París- Sin duda, uno de los factores que permitenvislumbrar el grado de progreso de una determinada comunidad es el nivel de empleo que puede generar a sus componentes. Se suele afirmar que las sociedades desarrolladas suministran a sus miembros amplias y abundantes oportunidades laborales, mientras que las sociedades en crisis, o no desarrolladas, no tienen esa capacidad y van direccionando a sus habitantes hacia otros lugares o países en los cuales el empleo o el progreso puedan ser conseguidos. Allí tienen su origen algunas corrientes migratorias.
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El segundo elemento de evaluación del progreso relacionado con el empleo es el relativo a la calidad y especialización de este último. En las sociedades desarrolladas, el progreso y el aumento del nivel de vida llevan a sus habitantes a desdeñar la prestación de determinadas labores o servicios básicos para aspirar a puestos de trabajo más sofisticados y calificados.
Mientras, en las sociedades no desarrolladas, emergentes o en crisis, lo que se busca es simplemente poder obtener alguna clase de empleo, independientemente de su calidad o su nivel, en la medida en que tal posibilidad es escasa o inexistente en el lugar de origen. Y ello no debería generar conflicto alguno con los países receptores en la medida en que los inmigrantes tomarían los puestos de trabajo y el nivel de labores que los nativos o habitantes del lugar han abandonado.
Hasta aquí todo parece ser razonable desde el punto de vista teórico. Sin embargo, desde el punto de la realidad, las cosas pueden complicarse por dos factores: 1) puede ocurrir que aun en los países desarrollados se generen bolsones de ineficiencia o procesos recesivos con otro origen -político, financiero, bélico, conformación de uniones nacionales u otros-que puedan afectar los niveles potenciales de empleo o inquietud social respecto de la posibilidad de perder los empleos que se tienen, por una parte; y 2) puede darse -también- que la inmigración que accede a los niveles básicos de empleo llegue con una preparación superior a la que tienen los que desempeñaban esas funciones, o con una disposición al sacrificio para la búsqueda del progreso de la que no dispongan los trabajadores locales. Allí las cosas se complican.
Por lo pronto, en lo que a Francia se refiere, a pesar de las enormes expectativas que tienen los ciudadanos de los diez nuevos estados miembro de la Unión Europea que se incorporarán plenamente el día 1 de mayo, fecha de la adhesión, las autoridades han resuelto colocarles la misma barrera de admisión para la libre circulación de personas que la colocada para los extracomunitarios: cinco años. Sin embargo, gozarán de un privilegio especial los investigadores, estudiantes y prestatarios de servicios que podrán instalarse libremente al igual que los empleados temporales que desarrollan trabajos en el campo.
El ministro de Empleo, Trabajo y Cohesión Social, Jean-Louis Borloo, enfrenta hoy un alza del desempleo a una tasa de 9,8%, con cerca de 3 millones de personas sin trabajo, y el mantenimiento de la barrera de admisión es casi una exigencia de los votantes. Sin embargo, y pese a los controles, tanto en Francia como en el resto de los países de la Unión Europea, en particular España e Italia, los inmigrantes ilegales -y los que posteriormente se legalizan-siguen ingresando para cubrir aquellas tareas que los locales ya no desean efectuar. Así, 63% de las empleadas del sector doméstico son latinoamericanas, provenientes especialmente de Perú, Ecuador y República Dominicana; las damas de compañía y cuidadoras de enfermos son polacas, ucranianas, moldavas o rumanas -todas con un alto grado de escolarización: 18% cuenta con licenciaturas, 40% son diplomadas en alguna disciplina y 36% tiene título habilitante en el sector-; los jardineros y camareros provienen de Asia y Africa; al igual que los choferes, taxistas, telefonistas y conserjes de hotel.
Lo curioso de este fenómeno, vinculado con las prestación de servicios básicos y en especial de ayuda doméstica, es que ha conformado -en términos del profesor de Política Social de la Universidad de Padua Alessandro Castagnaro- una suerte de «revolución oculta» que arrasa con las barreras políticas o legales que se puedan imponer.
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