2 de abril 2004 - 00:00

Contacto con las islas es clave para una solución

El 2 de abril quedará en la historia como una expresión de impotencia ante una realidad que no se consigue cambiar, un intento exasperado de hacer valer un derecho de manera imperdonable: con sacrificio irremediable de vidas heroicas, cuando no había chance alguna de imponerse.

Londres siempre rehusó discutir los sólidos derechos argentinos, cargando con la responsabilidad histórica de negarse a un diálogo civilizado. Pero la creciente importancia de la opinión pública en la cultura occidental, rasgo característico del fin del siglo XX, venía aportando, día tras día, mayor crédito a un país más débil cuyo reclamo de negociaciones era por tanto tiempo ignorado, aun en el marco favorable del exitoso proceso de descolonización de las Naciones Unidas.

•Propuesta

Poco antes del ataque militar argentino, la propia Thatcher envió a un secretario de Estado, Nicholas Ridley, con el sondeo de una propuesta de eventual traspaso de la soberanía a los veinte años. Galtieri y los responsables de la diplomacia nacional lo rechazaron, y la subsiguiente invasión argentina permitió a Gran Bretaña mejorar enormemente su condición frente al mundo, presentándose como agredida.

En 1833, cuando la usurpación, la plenitud del Imperio Británico impidió todo accionar argentino con un mínimo de posibilidades. Después de 1950, la declinación británica y el proceso de descolonización impulsado por la ONU colocaron a la Argentina ante la mejor de sus posibilidades: discutir cada vez más sobre la base del derecho y cada vez menos sobre la base de la fuerza. Desgraciadamente, ese proceso, exitoso en otras partes del mundo (Hong Kong, vastos territorios de Asia y Africa) quedó incompleto en algunos casos puntuales (Malvinas, Gibraltar).

Hoy, el derecho influye en las relaciones internacionales mucho más que hace cincuenta años. Ha conseguido morigerar a la nuda fuerza, pero aún no la ha reemplazado. Quizás algún día conflictos como el de Malvinas puedan resolverse con abstracción del diferente peso de los contrincantes en el mundo.

Pero no será hoy, y no será pronto. La política tradicional sobre Malvinas siempre fue juridicista. Inteligente, porque nuestros títulos son mejores. Insuficiente, porque el mundo no se rige todavía sobre la base del derecho. Así, apelando sólo al reclamo jurídico, los argentinos terminamos quedándonos con la razón y los ingleses con las islas.

Imbuidos de juridicismo, derivamos hacia otra forma de la impotencia: la mera retórica. Uno de los atractivos de la retórica es que no necesita demasiada vinculación con la realidad: el discurso tonante y la imprecación patria suelen ocultar eficazmente la incapacidad de conseguir nada.

Terminada la guerra, algo distinto había que hacer. No para reemplazar a la política tradicional, sino para apuntalarla, fortalecerla, ayudarla a dar el salto cualitativo que la hiciera pasar del mero reclamo a la acción en el terreno. Para 1990, sucesivas encuestas en el reino Unido y Malvinas arrojaban una total identidad de opiniones: lo que pensaban los habitantes de las islas pasaba a convertirse, automáticamente, en la opinión pública de la metrópoli, de los votantes ingleses. Había que quebrar ese automatismo.

• Avance

Lo que dio en llamarse la política de seducción apuntaba menos a los intransigentes isleños que al resto de los votantes ingleses, mucho más predispuestos a reflexionar sobre unas posesiones australes cuyo significado económico y estratégico a fin del siglo XX tenía poco que ver con el de 1833. En pocos años ya hubo algún avance: para 1998, cuando el presidente argentino viajó a Londres, la opinión pública malvinense había variado muy poco, pero la de Londres exhibía a importantes sectores como incipientemente proclives a un diálogo que no excluyese el tema de la soberanía.

Cincuenta y dos de cada cien encuestados estaban dispuestos a aceptar un arreglo aunque éste supusiera la no continuidad del dominio británico. Casi 10% aceptaría un traspaso a la Argentina y sólo 26% consideraba importante que el Reino Unido las conservase en el futuro. Esas encuestas se publicaron en la prensa de ambos países, generando la evidencia de un doble fenómeno: el votante británico ya no compraba acríticamente el discurso isleño y, por lo tanto, la intransigencia kelper frente a la Argentina comenzaba a recorrer el camino de aislamiento en que inexorablemente terminan las posiciones extremas.

Los acuerdos de julio de 1999 (vuelos directos, acceso de argentinos, etc.) buscaron consolidar esa primera victoria del sentido común en ambos bandos: recomponer la relaciónhasta que fuera lo más parecida posiblea la de antes de la guerra. El reconocimiento de los derechos argentinos sobrevendrá cuando nuestro país ordene su vida interna, se reinserte con peso propio en el escenario regional y haga valer el prestigio que gane en consecuencia.

Mientras tanto, haríamos bien en aumentar el contacto directo (comercio, turismo, cooperación ganadera, de salud, educativa) de nuestra población con la de las islas. Cara a cara. Porque la solución definitiva vendrá mucho más de la interacción entre nuestras sociedades, de la gente del común, que de invasiones militares o de las habilidades de embajadores y abogados.


(*) Ex secretario de Relaciones Exteriores, 1996/1999.

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