Acostumbrarse a vivir con un enemigo propio: agroinflación
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Aparentemente, estos factores fundamentales son dos; uno está conectado precisamente con la performance exitosa de los países emergentes, particularmente con el crecimiento espectacular de China, la India y el resto de Asia. Esta performance que, como he mencionado anteriormente, tiende a reducir el precio de los productos industriales, tiende simultáneamente a incrementar los ingresos y el nivel de vida de una inmensa masa asalariada. Este aumento en los ingresos conlleva un cambio de dieta que incluye un aumento de demanda por alimentos más variados en general y por carne ( vacuna, avícola, ovina, etcétera) en particular. Esto, a su vez, aumenta la demanda por cereales también para alimentar a los animales. Dicho fenómeno no debería ser sorprendente, ya que hay una larga correlación histórica entre el crecimiento del producto y el consumo de proteínas cárnicas.
Lo que ha redoblado el impacto es el segundo factor: el inmenso salto en la demanda, particularmente en los Estados Unidos, por biocombustibles, en especial etanol. En el año 2000, los Estados Unidos utilizaron 15 millones de toneladas de maíz para producir etanol, en 2007 la cantidad de maíz empleado alcanzó los 85 millones de toneladas. Esta demanda de etanol afecta indirectamente otros cultivos y el precio de otros alimentos. Al ser fuertemente subsidiada la producción de maíz para etanol, los productores norteamericanos sustituyeron cultivos, disminuyendo especialmente el trigo y la soja. Esta sustitución provocó una cosecha récord de maíz a costa de una gran disminución de la producción del resto, con la consecuente suba de sus precios. Pero aun así, la producción récord no logró abastecer la demanda, causando una disminución sustantivaen los stocks de maíz, otro factor que claramente empuja los precios hacia arriba.
La agroinflación parece ser un fenómeno global. En los países de la eurozona, el precio de los alimentos superó el 4,3% y fue uno de los principales motivos para que el índice de precios al consumidor supere el interanual. Igualmente, en los Estados Unidos, el 4,3% de inflación interanual en noviembre fue fuertemente afectado por el 4,8% en el aumento en el precio de los alimentos. En los países emergentes, este efecto ha sido muy marcado, haciendo subir la inflación en un promedio de 2%. En China, donde la inflación llegó a 6,5% interanual en noviembre, no superó el 1,5% si se excluye el componente alimentario.
Es muy probable que, dados estos factores estructurales, el mundo tenga que convivir con la agroinflación por un tiempo considerable. Más aún si consideramos la debilidad del dólar y el alto precio de la energía que, además de promover el desarrollo de alternativas que compiten con los cultivos destinados a alimentos, incrementan el costo de los insumos, particularmente el de los fertilizantes. Además, este fenómeno coincide con la crisis financiera-crediticia global, lo que dificulta la misión de los bancos centrales -que han debido reducir las tasas de interés y aumentar la liquidez- de evitar que estos incrementos en el precio de los alimentos se propaguen creando inflación generalizada.
¿Qué implicancias directas tiene la agroinflación para la Argentina? Por un lado, es difícil aislar al país de un fenómeno estructural internacional. Las retenciones y otras medidas administrativas pueden disminuir el impacto, pero no contenerlo totalmente, además de reducir el incentivo a expandir la oferta y aprovechar la bonanza, parte de la cual debería destinarse a reducir las consecuencias de la agroinflación sobre los sectores más carenciados de la población. Pero, por otra parte, las riquezas del país han claramente aumentado, ya que producimos eficientemente lo que el mundo demanda a precios récord. Esto permite holgura fiscal y externa, pero debe ser aprovechado para alentar las necesarias inversiones en varios sectores de la economía que encuentran limitaciones para incrementar la oferta de productos ante un consumo fuertemente dinámico.




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