Contacto con las islas es clave para una solución
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•Propuesta
Imbuidos de juridicismo, derivamos hacia otra forma de la impotencia: la mera retórica. Uno de los atractivos de la retórica es que no necesita demasiada vinculación con la realidad: el discurso tonante y la imprecación patria suelen ocultar eficazmente la incapacidad de conseguir nada.
Terminada la guerra, algo distinto había que hacer. No para reemplazar a la política tradicional, sino para apuntalarla, fortalecerla, ayudarla a dar el salto cualitativo que la hiciera pasar del mero reclamo a la acción en el terreno. Para 1990, sucesivas encuestas en el reino Unido y Malvinas arrojaban una total identidad de opiniones: lo que pensaban los habitantes de las islas pasaba a convertirse, automáticamente, en la opinión pública de la metrópoli, de los votantes ingleses. Había que quebrar ese automatismo.
• Avance
Lo que dio en llamarse la política de seducción apuntaba menos a los intransigentes isleños que al resto de los votantes ingleses, mucho más predispuestos a reflexionar sobre unas posesiones australes cuyo significado económico y estratégico a fin del siglo XX tenía poco que ver con el de 1833. En pocos años ya hubo algún avance: para 1998, cuando el presidente argentino viajó a Londres, la opinión pública malvinense había variado muy poco, pero la de Londres exhibía a importantes sectores como incipientemente proclives a un diálogo que no excluyese el tema de la soberanía.
Cincuenta y dos de cada cien encuestados estaban dispuestos a aceptar un arreglo aunque éste supusiera la no continuidad del dominio británico. Casi 10% aceptaría un traspaso a la Argentina y sólo 26% consideraba importante que el Reino Unido las conservase en el futuro. Esas encuestas se publicaron en la prensa de ambos países, generando la evidencia de un doble fenómeno: el votante británico ya no compraba acríticamente el discurso isleño y, por lo tanto, la intransigencia kelper frente a la Argentina comenzaba a recorrer el camino de aislamiento en que inexorablemente terminan las posiciones extremas.
Los acuerdos de julio de 1999 (vuelos directos, acceso de argentinos, etc.) buscaron consolidar esa primera victoria del sentido común en ambos bandos: recomponer la relaciónhasta que fuera lo más parecida posiblea la de antes de la guerra. El reconocimiento de los derechos argentinos sobrevendrá cuando nuestro país ordene su vida interna, se reinserte con peso propio en el escenario regional y haga valer el prestigio que gane en consecuencia.
Mientras tanto, haríamos bien en aumentar el contacto directo (comercio, turismo, cooperación ganadera, de salud, educativa) de nuestra población con la de las islas. Cara a cara. Porque la solución definitiva vendrá mucho más de la interacción entre nuestras sociedades, de la gente del común, que de invasiones militares o de las habilidades de embajadores y abogados.
(*) Ex secretario de Relaciones Exteriores, 1996/1999.




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