Un año después, EE.UU. aún se siente acosado por el terrorismo
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Las imágenes que horrorizaron al mundo el 11 de setiembre pasado. A partir de esos atentados terroristas, EE.UU. puso un fuerte énfasis en la seguridad ciudadana, a pesar de las críticas de quienes denuncian un avance del gobierno sobre las libertades individuales.
• Viajes
Pero llegó un momento en que fue necesario viajar en metro o en avión. Ese primer viaje fue el primer paso para volver a la situación actual. Poco antes, los bancos de sangre tenían tantos excedentes que los tiraban, pero hacia Navidad algunos hicieron llamados de emergencia porque había menos donantes que el año pasado. No hubo una racha de nacimientos nueve meses después. Los mercados aguantaron los atentados, pero no las declaraciones fiscales maquilladas. Los diabéticos que ansiaban comer helados volvieron a cuidar su dieta. Los sobrevivientes regatean indemnizaciones, y en Nueva York se sigue discutiendo sobre monumentos conmemorativos. En Spencer, los vecinos volvieron a abrir sus casas y vehículos, pero al decir de un vendedor de automóviles de la localidad, «nada volverá a ser igual». ¿Es que hemos cambiado, o hemos continuado con nuestras vidas?
El debate ahora tiene ya una geografía natural. Washington está en pie de guerra, a menos que se considere normal la presencia de escuadrones armados en los centros comerciales. El sur de Manhattan se ha convertido en terreno consagrado, como lo son Omaha Beach y Gettysburg, pero en otras partes el temor se ha desvanecido o convertido en superstición. Una mujer de Chicago aún no permite que sus hijos visiten la oficina de su padre en la Torre Sears. Muchos pasajeros procuran no dormir durante los vuelos. Algunas escuelas de Florida volvieron a permitir teléfonos celulares en sus instalaciones, pues son demasiados los padres que quieren comunicarse con sus hijos en todo momento. Se prohibieron los refrigeradores portátiles en los estadios. Si un avión vuela a baja altura sobre cualquier ciudad, todos se vuelven a mirar hacia los edificios más importantes. ¿Sigue en su lugar el Empire State o el puente Golden Gate?
Según el «Washington Post», los expertos gubernamentales saben que se podrían salvar muchas vidas en el próximo atentado si todos tuvieran cierta información básica. Por ejemplo, cómo sellar una habitación con cinta aislante, o cómo evitar las radiaciones de una «bomba sucia» (un explosivo convencional que al estallar esparce material radiactivo). Pero el diario afirma que esta información no se difunde porque, según un funcionario, «no nos interesa sembrar el pánico». Los miembros del Congreso cuentan con rutas de evacuación, pero no así la población general, aunque esta última demostró con creces que puede reaccionar con serenidad en momentos de crisis. Todos los estados de la Unión padecen graves problemas económicos, y poco pueden hacer sin la ayuda de Washington. Texas tuvo que encargar la seguridad del estado a su comisionado de Tierras, asignán-dole un irrisorio presupuesto de 50.000 dólares. El mes pasado, y para demostrar que habla en serio sobre recortes presupuestarios, el presidente Bush decidió no liberar 5.100 millones de dólares para la seguridad interior del país.
Estas son reacciones pragmáticas de un pueblo conocido por su pragmatismo, decidido a cambiar lo menos posible por estar tan comprometido con su estilo de vida. El gobierno instalará en Washington 200 cámaras en toda la ciudad para vigilar los monumentos a sus próceres, y el escuadrón de materiales tóxicos de la ciudad, que hasta hace poco era una unidad trabajando a tiempo parcial, tiene ahora tanto presupuesto que ya no sabe qué hacer con él.
Eso no es fácil si los periódicos informan que las computadoras del FBI todavía no son capaces de comunicarse entre sí, y que sus altos oficiales están buscando trabajo en otra parte. O que el Servicio de Aduanas no puede obtener más de mil credenciales especiales para permitir el paso a las zonas más delicadas de puertos aéreos o marítimos. O que el Departamento de Justicia extravió 775 armas y 400 computadoras portátiles en los últimos tres años. La Comisión de Reglamentación Nuclear aún no sabe cuántos empleados extranjeros hay en las plantas nucleares, y las verificaciones de seguridad en los reactores fallan la mitad de las veces. Pero resulta que si se detuviera cada camión que pasa por la aduana para buscar esporas o «bombas sucias», habría esperas de 16 horas y se bloquearían las fábricas de autos de todo el hemisferio. ¿Cómo equilibrar la seguridad con la libertad y la prosperidad?
Se oye decir que nos hemos convertido en espías. «Al manejar por la autopista, observo a los ocupantes de los demás vehículos», dice un empresario de Chicago. «Si alguno tiene pinta de terrorista, procuro alejarme de su coche. Podría explotar.» Algunos musulmanes estadounidenses dicen que ya no pueden siquiera imaginar lo que es la normalidad, aun cuando nunca hubo la temida ola de represalias contra ellos. Una musulmana de Florida, que usa una «hijab» o bufanda tradicional para cubrirse el cabello, cuenta que prefiere ya no esperar en las paradas de autobuses por temor a que algún coche se suba a la vereda y la arrolle. Muchos con el nombre Mohammed han preferido hacerse llamar Michael.
