nada», opinó Elmer Cuba, economista jefe de Macroconsult.
La clave de esto posiblemente radique en la estructura de la economía peruana que, como casi todas en Sudamérica, sigue estando basada de modo privilegiado en materias primas. Con un agravante: el motor de la economía peruana es la minería, una actividad poco movilizadora de empleo. Así, no sorprende que represente 6% del PBI peruano y 55% del total de exportaciones, pero sólo ocupe a 1% de la población activa.
De acuerdo con Farid Matuk, jefe del Instituto Nacional de Estadística e Informática, la creación de un puesto de trabajo en el sector minero requiere una inversión 14 veces mayor que en la industria. De este modo, el desempleo, que en el comienzo de la administración Toledo llegaba a 11%, hoy, cinco años después, apenas ha bajado a 10,3%.
El índice no parece demasiado impactante para nosotros, argentinos, que tras la crisis de 2001-2002 alcanzamos umbrales impensables. Pero se combina con una amplísima informalidad, que reduce la percepción de impuestos y, con ello, la capacidad del Estado de sostener la inversión y tender una red de contención social abarcativa. Un dato elocuente: 90% del presupuesto del gobierno se destina al pago de salarios de la administración pública y a servicios de la deuda. El resto debe alcanzar para salud, educación, vivienda...
Pero sería un error achacar todo el desprestigio de Toledo a estos indicadores. Su imposibilidad de cumplir todo lo que prometió en campaña no es un dato menor, como tampoco lo son una larga serie de escándalos que han jalonado su paso por el poder.
Con el correr de los años se fueron acumulando revelaciones: una fiesta de campaña con prostitutas y drogas en un hotel; el reconocimiento de una hija natural después de 14 años e infinitas desmentidas; la renuncia de su vicepresidente Raúl Diez Canseco, bajo cargos de haber usado su puesto para favorecer al padre de una amante; la caída de su jefa del Consejo de Ministros Beatriz Merino, de quien se dijo que había nombrado en un cargo público a una mujer con la que mantenía una relación sentimental; denuncias de nepotismo en varias carteras ministeriales; una condena por violación a uno de sus sobrinos...
En semejante clima, los cambios de funcionarios fueron constantes, lo que agravó una sensación colectiva de falta de autoridad del mandatario, sobre todo cuando sus decisiones generaban reacciones sectoriales, protestas y huelgas. Un caso muy recordado se dio en su primer año de gobierno, cuando quiso privatizar dos empresas eléctricas. Una ola de fuertes manifestaciones y paros en Arequipa lo llevaron sin más a dar marcha atrás.




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