20 de febrero 2008 - 00:00

De Duhalde a Cristina, típico daño peronista

Cristina de Kirchner, Eduardo Duhalde yMaría Estela Martínez de Perón.
Cristina de Kirchner, Eduardo Duhalde y María Estela Martínez de Perón.
Fue después del partido, el sábado por la noche, luego de ver que su equipo (Banfield) derrotaba al de Néstor Kirchner (Racing), cuando decidió: si se puede en el fútbol con los poderosos, ¿por qué no intentarlo en la política? Y, con el lenguaje de los muchachones del tablón, con la experiencia peronista de herir siempre en el flanco más susceptible del enemigo (al que camina mal, decirle rengo; al que se le dispara un ojo, llamarlo bizco), le apuntó al síndrome que arrastra y perturba al matrimonio oficial: negarle capacidad de gobierno a Cristina de Kirchner, agraviarla como si ella fuera la Isabelita de Perón, un rol que el dúo santacruceño siempre trató de eludir, aun antes de que la actual mandataria se presentara a elecciones.

Nunca antes un rival había logrado un aluvión de réplicas tan masivas desde el oficialismo, unas espontáneas -se supone- y otras de ese fantasmagórico grupo rating que en tiempos del menemismo cumplía las mismas funciones pero con personajes distintos: en lugar de Miguel Angel Toma o Eduardo Amadeo, ahora aparecen Aníbal Fernández o Miguel Pichetto. Había tardado Duhalde en contestarle a Kirchner, quien no sólo le arrebató el favor de los punteros bonaerenses, el aparato, sino que al mismo tiempo -con alguna falta de grandeza- hasta le sacó bolilla negra para integrarlo al justicialismo. Pareció olvidar el ex presidente que en política nadie se jubila o desaparece, menos aquellos que se niegan a la extremaunción. Más cuando, todavía, a falta de tropa (sojuzgada o alquilada, según el término que guste), al decaído Duhalde le queda el recurso de hablar frente a los medios de comunicación. A través de esa vía y con un insulto bien elegido, produjo un daño poco reparable y un turbión de odio en el elenco oficial.

A las apariciones de Pichetto y Fernández (quien jamás dirá algo ya tan original como el día que comparó a Cristina y Chiche Duhalde como clientas de una peluquería barrial) se les agregaron el infaltable Luis D'Elía, el obvio Carlos Kunkel, Agustín Rossi, el devenido vocero aunque sea ministro Florencio Randazzo y también ex duhaldistas que, como el Aníbal, salieron a repudiar a quien antes les dio alojo y comida: el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el vicegobernador Alberto Balestrini y, no insólitamente, quien a escondidas hasta hace poco se veía con el repentino crítico hincha de Banfield: Daniel Scioli. Sólo faltaba en esta cosecha que desde Puerto Madero también lo llamaran a Roberto Lavagna para que objetara a su referente en jefe y, como prueba de ácido para nuevos entendimientos con Kirchner, se expidiera contra Duhalde.

Logró más de lo imaginado en su modestia el hombre de Lomas de Zamora, no sólo un tatuaje indeseado por Cristina (quien, no olvidar, un día sostuvo que Duhalde presidía una banda de facinerosos, la mayoría de estos hoy comprometidos sostenedores de su gobierno). Tambien le advirtió al marido que algún tipo de debate forzará en el peronismo, que habrá jugadores en las elecciones de 2009 y que él -como Néstor- ha leído concienzudamente los últimos resultados electorales. Según él, ¡vaya descubrimiento!, los Kirchner no tienen mayoría en el país, sin el PJ como oxígeno no respiran y, por lo tanto, quienes se opongan al oficialismo dispondrán de alguna alternativa en los comicios legislativos futuros. Con ese bagaje y una inflación creciente, se puede minar -entiende- el omnímodo poder del matrimonio. Reflexión que, luego del 3 a 1 sobre la Academia, se convirtió en una saeta contra alguien que sueña ser una mujer de Perón, pero nunca la tercera.

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