• Islam
Hay un resurgimiento en los libros y seminarios sobre el Islam, pero falta saber si esto ha producido más comprensión o más alarma. «Me consideraba pluralista. He estudiado el Islam, asistido a mezquitas y realizado trabajos ecuménicos», explica Mary Nilsen, una instructora de un taller de redacción en Iowa. «Pero el fundamentalismo musulmán me aterra. Hay muchos que conocen cada vez mejor el Islam, que se han vuelto más abiertos y tolerantes, pero conmigo ha sido al revés y no es algo que me enorgullezca.» La academia militar de West Point reimplantó los requisitos de idiomas que había eliminado desde 1989, y además imparte estudios de culturas y un nuevo curso sobre terrorismo. La cantidad de alumnos de cursos de árabe de la Universidad Emory se duplicó en cosa de un año, y en la Universidad Estatal de Georgia aumentó en 50% el alumnado de Estudios de Religión. Pero, por otra parte, en las facultades de Administración de Empresas, el curso más popular es el de Administración de Riesgo Corporativo.
¿Realmente se ha transformado la generación joven? Un estudiante de Nueva York dice a sus padres: «Ya sé que tengo suerte de estar vivo, pero estoy harto de oírlo». Una encuesta de la Asociación Horatio Alger muestra que dos terceras partes de los adolescentes entrevistados consideran el 11 de setiembre como el evento más significativo de sus vidas. Los padres comentan que para sus hijos es una mezcla de Watergate y Vietnam, y que lo ven al mismo tiempo como bendición y estigma.
El presidente Bush intentó hallar una válvula de escape a los escándalos corporativos que tanto lo atosigaron a media-dos de este año, haciendo una llamada a un espíritu de propósitos más elevados y nuevas prioridades. «¿Acaso son tan importantes los balances generales y las cuestiones corpora-tivas? ¿No es más importante servir al prójimo y amarlo tanto como quisiéramos que nos amara a nosotros?» Pero quienes no viven en Nueva York o en Washington quedaron más afectados por los sucesos económicos que por los atentados. El derrumbe de Enron significó el caos en Houston, donde tiene su sede. «Eso afecta la vida cotidiana de mucha más gente», opina George Nelson, residente de la ciudad. «Si tu temor es quedarte sin empleo, ni siquiera piensas en el 11 de setiembre.» En julio de este año, había menos personas que pensaban que el país estaba haciendo lo correcto que en octubre pasado, cuando el país se debatía en medio de alertas diarias, temores por el ántrax y los combates en Afganistán.
Es muy difícil para el presidente afirmar que hay una guerra, cuando las exigencias recaen únicamente sobre los soldados que la están librando. «Si algo me parece incomprensible, es que el país volviera tan rápidamente a la vida normal», comenta Duane Jackson, un empresario jubilado de Wisconsin. Tal vez se debe a que nadie debe sacrificarse directamente, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. Estamos librando una guerra fantasma, contra un enemigo invisible y sin líneas de combate claras. ¿Dónde está esa guerra?
Si hay algo peor que las preguntas sin respuesta, son las respuestas que no pueden evitarse. En el fondo de nuestras mentes sigue proyectándose lo que nos conmocionó ese día. Se supo cómo se ve a los EE.UU. desde fuera, y cuáles son las vulnerabilidades de las democracias. Los estadounidenses supieron de lo que pueden ser capaces en sus mejores momentos, de su valor, su creatividad, su generosidad tanto en lo individual como en lo colectivo. Lo aprendido ahora está en el recuerdo de todos y sigue siendo un desafío, porque cuando no se sabe que se tiene fortaleza, no puede haber vergüenza por no haberla utilizado. Pero ahora que los estadounidenses saben que la tienen, su indiferencia es injustificable. «Es de alguna forma patético, pero añoro lo que fue entonces», comenta Mary Nilsen, quien sigue teniendo una bandera colocada en un tiesto de su cocina en Des Moines. «Todos enfrentaron la realidad, y ahora hemos vuelto a la politiquería mezquina. Eso no significa que quisiera otro desastre, pero algo en mí extraña el país que llegamos a ser entonces.»
Los sobrevivientes y los soldados en el frente siguen viviendo en tal país. En las próximas semanas los norteamericanos lo visitarán a través de la retrospección y las elegías que se publiquen y se vean por televisión. Se recordará la destrucción, y volverán a librar la lucha entre el cambio que valoran y el cambio que temen. No piden que todo se arregle cuando la fecha llegue, pues al igual que los propósitos de Año Nuevo, un aniversario es momento para cobrar ánimos y seguir esforzándose. Este primer aniversario es el más importante. Tal vez habrá otras guerras, pero ésta deberá librarla cada uno, defendiendo sus hábitos, confianza y libertad contra enemigos que no dudarán en destruirlos. Todos tendremos que usar como armas lo aprendido aquel día. Ahora sabemos más. Sólo hace falta que lo recordemos.



