4 de agosto 2005 - 00:00

El país tiene mejor opción que la queja

El país tiene mejor opción que la queja
En 1980, al inicio de la década perdida, el ingreso medio de los argentinos superaba al de los países que aparecen en el cuadro adjunto. En 2004, estamos al fondo, junto con Brasil. Incluimos 1998, porque es el año de mayor ingreso promedio, en dólares, de los argentinos. De paso, se nota que la causante de la debacle no fue la particular política nacional de la década pasada.

Tanto Brasil como Chile, con diferentes políticas cambiarias y financieras, también experimentaron caídas significativas de su ingreso, en 1998-2001. Exponemos 2001 y 2002 para comprobar la inaudita pérdida económica conseguida con las medidas implementadas entonces. Aunque 2004 muestra una importante recuperación, las cifras desnudan nuestro retraso y reducción de peso económico, respecto de las otras naciones. Contrasta el brío de España, Irlanda e incluso Antigua y Barbuda, respetuosas de la propiedad y demás derechos individuales de actuación, con las otras naciones, donde esos derechos son quebrantados constantemente por normas que cambian, según el cliente o el momento, por «las necesidades políticas».

Durante el período, Irlanda multiplicó su ingreso por habitante por 7 veces, España por 4 y Antigua y Barbuda por 6. La Argentina fue la única cuyo ingreso por habitante se redujo, exactamente a la mitad, en dólares corrientes. En el libro «La riqueza de los países y su gente» explico que las asimetrías de ingresos, entre naciones y personas, reflejan asimetrías en el reconocimiento de las propiedades y derechos individuales de actuación. En definitiva, las posibilidades personales de coordinar actividades productivas están encuadradas por las diferentes organizaciones sociales.

La gente no puede conseguir mejores resultados que los que posibilitan dichos ordenamientos. La capacidad productiva de una nación está condicionada por el sistema institucional y la organización social. Para obtener los mejores resultados no alcanza con esforzarnos en nuestro particular campo de acción. Si la estructura institucional es deficiente, respecto de otras naciones, los ingresos del conjunto de la población serán inferiores.

Existen enormes oportunidades para hacer a la organización institucional más eficaz. Las organizaciones nunca son estáticas. Como las máquinas, se deterioran, requieren reparaciones y mejoramientos.

Dejar exclusivamente en manos de los políticos el control, diseño del Estado y las instituciones políticas resulta en desvíos. En que no se defiendan los derechos personales de actuación de forma pareja.

Derechos desiguales espejan obstáculos arbitrarios o desiguales para las personas. Echar culpas a los políticos, al pueblo, a los otros, y desentendernos de las cuestiones generales con la excusa de que no se puede hacer nada, que debemos concentrarnos en nuestros asuntos particulares, tiene la consecuencia de que otros deciden las reglas y alteran nuestras vidas y patrimonios.

• Debilitamiento

Demasiados empresarios sostienen que sus negocios privados les absorben mucho tiempo y energías como para dedicarse a la política y a la defensa de los derechos de propiedad del conjunto. Entonces se concentran en lo más cercano, lo más propio. No reconocen que cuando a nadie le importa que se alteren las normas en contra de otros, o incluso tratan de lucrar mediante dichos cambios, se debilitan los derechos de todos y alientan revanchas de los perjudicados. En consecuencia, alimentan conflictos perpetuos que terminan comprimiendo los patrimonios y oportunidades del conjunto. Los valores de los activos y trabajos se tornan menos atractivos.

Los que aún no estén convencidos que calculen cuánto más valdría su empresa, trabajo y propiedades en Irlanda, España o, incluso, Antigua y Barbuda. La Argentina puede volver a ser una nación próspera. Las reglas y los modos de operar que afirman las propiedades y los derechos individuales de actuación no pueden ser arbitrarias, elucubradas bajo presión de «necesidades o realidades políticas nacionales».

Las leyes que rigen el diseño de los productos, como un automóvil, heladera o alimento, no suelen alterarse por las «presiones de la política argentina». Las que contribuyen a la prosperidad del mundo tampoco. Son las leyes y normas concertadas en España, Irlanda y demás países avanzados. Porque las leyes que rigen las actuaciones humanas no pueden ser arbitrarias, como tampoco lo pueden ser las que intentan explicar los fenómenos de la física, química o biología.

La apelación a la soberanía nacional o al derecho de libre determinación de los pueblos esconde, muchas veces, justificar inequidades flagrantes. Si los empresarios, trabajadores y población quieren dejar de quejarse con razón, deberán empeñar parte de sus esfuerzos en que nuestro país adopte las reglas y modos de actuación vigentes en las naciones avanzadas. El motor de crecimiento más poderoso para la Argentina se llama previsibilidad, el crédito que ganarían sus habitantes si homologaran las instituciones y los procedimientos que rigen a los pueblos prósperos de la tierra. A esa tarea todos los argentinos deben citarse. Es el camino que abrieron Juan Bautista Alberdi con sus Bases y los clarividentes patriotas con la Constitución de 1853, convirtiendo un desierto bárbaro en una próspera y dignísima nación que albergó los sueños de millones de nuevos argentinos ansiosos de trabajar bajo sus leyes. Parece una mejor opción que seguir en lo nuestro, quejándonos.

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