30 de junio 2004 - 00:00

Complicidad despótica del Estado ausente

«Enforcement» en inglés resume más que ninguna expresión castellana la potestad de hacer cumplir la ley. Esta obligación se ubica más allá de la voluntad de las personas.

Se puede elegir violar la ley, como expresa alegremente Raúl Castells, al decir que no reconoce el Código Penal como una norma que él y los suyos deben cumplir. O se puede violar como prefiere el oficialista Luis D'Elía, que decide convertirse en juez natural frente a la muerte de un dirigente social y copar una comisaría.

Las personas y las organizaciones pueden disponer quebrantar la ley, tomar la justicia por manos propias, robar lo ajeno y hasta asesinar desconociendo el más elemental estado de derecho y la más primaria organización de una sociedad. Pero lo importante es que las personas o las organizaciones no pueden elegir regirse o no por la ley, ésta los protege o los condena con independencia de su voluntad.

Claro está que cuanto más cumple la ley la sociedad, no por el castigo que puede producirle no cumplirla, sino porque es cultural y moralmente correcto hacerlo, más espacio de convivencia y de libertad construye en comunidad.

Pero el verdadero problema, el que nos lleva a una ausencia de Estado es cuando el gobierno se niega a aplicarla. El gobierno decide no hacer y transforma su inacción en acción.

El discurso kirchnerista de que la única manera de aplicar la ley es reprimiendo es, para usar una expresión suave, una ignorancia totalitaria. Hay otras maneras de aplicar la ley que no impliquen vivir bajo el garrote.

• Sofisma

El problema mayúsculo es la actitud gubernamental que ha decidido mantener pasividad y dar instrucciones a las fuerzas de seguridad para no involucrarse en hechos «violatorios». Es decir, que «violar la ley» no es violarla, sí en cambio, es no hacerla cumplir. Es decir, un sofisma del poder.

Esto se llama impunidad. Es que en cualquier momento la «Garza Sosa» o algún otro convicto famoso podría presentar una demanda contra el Estado por discriminación porque a él sí le aplican la ley.

Néstor Kirchner no parece entender que el Estado no es suyo, que es una institución que debe funcionar con cierta autonomía del gobierno y con independencia de los circunstanciales inquilinos de la Casa Rosada.

Hay ciertas esferas que están fuera del brazo del gobierno y son tareas intrínsecas de la función esencial del Estado. Imagínense ustedes al Presidente diciéndole a un médico que no atienda a un paciente en una guardia de un hospital o a un docente que no comience su clase. Que antes de realizar alguna de estas tareas debe consul-tar al ministro del Interior para recibir instrucciones. Si llevamos esta situación al extremo, cada agente de policía debería recibir una orden individual antes de actuar. ¿Será que en Santa Cruz ni un policía interviene si no tiene orden guberna-mental? Lo que importa, entonces, no es la ley, sino el atributo del gobernante.

Quizás es parte del «common law» de nuestras tierras del Sur.

¡Graciosa y patética la situación de los ministros yendo a dialogar con los pique-teros K paraestatales!

Lo que seguro ha decidido es una posición de no injerencia en las relaciones «piqueteros-propiedad privada», «piqueteros-fuerzas de seguridad», «piqueteros-resto de los ciudadanos», como si fuese un conflicto externo del que él puede mantenerse neutral.

La sociedad civil está sola y abandonada a su suerte, con un presidente que convierte la legitimidad estatal en una facción más.

Mañana podemos salir a la calle y encontrarnos un piquetero que nos deja pasar en el subterráneo, una comisaría atendida por D'Elía y vamos a almorzar a McDonald's y nos sirve Raúl Castells un combo gratis.

Vamos a ver si el día que pidamos una entrevista con el Sr. presidente nos atiende Néstor Kirchner Pitrola en el pingüino escritorio.

¿O será que el límite del dejar hacer es su propio poder sin límites?

Porque en realidad sólo puede haber una razón para que un adicto a las encuestas como K, que sabe que su actitud pasiva le mella su imagen, insista con tal conducta: preservar las fuerzas que utilizará para la confrontación contra el aparato duhaldista, sin importarle que nuestra Argentina y los sueños de recuperación queden acribillados entre dos fuegos.

Por eso concluyo parafraseando a Jorge Luis Borges cuando dice: «Pienso en la abstracta posibilidad de un partido que tuviera alguna afinidad con los argentinos; un partido que nos prometiera (digamos) un severo mínimo de gobierno».

(*) Ex ministra de Trabajo

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