Todos advierten que en la Argentina existe una cierta tendencia, por parte de los gobernantes, de intentar crear movimientos hegemónicos y de alta durabilidad temporal con una vocación absoluta de concentración de poder. Desde Perón -fundador de un movimiento que ha ejercido, directa o indirectamente, su fuerza dominante sobre la sociedad argentina por más de cincuenta años- hasta la fecha no escaparon en este último tiempo a esa tentación ni siquiera los gobiernos militares -que pretendieron incluso llegar a ser «populares» y «pseudodemocráticos»- como tampoco quienes civilmente gobernaron con partidos mayoritarios como es el caso de Alfonsín y su «tercer movimiento histórico», Menem y su «re-re-elección», y ahora el presidente Kirchner con la «transversalidad».
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Cada uno de estos movimientos llegaron al poder de diferentes maneras en sus relaciones con la sociedad -algunos mayoritariamente, otros por descarte, otros por revancha y otros por default-, pero una vez que lo consiguieron pretendieron avanzar sobre las distintas instituciones para lograr una gran concentración de poder que les permitiera dominar -por no decir «imponer»- el funcionamiento del país ejerciendo la «conducción» no sólo del Poder Ejecutivo, sino también de los otros dos poderes -Legislativo y Judicial- a través de sus «delegados», y hasta de las corporaciones y fuerzas sociales tales como sindicatos, organizaciones empresariales, agrupaciones barriales, de protesta, y grupos de movilización.
Dentro de este esquema también juegan un papel especial la prensa y los medios de comunicación, los que, salvo honrosas excepciones, suelen verse afectados de cierta volatilidad fuertemente presionados en razón de intereses económicos.
• Atomización
El desenlace de estos procesos es por todos conocido: tarde o temprano estos proyectos naufragan, generalmente afectados por fracasos económicos derivados de la aplicación de políticas populistas y demagógicas, erosionados por la inflación, o por el agotamiento de la capacidad de resistencia desde el poder ante la falta de un programa o proyecto serio y claro de gobierno para el mediano y largo plazo. Con la misma velocidad con que entusiasman, de repente desilusionan y caen. Y en ese momento, quienes tuvieron el poder absoluto y total, y lideraron esos grandes movimientos pasan -igual que sus predecesores- a ser criticados, vilipendiados, denostados, denunciados, perseguidos, juzgados y excluidos, cuando no traicionados; por lo menos por un tiempo, hasta que una nueva ola política, abrevando en la falta de memoria de los argentinos y en la impunidad, los recicla años más tarde con objeto de darles una nueva oportunidad desde otros escenarios provinciales, nacionales, regionales o internacionales.
Salvo en el caso de la primera etapa del peronismo, donde en el Congreso se hacía oír la voz de los defensores de las libertades públicas en el famoso y ya legendario bloque de los 44, cada uno de los avances del grupo de poder gobernante en su tiempo se pudo concretar por la ausencia de una oposición seria, capaz de generar una alternativa válida en propuestas. La oposición atomizada, distraída en los debates personalistas y llenos de apetencias individuales, cuando no cómplice por actitudes «pactistas», favoreció y facilitó el desarrollo de los polos hegemónicos de poder civiles y militares.
La muestra más clara de esta atomización -en nuestros días- es lo ocurrido en las últimas elecciones, en las cuales la primera mayoría obtenida por el partido del Presidente y sus aliados, y el margen de diferencia con los restantes competidores, se pudo obtener gracias a que la oposición concurrió a los comicios absoluta y absurdamente dividida en grado tal como no se recuerda en elecciones anteriores.
Hoy, frente a ciertas señales de alarma originadas en la intolerancia, y los avances y presiones que el Poder Ejecutivo ejerce sobre el Poder Legislativo y que desea también trasladar al Poder Judicial, para consolidar un eje hegemónico, diversos partidos de la oposición han resignado diferencias personales e ideológicas para poner freno a determinados proyectos distorsivos del sistema democrático. El gobierno ha tenido que dar marcha atrás en la remoción de un senador para dejar una vacante que aspiraba ocupar la primera dama y no se ha podido concretar aún la reforma pretendida por el Poder Ejecutivo en el tema referido al Consejo de la Magistratura.
Lamentablemente, el Presidente, en lugar de reflexionar y replantearse la conveniencia de su propuesta -ante la condena del proyecto por parte de gran parte de la civilidad, un sinnúmerode ONG y de la totalidad del espectro políticono adicto a su bandería política-, ha reaccionado mofándose de la coincidencia lograda para oponerse al proyecto, calificando como «tragicómico» el hecho de que quienes piensan distinto puedan unirse para defender una institución o evitar el avasallamiento del equilibrio constitucional que debe existir entre los poderes.
A diferencia de lo que piensa el Presidente, parecería que la actitud asumida por los opositores comienza a asemejarse a un acto de madura civilidad y de búsqueda de coincidencias sobre aspectos básicos que hacen a la defensa de las instituciones democráticas, y constituye una pequeña llama de esperanza respecto de que esta actitud podría extenderse ante otros intentos avasalladores de la independencia de las instituciones -en un primer momento- para luego trasladarse a proyectos concretos que hacen al desarrollo y el crecimiento del país en otras áreas, buscando ejes de coincidencias básicas para conformar una identidad nacional más allá de banderías políticas e ideológicas.
Si lo acontecido es sólo un show mediático, o una foto, el resultado será malo. Si, por el contrario, la oposición está tomando conciencia de su verdadera función en un régimen democrático y de cómo debe actuar y unirse para la defensa de la institucionalidad, resignando protagonismos o diferencias en otros campos, el resultado será bueno, y éste podrá ser el primer paso hacia la verdadera «nueva política».
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