15 de enero 2004 - 00:00

FMI: el peligroso camino por delante

Finalmente, y como era de esperar, se completó la primera revisión del acuerdo con el FMI. Pero el proceso fue mucho más traumático de lo que es usual para un país que sobrecumplió las metas fiscales y monetarias de la forma en que lo hizo la Argentina. ¿Cuál ha sido la causa de la demora en la aprobación, qué lecciones podemos sacar acerca del funcionamiento del Fondo y qué implican para el futuro de la relación entre la Argentina y el FMI? La razón principal de la discrepancia entre la Argentina y el Fondo fue la percepción, por parte de la entidad multilateral, de que la Argentina no está negociando de buena fe con los tenedores de bonos en default. Desde ya, que ésta es materia opinable y que no existen indicadores cuantitativos que permitan medir la voluntad de pago.

Lo que sí está claro es que muchos tenedores de bonos hicieron oír su voz en Washington y que el Fondo paró la oreja. El Fondo mostró cierta receptividad a la «queja» debido a que, de acuerdo con sus reglamentaciones, no le puede prestar a un país que esté en default con acreedores privados. Este argumento puede ser subsanado, y de hecho eso ocurrió en el acuerdo de setiembre, en la medida en que la Argentina demuestre que está negociando de buena fe con los acreedores y que las negociaciones están avanzando en forma razonable.

• Compromiso

En setiembre, el acuerdo se firmó justo antes de los anuncios de Dubai, momento en el cual la Argentina se había comprometido a hacer la primera oferta a los bonistas. La propuesta argentina, especialmente la quita nominal de 75%, cayó como un balde de agua fría entre los bonistas, quienes la rechazaron de plano y la consideraron inaceptable. Desde ese momento, prácticamente no ha habido avances, en parte debido a que la Argentina no ha dado signos de querer modificar la oferta inicial y tratar de poner sobre la mesa algo que se acerque a lo que sería aceptable para los bonistas.

Todavía no está claro si esta rigidez es parte de una estrategia negociadora o si en verdad es una posición de la cual el gobierno no se va a apartar. Lo que sí es indudable es que para llegar a un arreglo va ser necesario acercar posiciones y asegurar que se mantenga el principio de equidad en el trato con los distintos acreedores. Hoy, mientras los tenedores de bonos externos no reciben un peso, las multilaterales están cobrando los intereses y, en algunos casos, hasta están recibiendo pagos de capital. Si bien se puede aceptar que sean acreedores privilegiados, es difícil justificar que estén cobrando todo, mientras los bonistas no cobran nada. Hay un problema de equidad en acreedores que es necesario subsanar.

Parte del problema es que el Fondo es juez y parte dentro de la negociación. Y no es cualquier acreedor, es el más grande con una deuda que excede los 15.000 millones de dólares. Tanto el establecimiento de las metas como la evaluación de su cumplimiento están afectados por la necesidad del Fondo de cobrar sus acreencias y mantener el flujo de préstamos del BID y del Banco Mundial.

• Afectados

Si bien hay un debate acerca del impacto que tendría un default de la Argentina con los organismos, la impresión es que el BID sería el más afectado, seguido por el Banco Mundial y el Fondo, en ese orden. En ningún caso, tendría un efecto devastador, ya que los préstamos a la Argentina están previsionados, pero un default, sin duda, los afectaría financieramente. Pero al Fondo no sólo le preocupa cobrar, sino también el buen funcionamiento del sistema económico y financiero internacional y establecer las reglas para asistir a países en crisis, dado con su rol de prestamista de última instancia. Eso implica que el Fondo requiere para darles financiamiento a los países que se adopten políticas económicas pro mercado que ayuden al crecimiento económico y que hagan los esfuerzos fiscales necesarios para cumplir con los compromisos externos.

Para la Argentina, este razonamiento implica que el FMI lleva adelante las negociaciones con dos objetivos contrapuestos. Por un lado, busca mecanismos para evitar un default que sería perjudicial para los organismos y también para la Argentina. Por el otro, busca que el programa incluya metas monetarias y fiscales que estén en línea con los esfuerzos que se les han pedido a otros países.

De lo contrario, el Fondo podría encontrarse en una situación difícil en futuras negociaciones con países como Brasil, Uruguay y Turquía, a los que les está pidiendo un esfuerzo fiscal mayor que el argentino. Por lo tanto, es de esperar que las negociaciones durante el resto del año no sean sencillas. El marco general continuará estando dominado por este tironeo entre evitar el default y lograr un programa de mediano plazo que tenga metas similares a las de otros países que hoy están pagando sus deudas. Hasta ahora, el Fondo parece haber priorizado evitar el default y mantener el programa con la Argentina. Esta actitud ha ayudado a generar un diálogo constructivo y a mantener una línea de comunicación de la Argentina con el mundo. Pero la actitud constructiva puede cambiar. En el Fondo hay sectores duros, especialmente entre algunos técnicos, a quienes no les molestaría que la Argentina entre en default con el organismo.

Hasta ahora, el G-7 ha presionado a los técnicos del Fondo para que aprueben los programas.
En enero de 2003 fueron los europeos y en setiembre fueron los Estados Unidos los promotores del acuerdo. En ambos casos, se priorizó la relación de largo plazo con la Argentina y se buscó dar tiempo para que el gobierno resuelva los problemas. La política predominó sobre lo técnico. El acuerdo actual establece metas para 2004, pero faltan fijar las metas fiscales para 2005 y 2006.

La gran pregunta es qué pasará si antes de la próxima negociación no se logran avances en los grandes temas económicos pendientes: la negociación de la deuda, la situación económica y regulatoria de las empresas de servicios públicos y las compensaciones bancarias. ¿Quién saldrá a apoyar a la Argentina en ese contexto? El panorama luce complejo.

La reciente finalización de la revisión de diciembre fue un paso adelante y por el buen camino. Pero hay otros caminos que parecen peligrosos y desconocidos, y no se puede descartar que en algún momento demos un paso en falso. Los miembros del G-7 han mantenido el apoyo a la Argentina porque entienden que nuestro país está viviendo una profunda crisis económica, política y social. El gran desafío es poder mantener ese apoyo a medida que gracias al crecimiento económico empecemos a superar esta crisis.

(*) Economista y director de EconViews.

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