Una tradición que retrasa el reloj

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Bagdad - La pequeña oficina de Zemen Mussauise se encuentra ubicada en la principal avenida que conduce a la sagrada mezquita del Imam Kadhem. El recinto está adornado con retratos del clérigo Muqtada al-Sadr y del líder libanés Hassan Nasrallah. También han colgado de la pared una shura del Corán que reza: «Hicimos al hombre y a la mujer para casarse».

A simple vista, el despacho no difiere de los muchos que se encuentran en este barrio de Kadhimiya especializados en esponsales religiosos. La principal diferencia es que Mussaui admite sin reparos que su delegación acoge con notable asiduidad los denominados matrimonios «mutaa», una práctica que goza de creciente popularidad entre la mayoría chiita de Irak y la misma reprobación entre sunnitas y grupos feministas.

La resurrección de la «mutaa» (placer) marcha paralela al auge político de los chiitas en Irak, ya que durante la dictadura de Saddam Hussein estuvo prohibida. «Sólo pudimos abrir la oficina tras la caída del régimen, en 2003. La «mutaa» era un tema ultrasecreto. Si la 'Mujabarat' (servicio secreto) descubría que organizabas esos matrimonios podías desaparecer para siempre. No se trataba sólo de que para los sunnitas estuviera prohibido, sino que era una costumbre chiita y Saddam odiaba a los chiitas», recuerda Mussaui.

La «mutaa» es una tradición que atesora 1.400 años de antigüedad y que, en palabras del jeque Ali Meyaji, un graduado de la Hawza de Nayaf (el centro intelectual del chiismo), «es una solución al problema sexual, el único medio legítimo para evitar el caos y la prostitución». Un rito en el que hombre y mujer acuerdan de manera verbal o por escrito casarse durante un período de tiempo específico que puede durar desde horas hasta años, y en el que, a cambio, la fémina recibe una remuneración (dote).

La recuperación de este uso en Irak ha desatado una enorme controversia teológica, pero también una enconada oposición por parte de personajes como May Warda. La poetisa de 30 años se ha convertido en una de las voces más populares entre las feministas locales desde que asumió la presentación hace tres meses del programa «La mujer y la ley» en la primera emisora sólo para mujeres que existe en Irak: «Radio Amor».

Sentada en los estudios ubicados junto al hotel Palestina -protegidos por muros de hormigón y guardias armados-, Warda no duda en calificar la «mutaa» de «prostitución», incluso siendo ella también chiita. «La 'mutaa' es una discriminación para la mujer. Si queda embarazada, su hijo no tiene ningún derecho. Es algo clandestino. Si fuera aceptada, se haría de manera pública», asegura.

«Pregúntele a cualquier hombre si dejaría que su hija se casara por la 'mutaa'. El problema es que se ha politizado el asunto y ahora tienes que tener cuidado porque se puede entender como un ataque a una comunidad determinada (la chiita)», la secunda Ujdad Adid, portavoz de «Radio Amor».

El predicamento de la «mutaa» entre los chiitas, especialmente en el sur del país, se nutre en gran parte del ingente número de divorciadas y viudas que está generando la atroz guerra civil que sacude a Irak, que se suma a décadas de conflictos pasados.

Según un estudio conjunto difundido por varias ONG femeninas, en diciembre el número de mujeres sin marido tan sólo en Bagdad ascendía a 300.000 y alcanzaba los ocho millones -35% de la población total- en el país.

Yumaa Duani reconoce que la mayoría de las «cerca de 20 mujeres» con las que se ha unido siguiendo el rito de la «mutaa» eran precisamente divorciadas o viudas.

Frente al carácter tabú que todavía rodea a la « mutaa» en muchos sectores sociales, el ingeniero iraquí de 42 años no se muestra timorato a la hora de justificar este hábito. «El ser humano tiene instintos y un hombre no puede estar sin comer ni sin sexo. Lo mismo pasa con la mujer. No se puede hacer morir ese deseo. Por eso no hay monjas ni curas en el islam. En la sociedad árabe, una viuda puede enfrentarse a la discriminación y no encontrar otro marido. La 'mutaa» es la solución porque puede disfrutar del sexo con su amante y seguir cuidando de sus hijos», precisa mientras no cesa de manosear las cuentas de su rosario musulmán.

El último matrimonio «mutaa» de Duani se concretó el 17 de diciembre. «Firmamos por un mes y pienso renovar por un año», dice. Por teléfono, su esposa, Ebtisaam Duani -con primos lejanos- reconoce que aceptó esta relación por dos motivos: «Soy viuda y tengo cinco hijos. No me puedo casar de forma oficial».

El ingeniero explica que sus esponsales han durado desde un día hasta tres años y que el precio que tuvo que pagar oscilaba entre los 30 y los 80 euros.

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