Con una pulsera de silicona y un discurso envuelto en jerga científica imprecisa, los hermanos Joshua y Troy Rodarmel construyeron un imperio global que sedujo a deportistas, celebridades y millones de consumidores.
Crearon un invento millonario que prometía cambiar la vida de todos pero terminaron con una demanda judicial y en bancarrota
La propuesta del producto combinaba bajo costo de producción, estética deportiva y una promesa de mejora física difícil de comprobar en el corto plazo.
-
De cuánto es la fortuna de Oprah Winfrey, la multimillonaria más influyente de Estados Unidos
-
El científico que fue pionero de la IA, pero no ganó los mismos millones que sus colegas: quién es Yann LeCun
La publicidad sostenía que las pulseras usaban la energía del usuario para mejorar su rendimiento.
Comenzó como un accesorio deportivo alternativo y se transformó, en apenas cuatro años, en uno de los casos más emblemáticos de marketing pseudocientífico del siglo XXI.
Prometían equilibrio, fuerza y flexibilidad mediante hologramas “energéticos” y, bajo el respaldo de figuras del deporte profesional el producto consolidó su expansión. Pero a medida que estudios independientes comenzaron a desmentir los supuestos beneficios, crecieron las críticas de la comunidad científica y el modelo de negocios empezó a resquebrajarse.
El fenómeno de las pulseras Power Balance
En 2007, desde Orange County, California, se lanzaron al mercado unas pulseras de silicona con dos hologramas incrustados, bajo la marca Power Balance. Según aseguraban, el accesorio proporcionaba a los deportistas mayor equilibrio, fuerza y flexibilidad.
Joshua había sido un destacado deportista durante la escuela secundaria, aunque su carrera universitaria en Yale llegó a su fin por una grave lesión en el hombro. A pesar de haber permanecido cuatro años en el equipo, nunca llegó a disputar un partido oficial. Así fue cómo, con ayuda de su padre y su hermano fundó la empresa Power Balance.
El primer gran impulso llegó en el US Open of Surfing de Huntington Beach, donde distribuyeron 50.000 pulseras. En pocos meses, el producto se expandió por Alemania, Italia, España y varios países asiáticos. En el mercado español financiaron a deportistas y figuras televisivas para que las exhibieran. En su pico máximo, se estima que se vendían unas 100.000 unidades diarias, a un precio cercano a los 35 euros.
El fenómeno se consolidó cuando deportistas de elite comenzaron a usarlas en público. Estrellas de la NBA las mostraban en plena competencia, futbolistas como David Beckham y Cristiano Ronaldo aparecían con ellas en la muñeca. Así el accesorio se filtró en el mundo del espectáculo: desde la infanta Elena en España, hasta el actor Leonardo DiCaprio.
Para demostrar sus supuestos beneficios, la empresa proponía una serie de pruebas simples de equilibrio y fuerza, altamente influenciables por la sugestión. Al repetir los ejercicios con la pulsera puesta, muchos usuarios creían experimentar mejoras inmediatas o futuras, reforzando la percepción de eficacia del producto.
El furor que los llevó a una demanda judicial
El discurso técnico que sostenía a Power Balance apelaba a una combinación de términos científicos y conceptos esotéricos. Los Rodarmel afirmaban que todo en el universo posee una frecuencia y que habían logrado “almacenar frecuencias positivas” en hologramas cuánticos, capaces de interactuar con la bioelectricidad del cuerpo y armonizar el “chi interior”.
La publicidad sostenía que las pulseras no tenían fuentes externas de energía, sino que utilizaban la propia energía del usuario para mejorar su rendimiento, pero la evidencia científica era inexistente.
Así fue cómo en enero de 2011 se presentó una demanda colectiva contra la marca, donde los denunciantes afirmaban que la publicidad iba contra la sección 52, de la Ley de Prácticas Comerciales de 1974. Es por eso que la empresa llegó a un acuerdo extrajudicial de 57 millones de dólares para compensar a los consumidores afectados y marcó un giro significativo en la historia del marketing.
- Temas
- Millones





Dejá tu comentario