Memoria activa 2001 (parte 11)

Opiniones

La continuidad de Menem a De la Rúa que festejaban las élites tecnocráticas, los comunicadores y hasta los mismos politólogos era, en realidad, un problema.

En la “interpretación recursiva de la historia presidencial” que propone Pérez Liñán hay un ciclo, o ciclos, que comienzan con líderes de reconstrucción, se desarrollan bajo la tensión entre gobiernos de articulación y de prevención y se cierran con víctimas de disyunción (Pérez-Liñán, 2013, pág. 391). La transición de Menem a De la Rúa nos sugiere mucho de este ciclo recursivo.

Habiendo llegado al poder en medio de una crisis hiperinflacionaria, y logrando articular una solución a esa crisis a partir de la convertibilidad monetaria, el menemismo se presentó como un proyecto refundacional que pretendía modificar de raíz la configuración del Estado y su relación con la sociedad.

Su liderazgo surge desde una fracción del peronismo, expresada electoralmente en la interna partidaria de 1988, que se volvió hegemónica una vez desplegada su presidencia. Y que contaba con el apoyo explícito de grandes empresarios. Asimismo, una élite tecnocrática integrada en gran parte por economistas crecientemente conocidos, fuertemente relacionada con los principales comunicadores sociales de aquellos años, asumió como propio el diagnóstico y las propuestas neoliberales sintetizadas en el Consenso de Washington (Pucciarelli, 2014, pág. 91).

El PBI argentino experimentó un sensacional crecimiento de 65,7% entre 1990 y 1998, que coexistió con un aumento notorio en el gasto público, que fue financiado por el proceso de privatizaciones. Todo lo cual fue acompañado por un ciclo de endeudamiento público y privado que fue el de mayor progresión de la historia (hasta ese momento). Ese endeudamiento comenzó con bajas tasas de interés en forma coincidente con un histórico aumento del flujo de capitales hacia las economías emergentes -más un festival internacional de bonos- hasta la crisis del Sudeste Asiático. A esto habría que agregar el factor del consumo. En un país inflacionario que hasta 1992 se caracterizaba por la baja penetración de las tarjetas de crédito, la inédita estabilidad cambiaria y monetaria que se estaba experimentando dio lugar a un histórico “crédito de consumo”, otorgado generosamente por las entidades bancarias.

Tal como sostenía Svampa (2005), el núcleo del modelo neoliberal de Carlos Menem fue la figura del ciudadano consumidor. Las entidades bancarias, a su vez, se fondeaban con obligaciones en el exterior, a tasas convenientes, y aplicaban los fondos a financiar la compra de bienes durables y semidurables que reemplazaron velozmente a los “círculos de planes de ahorro previo” y otros instrumentos antes vigentes. En suma, acompañado por estas condiciones, durante ocho años Carlos Menem contó con los medios disponibles para desplegar y consolidar un liderazgo de reconstrucción como describe Pérez Liñán.

EL FMI Y LA RECETA ESTÁNDAR

La crisis económica que había dado origen a la presidencia de Menem había alentado este ejercicio de liderazgo, y el ritmo de las reformas había estado legitimado por “la necesidad de convencer a los acreedores externos”, lo que incluía a los organismos financieros internacionales, sobre todo el FMI (Teichman, 2001, pág. 112). La disposición del gobierno a disminuir drásticamente el déficit público (ese fue, al menos, el discurso predominante) e impulsar “la reforma estructural”, así como las primeras privatizaciones, estuvieron signadas por éste tipo de presión, a la vez exógena y autoimpuesta.

Con éstos fines, situación que continuaría durante los primeros años de la década del 90 y que se aceleraría e intensificaría más adelante en aspectos políticos y otro tipo de diálogo, en lo que se incluía una mayor privatización, “la reforma de seguridad social”, “flexibilización laboral” y otras reformas a nivel provincial. La economía política del estilo de liderazgo menemista cambió sustancialmente en 1998 con el default ruso. En el contexto de la crisis asiática de 1997, hubo ya un giro global en los flujos de capitales hacia los países emergentes -con un descenso de 225.000 millones a 80.000 millones de dólares en solo un año-, lo que derivó en forma simultánea en una casi duplicación de las tasas de interés.

