4 de agosto 2006 - 00:00

El silencio de los inocentes

¿Admitiría usted que le fuese quitada la vida a un niño, digamos de un día de nacido, por el hecho de ser fruto de una violación a una menor débil mental? La respuesta será invariablemente negativa, cualquiera fuese la ideología, religión, esquema de valores, del interlocutor, aun cuando fuese ateo y absolutamente relativista. Es que frente a la vida humana no hay otro valor o derecho comparable. No lo es la libertad sexual de la madre, ni su «plan de vida», ni su «privacidad». Sólo sería comparable -imposible en el ejemplo-con la propia vida de la mujer. ¿Por qué entonces algunos admiten quitarle la vida, en iguales circunstancias, a un ser de casi cinco meses de gestación intrauterina? Es un ser vivo, distinto de la madre, de la especie humana, con DNA humano, con forma humana, hasta ya con el mismo semblante que tendrá al nacer. ¿Alguien puede decir que no es un ser humano? Si es un ser humano, no lo podemos matar sólo porque es el resultado de una violación ni por ningún otro motivo, por supuesto. Si la ley lo autoriza, es una ley absurda, injusta, antihumana. La norma penal que da tal permiso en esas circunstancias huele a eugenesia, parece más propia de una concepción cultural nazi que de un ordenamiento jurídico civilizado.

Quien sostiene que se puede matar a un ser humano inocente porque otro ser humano no lo quiere es, sustancialmente, un nazi, y si no es un nazi, es un psicópata amoral, que es más o menos lo mismo. Las naciones más civilizadas hoy ni siquiera admiten que se mate a una persona culpable. ¿Cómo eliminar a una vida naciente -y absolutamente inocente-sin que se revuelva nuestra conciencia o (para los que no admiten que exista) nuestras vísceras?

Hoy es posible ver --aunque sea por demás morbosolos movimiento de dolor del feto al compás de la cuchilla asesina. Los planteos con que los abortistas sostienen su posición escamotean la cuestión principal, que no es ni el feminismo ni el sexo libre, ni la demografía, y tampoco, por el lado contrario, la religión o las encíclicas del Papa.

La cuestión principal es la vida humana. ¿No sabemos cuándo comienza? Mentira: yo sé que el ser generado debido a la fecundación del óvulo de mi madre por el esperma de mi padre era yo mismo; no era otro que yo mismo; no podía ser otro que yo mismo. ¿Que lo fui a partir del día 14 de la fecundación? Entonces, el aborto no puede ser admitido después del día 14.

  • Duda

  • Además, hoy la ciencia demuestra que, en el mismo momento de la fecundación, el nuevo ser posee el ADN humano propio, único, individual, identificatorio y permanente. Yo, y no otro, era ese embrión. Si alguien lo mataba, me mataba a mí. Supongamos que le dan un arma de fuego para disparar sobre un blanco colgado en una cortina y alguien le dice que podría ser que detrás de ésta estuviese una persona, ¿usted dispararía? En caso de duda, debemos estar a favor de la vida humana. Esto no es sólo un principio jurídico, tampoco exclusivamente moral, es lo que viene espontánea e inmediatamente a la cabeza de cualquier persona normal.

    Ahora, algunos pretenden que el aborto es posible dentro del primer trimestre de gestación. ¿Pueden asegurar -y con qué base científicaque el concebido no es humano? Si es humano, ¿cuál es el título jurídico, moral, político o de cualquier otra clase que habilita a matarlo? Hemos llegado a descifrar e identificar el ADN para todavía admitir la vieja concepción medieval de las tres almas: en el primer trimestre, el concebido tiene un alma vegetal; en el segundo, animal; y recién en el tercero, humana. Pobres chicos los abortados. Morir así, desprotegidos por quienes más los deben proteger; morir dentro del que debería ser el refugio más sagrado e inviolable, el útero materno, descuartizado y aspirado. Morir en total silencio, como si nunca se hubiese sido uno mismo.

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