China debe frenar la locomotora
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Hu Jintao
Por su parte los desbalances estructurales son, entre otros, los siguientes: fuerte dependencia de la inversión externa y de las exportaciones; política crediticia laxa; excesiva liquidez; tipo de cambio artificialmente subvaluado; cuenta comercial del balance de pagos crecientemente superavitaria; la mayor tenencia de reservas del mundo (u$s 1,3 trillón); déficit fiscal; extrema desigualdad de ingresos entre los sectores urbano y rural; sectores industriales con elevada capacidad ociosa, entre otros aspectos.
Debe aclararse que las autoridades chinas, como ellas mismas lo han reconocido explícitamente en recientes declaraciones oficiales, son plenamente conscientes de esta situación; dicho de otro modo: o desaceleran el crecimiento o, necesariamente, se producirán desequilibrios de oferta y demanda que podrían conducir a un shock inflacionario y recesivo, con todas las implicancias que este hecho acarrearía, no sólo para China sino también para la economía mundial.
Enfrentado a este claro diagnóstico, y luego de más de diez años de mantener el tipo de cambio fijo en 8,24 yuan por dólar, en julio de 2005 el BPC llevó a cabo una primera y muy leve revaluación de su moneda (menor a 2%). Esta decisión fue de fundamental importancia no por su magnitud, insignificante por cierto, sino porque marcó el comienzo de una nueva etapa de aplicación de medidas monetarias, sin duda ortodoxas, destinadas precisamente a enfriar la economía e ir corrigiendo, en forma gradual, los desequilibrios estructurales. Principalmente las medidas en cuestión fueron: aumento de las tasas de interés pasivas y activas, incremento de los encajes bancarios, restricciones al otorgamiento de créditos sobre determinados sectores, impuestos selectivos a determinadas exportaciones, incentivos al consumo interno, controles sobre la oferta monetaria, etc.
Después de dos años, ¿cuál ha sido el resultado de la aplicación de estas medidas? Por cierto, muy pobre. En efecto, amén de tener en cuenta el crecimiento récord de 11,5% registrado durante el primer semestre del corriente año, los últimos indicadores económicos a junio (inversión bruta, ventas minoristas, ingreso real per cápita, producción industrial, etc.) muestran variaciones interanuales ¡superiores a 15%! Por último, a partir de enero de este año surgió el clásico síntoma que faltaba para indicar, con más claridad, que el proceso de enfriamiento aún no ha comenzado: inflación minorista en aumento, pasando de 1,5% anual en 2006 a 3,6% a junio.
Mire por donde se la mire es evidente que esta economía se halla claramente recalentada. La pregunta, entonces, es: si hace dos años comenzaron a aplicarse medidas monetarias ortodoxas y de probado éxito en otras economías occidentales, ¿por qué las mismas aún no han funcionado en China? ¿Es ésta una economía distinta o especial, donde este tipo de políticas « occidentales» no son aplicables?
Este parece no ser el caso. En efecto, el poco o nulo éxito logrado hasta ahora para enfriar la economía, no debe buscarse en las medidas tomadas «per se»; por el contrario, las mismas son adecuadas y han obtenido en otros países resultados positivos. Dónde está, entonces, el problema: decididamente en la velocidad y magnitud de aplicación de las mismas. A estos efectos adviértase, sólo a modo de ejemplo, que las tasas pasivas en estos dos últimos años se han incrementado sólo 108 puntos básicos (de 2,25% a 3,33% actual). Es claro que una economía acelerada en la magnitud que está la China, no puede enfriarse con este nivel de tasas y menos aún con ajustes en dosis «orientales».
La conclusión es clara: las autoridades del BPC deben entender que se hallan dentro de una economía globalizada y que, por lo tanto, no pueden ni deben aplicar las políticas macroeconómicas de acuerdo con su lento y pausado ritmo. Por el contrario, deben continuar el camino de la ortodoxia... salvo acelerando el ritmo y magnitud de las medidas. Obviamente, este proceso deberá complementarse con una profundización de la marcha hacia una economía de mercado y un mayor grado de apertura política del gobierno de Hu Jintao. Si éste fuera el caso, el pronóstico es el de una suave pero efectiva desaceleración de la economía, una tendencia a la revaluación del yuan, niveles de inflación dentro de la zona de confort (2% a 3%) y una reducción, en el mediano y largo plazo, de sus desequilibrios estructurales. De verificarse este escenario, la economía china continuaría contribuyendo en gran manera a mantener la tendencia actual de sostenido crecimiento mundial.




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