Durante los previos años dorados de la Convertibilidad, un atractivo “apalancamiento” de la deuda (pública y privada) se había expresado en Argentina en las tasas de crecimiento de la absorción doméstica (consumo e inversión); al revertirse la tendencia, que caracterizó al ciclo de abundancia de capitales con tasas bajas de interés, la velocidad de reacción para contraer el gasto y disminuir la deuda fue extemporáneamente más lenta que la dinámica de la huida de capitales desde las economías emergentes hacia las plazas de mayor seguridad: hubo, en definitiva, un “vuelo de calidad” (flight to quality) (flight to safety) en la inversión financiera. Así como los cambios en la economía política del menemismo sobre el final de su período modificaron las relaciones entre el Estado y la sociedad civil, también modificarían el estilo de liderazgo presidencial, que viraría desde la euforia de la reconstrucción a una moderación más propia de un momento de disyunción. Ahora, el gran desafío de Menem era mantener el modelo. Y, De la Rúa quedará atrapado en la misma imagen.

El presidente se encontraba con algunas limitaciones: la debilidad estructural del Estado argentino, un gasto público mayor a los ingresos corrientes del Tesoro y, la desconfianza a la macroeconomía. Bajo esas condiciones, en general los presidentes recurren a diferentes formas de escaparse del problema. Pérez Liñán identifica cuatro: i. el aprovechamiento procíclico de los booms exportadores; ii. los préstamos externos; iii. la generación de inflación; y iv. el uso de recursos extraordinarios como los ingresos por privatizaciones o la nacionalización de fondos jubilatorios. En el caso del menemismo, hubo un uso de endeudamiento externo e ingresos extraordinarios por privatizaciones.

El traspaso del mando presidencial de Carlos Menem a Fernando De la Rúa en 1999 fue celebrado como una transición virtuosa.

En el marco del cambio de siglo y de milenio, los observadores de la época estaban insuflados de optimismo. Tal vez el texto que mejor refleja este espíritu de época fue el del politólogo Steve Levitsky sobre la “normalización de la política argentina”.

El holgado triunfo de la Alianza expresaba la consolidación de la democracia, la posibilidad de la alternancia, y la moderación del debate político. Este hito histórico, la finalización de un gobierno peronista y el traspaso del bastón a uno no peronista, se daba además en un marco de consensos económicos. “No se discutía el modelo, sino las formas políticas y las instituciones”. Era, también, un formato nuevo en el gobierno argentino: un frente electoral opositor devenido coalición oficialista.

Todo ello, a pesar de que ya se registraban signos y señales que sugerían que esa transición no era tan normal. Una de ellas, la más visible, era la economía: Argentina estaba en recesión, la economía política internacional había cambiado, los flujos de capitales hacia los emergentes se había cortado, el boom de consumo ya no estaba allí. Pero como consecuencia del cambio en la economía política, ya se habían transformado algunas de las bases políticas y sociales del modelo menemista. Tal como permiten entender Svampa y Friedman y Hochstetler, la sociedad civil argentina había experimentado una transformación. Y del paradigma del ciudadano consumidor había pasado a una protesta social y a la emergencia de organizaciones sociales dedicadas al rescate de los perdedores. Esta era la Argentina diferente, a pesar de las aparentes continuidades, en la que asumía Fernando De la Rúa.

Pero no era lo único. Con la nueva economía política y la nueva sociedad civil, habían cambiado las condiciones del liderazgo presidencial. El propio Menem había cambiado: ya no era el presidente disruptivo, sino que estaba ocupado en lograr que su obra de gobierno perdurase. Menem había querido reelegirse para garantizar su continuidad. Según el marco de análisis de Pérez-Liñán, había pasado de ser un “gran presidente”, de reconstructor, a uno que estaba en las puertas de su propia disyunción. Y De la Rúa, incapaz de lograr otra cosa, se pareció a Menem. Pero no al Menem de 1990, sino al de 1998. El nuevo presidente quedará atrapado en la lógica del menemismo en su última fase.

Por eso, la continuidad de Menem a De la Rúa que festejaban las élites tecnocráticas, los comunicadores y hasta los mismos politólogos era, en realidad, un problema. De la Rúa debió iniciar un ciclo recursivo, y no terminarlo. Y las élites tecnocráticas que lo acompañaron fueron aparentemente incapaces de ver ese problema político que se asomaba en el horizonte.

Continuará mañana.

Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

Dejá tu comentario