Durante medio siglo la discusión sobre la demografía giró en torno a la explosión descontrolada. Sobrepoblación, planeta lleno, hambre futura. Ese riesgo no desapareció por igual en todo el mundo, pero el mapa cambió. Una parte creciente del planeta discute ahora el problema contrario: baja fecundidad, envejecimiento y reducción de la población. La Argentina entró en esa transición con una velocidad que la política todavía no terminó de registrar.
El país donde se dejó de nacer
Relevamientos recientes señalan una brecha entre los hijos que las personas desean y los que creen que podrán tener. Entre los obstáculos aparecen el costo de criar, la vivienda, la inseguridad laboral, la falta de una pareja adecuada y la incertidumbre sobre el futuro.
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Entre los obstáculos aparecen el costo de criar, la vivienda, la inseguridad laboral, la falta de una pareja adecuada y la incertidumbre sobre el futuro.
En 2014 nacieron 777.012 chicos en el país. En 2024 fueron 413.135. La caída en una década fue de 46,8%. La tasa global de fecundidad a nivel nacional es de 1,2 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo de aproximadamente 2,1 que permite mantener estable una población a largo plazo en ausencia de migración.
El cambio ya aparece en los hogares y en las aulas. Un análisis de la Universidad Austral sobre los censos del INDEC calcula que el 57% de los hogares no tenía menores de 18 años en 2022; en 1991 eran el 44%. Además, de mantenerse el volumen nacional de vacantes de jardín registrado en los últimos años, en 2027 (después de mucho tiempo) estas alcanzarían en términos agregados para la actual población de unos 1,54 millones de chicos de 3 a 5 años. Aunque la distribución territorial de esa oferta impide confundir capacidad total con acceso universal, en algunas salas, allí donde había lista de espera, ahora sobran sillas.
Detrás hay política pública, no solo un cambio de humor colectivo. Anticonceptivos de larga duración, mayor acceso a información sobre derechos reproductivos y el Plan ENIA desde 2017. Un objetivo sanitario cumplido. Y un efecto demográfico que recién ahora comenzamos a comprender.
No es un fenómeno exclusivamente argentino. La ONU proyecta que la población mundial, todavía en crecimiento, alcanzará un máximo de alrededor de 10.300 millones de personas a mediados de la década de 2080 y luego comenzará un descenso gradual; 63 países ya pasaron su pico y más de la mitad de los países del mundo está por debajo del nivel de reemplazo.
Aunque las poblaciones humanas se achicaron muchas veces, por peste, por hambre, por guerra, nunca, hasta ahora, lo hizo por la suma colectiva de elecciones individuales sostenidas en medio de la mayor abundancia material de la historia. Las razones se acumulan sin jerarquía clara. Relevamientos recientes señalan una brecha entre los hijos que las personas desean y los que creen que podrán tener. Entre los obstáculos aparecen el costo de criar, la vivienda, la inseguridad laboral, la falta de una pareja adecuada y la incertidumbre sobre el futuro.
Hay cambios culturales reales, pero reducir la caída de la fecundidad a egoísmo, hedonismo o una sola causa económica no resiste la evidencia. Buena parte no es renuncia sino postergación: la mayoría todavía quiere hijos, más adelante. Aunque la demografía, lamentablemente, tiene una regla cruel: lo que se posterga a los 30 no siempre sigue disponible a los 40.
Lo que sí puede calcularse mejor es el calendario de los efectos sociales agregados. Un informe de Argentinos por la Educación estima que la matrícula primaria seguirá cayendo hacia el 2030, año para el que se calculan alrededor de 1,2 millones de alumnos menos que en 2023. Más tarde la misma contracción alcanzará a la educación superior y al mercado de trabajo. En un sistema previsional donde los aportes laborales son una fuente central de financiamiento, la relación entre población activa y dependiente importa tanto como el número total de habitantes.
Eso no convierte a la baja natalidad en una catástrofe automática. Menos alumnos por cohorte también puede abrir oportunidades: más recursos por estudiante, infraestructura menos congestionada y una reorganización de servicios que durante años funcionaron bajo presión. El problema aparece si el país confunde una ventaja transitoria con una solución permanente. Cuando las cohortes pequeñas lleguen a la edad de trabajar, habrá menos personas potencialmente activas en relación con una población mayor que seguirá creciendo. La demografía no dicta un destino, pero sí cambia las restricciones dentro de las cuales se toman decisiones.
Los países envejecidos ya empezaron a competir por importar jóvenes, con visas, sueldos y reclutadores, y esa competencia por gente puede volverse tan áspera como la que hoy existe por el litio o por los chips.
La Argentina todavía transita su bono demográfico, la etapa en la que la población en edad de trabajar tiene un peso relativamente alto frente a la dependiente. Las estimaciones más difundidas ubican su cierre en torno a 2040. Lo que se haga hasta entonces con la educación y con el empleo formal decidirá algo brutalmente simple: si la Argentina envejece rica o envejece pobre.
Aprovechar la ventana exige hacer ahora lo que la demografía y el pensamiento de largo plazo vuelven más valioso: mejorar aprendizajes, elevar la productividad, formalizar empleo y adaptar los sistemas de cuidados, salud y previsión a una sociedad más longeva. Una pregunta central será cómo preparar instituciones diseñadas para una pirámide que ya cambió.
En 2014 los registros civiles argentinos computaron 777.012 nacimientos. Diez años después, casi la mitad. La sala de tres años ya lo sabe. La primaria empieza a enterarse. La política puede elegir si se entera ahora o cuando llegue la factura.
(*) Consultor y especialista en prospectiva estratégica y riesgos globales. Docente de posgrado (UBA · UCEMA · UNDEF).
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