El mundo ya corrige todas sus expectativas. Hasta la Argentina
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Las dificultades de predicción estriban en que los modelos utilizados no reconocen suficientemente las interrelaciones personales, los vínculos inexorables entre las economías de todo el mundo, ni las restricciones institucionales. Pero la realidad es que cada persona actúa en un entorno particular, cambiante e interrelacionado. Cuando la coyuntura se vuelve más próspera, nos animamos a encarar mayores actividades y a gastar más. Cuando ocurrelo contrario, achicamos nuestros emprendimientos y gastos.
Por ello, es inexorable que las alteraciones en la principal economía mundial arrastren a otras, impactando sobre todos nosotros. Los menores valores de los activos norteamericanos y de sus gastos se transmitirán a toda la cadena de decisiones, alterando las alternativas y achicando los presupuestos. Como consecuencia, nuestras expectativas y posibilidades se contraerán, junto con las valuaciones de las inversiones, papeles, acciones, commodities. En los países en desarrollo, las crisis internacionales suelen potenciarse. Porque no nos resignamos a que la torta se reduzca, varios sectores consiguen cambiar las reglas de juego. Esas alteraciones, en momentos críticos, tornan más incierta la coyuntura.
La confianza -el crédito en el sentido más amplio- se contrae aún más que en los países de estructuras institucionales robustas. La crisis eclosionada en 2002 es prueba contundente de los daños de aceptar presiones sectoriales para alterar las consecuencias.
Nuestro subdesarrollo es resultante de la inconstancia de reglas -fragilidad institucional-, de las devaluaciones sorpresivas, pesificaciones asimétricas, leyes y refinanciaciones para pocos a costa de muchos. Las crisis externas siempre nos golpearon. La contracción monetaria para contener la inflación en EE.UU., subiendo la tasa prime por encima de 19% anual, desató la crisis de la deuda y la caída del ingreso, de 1982, que impactó a la Argentina y a países latinoamericanos. Otros episodios fueron la salida del Plan Austral, la crisis de principios de 1989, que precipitó la caída de Alfonsín, el Tequila, de fines de 1994, la del sudeste asiático, de 1997, el default ruso, de 1998, los punto com de EE.UU., 2001, todos nos impactaron. Nadie saldrá indemne de la contracción de la economía norteamericana. Al contrario, las repercusiones serán importantes. Y aún más en los países subdesarrollados, donde su desnudez institucional acentúa los conflictos y efectos de las crisis. Cuando se contraen los ingresos, distintos sectores intentan salvarse, traspasando costos a otros, mediante cambios de reglas.
En respuesta, la Fed dispuso una rebaja de emergencia, la primera desde los ataques terroristas de 2001, de 0,75% en su tasa, con lo cual en los últimos 6 meses acumula una quita de 1,75%, el mayor recorte desde el crítico 2001. Los modelos en boga debieran ser corregidos. La crisis no se cura con emisión monetaria, pues la inflación demuestra que ya es excesiva. Más aún, la rebaja de tasas de interés no asegura mayor crédito, cuando los bancos e inversores se tornan más precavidos y sus ganancias se derriten. En prueba, la base monetaria dólar ha decrecido en los últimos meses. La capitalización de las entidades financieras es un camino más sólido y ya ha comenzado en las principales. Los mercados pueden hacer más para restablecer la confianza en los bancos centrales. En realidad, el rol de los bancos centrales en las crisis es enfrentar corridas bancarias, que no se han producido, salvo en un banco en Inglaterra.




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