La visita de Xi Jinping a Washington terminó sin un acuerdo de fondo entre las dos principales potencias del planeta. Tampoco era razonable esperarlo.
Acordando cómo competir
Estados Unidos y China disputan poder, tecnología, comercio y seguridad, pero dependen profundamente el uno del otro. A diferencia de la Guerra Fría, el desafío no es separar dos mundos: es establecer las reglas de una rivalidad dentro del mismo.
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Xi Jinping y Donald Trump, compiten pero se necesitan.
Donald Trump y Xi siguen al frente de los dos países que protagonizan la principal competencia estratégica de nuestro tiempo mientras definen las reglas de juego del principal vínculo bilateral del mundo. Disputan comercio, tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, minerales críticos y poder militar. Taiwán continúa siendo el punto potencialmente más peligroso de esa rivalidad.
Sin embargo, la reunión dejó un resultado menos espectacular, pero significativo: la voluntad expresa de construir mecanismos que permitan competir sin que la competencia se vuelva inmanejable. Esa búsqueda marca una diferencia fundamental con la última gran rivalidad entre superpotencias.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética encabezaban dos bloques políticos, militares, económicos e ideológicos enfrentados. Existían comercio y contactos entre ambos, pero eran marginales comparados con el tamaño de sus economías. Cada bloque podía imaginar su seguridad y su prosperidad sin depender sustancialmente del otro. Hoy, Estados Unidos y China viven una realidad muy diferente.
Compiten en prácticamente todos los tableros de la política internacional y, al mismo tiempo, se necesitan. Lo hacen dentro del mismo sistema económico, a través de cadenas de valor que durante décadas construyeron conjuntamente. China necesita mercados, tecnología y capitales occidentales. Estados Unidos depende de productos, componentes y minerales procesados en China. Incluso después de años de guerra comercial y restricciones, el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó casi 500.000 millones de dólares en 2025.
Ésa es la gran paradoja de esta rivalidad: cuanto más compiten, más difícil resulta separar dos economías que contribuyeron a transformarse reciprocamente. Ya no es posible pensar a China sin Estados Unidos ni a Estados Unidos sin China.
Por eso, más que la posibilidad del desacople, lo que empieza a definir la relación es la administración de esa interdependencia.
Washington intenta reducir dependencias que considera riesgosas para su seguridad nacional. Restringe el acceso chino a determinadas tecnologías, protege sectores estratégicos y busca diversificar cadenas de suministro. Beijing hace lo propio: desarrolla capacidades tecnológicas nacionales, utiliza su posición dominante en minerales críticos y procura disminuir vulnerabilidades frente a Occidente.
Pero ninguno parece dispuesto a llevar esa lógica hasta sus últimas consecuencias. Un desacople completo tendría costos enormes para ambos y, probablemente, para buena parte de la economía mundial.
La reciente visita de Xi resulta interesante precisamente por eso. La agenda no estuvo orientada a terminar con la competencia, sino a establecer sus límites y reconocer sus líneas rojas. Taiwán muestra mejor que ningún otro tema la delicadeza de ese ejercicio: Beijing considera inaceptable cualquier avance hacia la independencia de la isla; Washington procura impedir que China modifique el statu quo por la fuerza. Entre ambas posiciones se encuentra uno de los mayores riesgos de escalada de la relación.
La tregua comercial fue extendida. Washington y Beijing acordaron continuar las conversaciones económicas. También avanzaron en un canal bilateral para incidentes vinculados con inteligencia artificial y en mecanismos de comunicación militar destinados a evitar que una crisis derive en una escalada no deseada.
Administrar una rivalidad no significa resolver sus diferencias. Significa acordar hasta dónde puede llegar cada uno sin convertir la competencia en confrontación.
Tal vez allí se encuentre una de las claves para comprender la relación entre Estados Unidos y China en los próximos años.
Durante la Guerra Fría, la estrategia estadounidense frente a la Unión Soviética estuvo organizada alrededor de una palabra: contención. El adversario estaba fundamentalmente afuera del sistema económico occidental y debía evitarse que ampliara su esfera de influencia.
A diferencia de la Unión Soviética, China no está al margen del sistema económico global: es una pieza central de él. Por eso, contenerla exige una estrategia diferente. China es uno de los principales socios comerciales de decenas de países, ocupa una posición central en numerosas cadenas globales de valor, es una potencia tecnológica y posee instrumentos económicos capaces de producir consecuencias inmediatas sobre sus competidores.
Eso probablemente explique por qué Washington ha ido sustituyendo la idea de desacople por conceptos como de-risking: no cortar todas las relaciones, sino reducir aquellas dependencias consideradas peligrosas. La diferencia no es semántica.
En la Guerra Fría, seguridad y economía podían organizarse en bloques relativamente separados. En la competencia entre Estados Unidos y China, ambas dimensiones están entrelazadas. Un semiconductor puede ser simultáneamente un producto comercial y un activo de seguridad nacional. Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los datos o los minerales críticos. El comercio se convierte en geopolítica y la tecnología en seguridad.
Eso vuelve la relación más compleja, pero también obliga a mantener abiertos canales que durante una confrontación tradicional podrían parecer contradictorios.
Estados Unidos y la Unión Soviética terminaron comprendiendo algo parecido en el terreno nuclear. Después de momentos de enorme peligro, especialmente la crisis de los misiles de Cuba, desarrollaron mecanismos de comunicación y acuerdos destinados a evitar que la competencia entre ellos terminara en una guerra que ninguno podía ganar.
Estados Unidos y China enfrentan ahora un desafío diferente. No sólo deben evitar una confrontación militar. Deben aprender a competir en una economía de la que ambos forman parte.
Quizás por eso el resultado más significativo de una cumbre entre Trump y Xi pueda medirse en su capacidad para establecer límites, mantener canales abiertos y reducir el riesgo de que un incidente comercial, tecnológico o militar desencadene una escalada que ninguno buscaba.
La competencia entre Estados Unidos y China llegó para quedarse. El desafío no es evitarla. Es acordar cómo competir sin destruir aquello que todavía los obliga a entenderse.
*- Jorge Argüello es presidente Fundación Embajada Abierta, exembajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde
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