Un castigo colectivo
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Aquel atentado frustrado fue más tarde reivindicado por el partido chiita Al-Dawa, en ese momento enfrascado en una violenta campaña contra el régimen laico de Saddam y que seguía en actividad pese a una violenta represión contra sus miembros.
Al-Dawa, hoy dirigido por el ex primer ministro iraquí Ibrahim Yafari, una de las principales figuras políticas del Irak post-Saddam, tenía entonces a sus dirigentes refugiados en Teherán.
En concreto, el atentado contra Saddam había sido planeado y ejecutado por la familia Yafari, que acababa de perder a uno de sus miembros, militante de Al-Dawa, por las torturas recibidas en la prisión.
El atentado de Duyail fue seguido de una oleada de arrestos en el pueblo; 148 de los habitantes, entre ellos, todos los Yafari, fueron procesados en juicios sumarísimos y condenados a muerte. Varios de ellos eran simples adolescentes.
El propio Saddam estampó su firma para ratificar las condenas de muerte, dando así lugar a la primera matanza masiva de chiitas durante su régimen (1979-2003), a la que seguirían otras, y particularmente en 1991.
Pero la venganza de Saddam no acabó con las ejecuciones: los terrenos agrícolas de Duyail fueron, en su mayoría, arrasados, y miles de habitantes se vieron forzados a emigrar al sur del país, a zonas desérticas donde malvivieron el resto de sus días.




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