13 de marzo 2006 - 00:00

Caso emblemático del eje Justicia-política

El ex presidente de Yugoslavia Slobodan Milosevic, quien fue hallado muerto en su celdade la cárcel del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY), en Sveningen, un barrio de La Haya, esperaba ser juzgado por genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad perpetrados en Bosnia, Croacia y Kosovo.

Ex comunista (era difícil no serlo en la patria de Tito) volcado luego al nacionalismo, impugnó siempre como ilegítimo el Tribunal al que fue llevado tras su caída. Así lo sería entre nosotros: la garantía del juez natural (art. 18° de la Constitución nacional) estaría claramente comprometida: el TPIY se creó el 25/03/93 por Resolución 827 del Consejo de Seguridad de la UN, con posterioridad a los delitos incriminados. Lo integraba la Dra. Carmen Argibay, actual jueza de la CSJN y la causa se esperaba sentenciar en junio próximo.

El abogado Milosevic se defendía a sí mismo, pero le había sido impuesto un defensor oficial. En el imaginario colectivo contemporáneo ha vuelto a instalarse el problema del uso político de la Justicia. Paradigma, por mecanismos y resultados, fue la «mani pulite» en Italia. Mientras aquélla predica la imparcialidad, equidistancia, neutralidad, la política es lucha, enfrentamiento, división.

La historia de procesos célebres (Sócrates en el 399 a.C; Jesús en 30 d.C.; Galileo en el 1633) muestra su uso histórico con esos fines.

Kirchheimer enuncia algunas razones: la función de teatralización de los Tribunales; su empleo para aislar y estigmatizar al adversario; la legitimación de medidas dudosas del poder. A veces, implica la autolimitación en la persecución del enemigo: quien usa el proceso público renuncia a otros medios menos controlables o cruentos.

Stalin, que juzgaba superfluo el juicio de Nuremberg, en los procesos de Moscú, «inventaba» al enemigo, lo hacía visible y con rostro. Luego de las «purgas», su hegemonía en el gobierno y el partido fue indiscutible e ilimitada.

Los tipos de justicia política corresponden a los diferentes comportamientos de jueces, fiscales, acusados. Jacques Vergés, respecto de estos últimos, ha distinguido entre procesos de ruptura y de connivencia: en los primeros, los procesados asumen el rol de acusadores, como intenta hacer hoy Saddam Hussein y lo hizo antes Fidel Castro. En los otros, como en el caso Dreyfus, los protagonistas aceptan las reglas de juego. Aunque por fuera Emilio Zola publicaba su celebre «J'Acusse» impugnando a los jueces y procedimientos. Es que el esquema no es puro: lo mezcla y combina la realidad. Portinaro verifica que si bien los procesos bajo los regímenes totalitarios son simple perversión de la justicia, los realizados contra los criminales de esos regímenes ponen al desnudo la impotencia de la justicia humana. Dos autores egregios como Hans Kelsen y Hanna Arendt han inventariado los límites materiales y jurídicos de conocidas tentativas en nuestro tiempo. En una variante apócrifa del Evangelio, se cuenta que, una vez creado el mundo, Dios pensó en crear al hombre. El angel del amor le rogó no hacerlo: el hombre sólo se amará a sí mismo. El ángel de la verdad también se opuso: el hombre mentirá porque sólo buscará lo útil. El ángel de la justicia se sumó a la negativa; el hombre antepondrá el poder al derecho y despreciará la justicia. Finalmente, el Diablo -que astuto pensaba que el hombre sería semejante a él- dijo: «Señor, debes crearlo porque si no, tu obra no estará cumplida». Tras reflexionar, Dios decidió: «Lo crearé. Pero será la única criatura incompleta: tendrá en sí el amor, la verdad y la justicia como imagen mía. Pero jamás podrá realizarla» (Alexander Demandt, «Procesar al enemigo»).

Dejá tu comentario

Te puede interesar