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En México, poco tiempo antes también se había devaluado de uno a tres, y se mantuvieron las deudas en dólares. Todo lo que había que hacer entonces era disponer un estiramiento de los plazos de amortización de los créditos. Los que se endeudaron directamente en el exterior no tuvieron el beneficio de la pesificación. Ello generó irritantes diferencias en la situación financiera de muchas empresas. Además, con esto quedó pendiente el problema de los créditos en dólares fuera del circuito bancario. Pero, además, el Tesoro tuvo que compensar a los bancos por la diferencia de la conversión de depósitos a $ 1,40 y de créditos a uno a uno. Con esto aumentó mucho la deuda pública, neutralizando el sacrificio que se impuso a los tenedores de títulos públicos, con una elevada quita, más la baja de tasas de interés y el estiramiento de plazos. En definitiva los que creyeron en el Estado argentino, comprando sus títulos, terminaron pagando parte del subsidio de quienes se endeudaron irresponsablemente en dólares. Sin ese disparate, tendríamos una deuda pública mucho más baja, lo cual de por sí sería positivo. Ahora el fallo de la Corte Suprema impone una nueva pérdida compulsiva a los bancos, que tienen que asumir la diferencia entre $ 3,07 y $ 1,40 por dólar, lo que debilita el sistema bancario justamente cuando más necesitamos fortalecerlo.
El congelamiento de los depósitos a plazo fijo y de ahorro en dólares, previamente convertidos a pesos, y el establecimiento de un plan de repago a largo plazo (lo que el público bautizó como «corralón»), fue un disparate mayúsculo. Con esto se desmonetizó la economía y se profundizó la recesión. Milton Friedman, recientemente fallecido, obtuvo el Premio Nobel de Economía, no por ser liberal, sino por sus aportes a la teoría monetaria. Había observado que en el curso de la crisis del 30, la Reserva Federal mantenía constante, o en leve crecimiento, el monto de billetes en circulación y los depósitos en cuenta corriente (lo que luego se denominó M1), pero que los depósitos a plazo fijo habían descendido sustancialmente, por la desconfianza generada por el cierre de algunos bancos y la consiguiente pérdida por parte de ahorristas. Friedman descubrió el carácter monetario de esos depósitos (que con el M1 conforman el M2, y con otros depósitos el M3) y atribuyó a su disminución el agravamiento de la recesión. Pues bien: lo que en los Estdos Unidos sucedió sin que las autoridades monetarias se dieran cuenta, en la Argentina se hizo adrede. ¡Increíble! Lo único que hacía falta era mantener la restricción para el retiro de fondos en efectivo (el llamado «corralito»), que no interrumpía la cadena de pagos, sino que los canalizaba por los bancos. Esto sólo afectaba a los que operaban en negro y a los que querían comprar dólares. Se justificó el congelamiento por el peligro de caída de algunos bancos.
Todo lo que hacía falta era una declaración del Banco Central de que aportaría fondos a las entidades que perdiesen depósitos en una magnitud que comprometiese su existencia.
Luego, con sólo aportar fondos en algunos casos críticos, todo se hubiera tranquilizado. De todos modos el Banco Central tuvo que prestar fondos a bancos en crisis. Es probable que con la metodología señalada hubiera tenido que aportar menos. De haberse actuado con sensatez, la tranquilidad se hubiera restablecido al poco tiempo, la recesión hubiera sido más leve en el primer trimestre de 2002, y la recuperación se hubiera iniciado antes. No hubiéramos tenido tanto exceso de desocupados, ni tan altos niveles de pobreza, ni hubiera sido necesario gastar tanto en subsidios para jefes de hogar sin recursos, ni hubiéramos tenido un aumento de la deuda pública como fue el caso.
Y tampoco hubiésemos generado los nuevos ricos, que hicieron fortunas espurias (que pagamos todos nosotros) con la pesificación de sus deudas, pero con ingresos que se movían al compás del dólar o algo menos. Ello, en medio de una de las peores crisis que soportó la Argentina.




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