El país tiene mejor opción que la queja
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Derechos desiguales espejan obstáculos arbitrarios o desiguales para las personas. Echar culpas a los políticos, al pueblo, a los otros, y desentendernos de las cuestiones generales con la excusa de que no se puede hacer nada, que debemos concentrarnos en nuestros asuntos particulares, tiene la consecuencia de que otros deciden las reglas y alteran nuestras vidas y patrimonios.
• Debilitamiento
Demasiados empresarios sostienen que sus negocios privados les absorben mucho tiempo y energías como para dedicarse a la política y a la defensa de los derechos de propiedad del conjunto. Entonces se concentran en lo más cercano, lo más propio. No reconocen que cuando a nadie le importa que se alteren las normas en contra de otros, o incluso tratan de lucrar mediante dichos cambios, se debilitan los derechos de todos y alientan revanchas de los perjudicados. En consecuencia, alimentan conflictos perpetuos que terminan comprimiendo los patrimonios y oportunidades del conjunto. Los valores de los activos y trabajos se tornan menos atractivos.
Los que aún no estén convencidos que calculen cuánto más valdría su empresa, trabajo y propiedades en Irlanda, España o, incluso, Antigua y Barbuda. La Argentina puede volver a ser una nación próspera. Las reglas y los modos de operar que afirman las propiedades y los derechos individuales de actuación no pueden ser arbitrarias, elucubradas bajo presión de «necesidades o realidades políticas nacionales».
Las leyes que rigen el diseño de los productos, como un automóvil, heladera o alimento, no suelen alterarse por las «presiones de la política argentina». Las que contribuyen a la prosperidad del mundo tampoco. Son las leyes y normas concertadas en España, Irlanda y demás países avanzados. Porque las leyes que rigen las actuaciones humanas no pueden ser arbitrarias, como tampoco lo pueden ser las que intentan explicar los fenómenos de la física, química o biología.
La apelación a la soberanía nacional o al derecho de libre determinación de los pueblos esconde, muchas veces, justificar inequidades flagrantes. Si los empresarios, trabajadores y población quieren dejar de quejarse con razón, deberán empeñar parte de sus esfuerzos en que nuestro país adopte las reglas y modos de actuación vigentes en las naciones avanzadas. El motor de crecimiento más poderoso para la Argentina se llama previsibilidad, el crédito que ganarían sus habitantes si homologaran las instituciones y los procedimientos que rigen a los pueblos prósperos de la tierra. A esa tarea todos los argentinos deben citarse. Es el camino que abrieron Juan Bautista Alberdi con sus Bases y los clarividentes patriotas con la Constitución de 1853, convirtiendo un desierto bárbaro en una próspera y dignísima nación que albergó los sueños de millones de nuevos argentinos ansiosos de trabajar bajo sus leyes. Parece una mejor opción que seguir en lo nuestro, quejándonos.



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