23 de febrero 2004 - 00:00

Gobierno le sintió el gusto al default

Luis Secco
Luis Secco
De todos los factores que a corto plazo podían arruinarle el plan al gobierno, forzándolo a modificar su estrategia de postergar en el tiempo decisiones difíciles, era el fin de la condescendencia internacional. Si bien la expansión de la actividad económica, el favorable contexto internacional, la estrategia de imagen presidencial y los «beneficios» fiscales del default seguirán incentivando a las autoridades a mantenerse firmes en sus políticas, los sucesos de las últimas dos semanas, tal como preveíamos, pusieron en evidencia que los tiempos de la estrategia oficial se iban agotando rápidamente.

El G-7 puso al gobierno argentino frente a la disyuntiva de tomar tales decisiones o caer en default con los multilaterales, y la reacción de las autoridades argentinas ha sido rápida. Dos días después de su reunión con Köhler, el ministro Lavagna anunció los nombres de los bancos que acompañarán al gobierno como organizadores regionales en la formulación de la oferta a los bonistas defaulteados y sobre ese fin de semana se anunciaron aumentos tarifarios largamente esperados.

Ahora bien, que el gobierno haya destrabado algunas decisiones para lograr la aprobación de la segunda revisión del Acuerdo con el FMI y, de esa manera, evitar que se extienda el default a los multilaterales, no implica necesariamente que el gobierno flexibilice su propuesta de renegociación de la deuda a los efectos de lograr una mayor participación de bonistas defaulteados.

Más aún cuando una flexibilización de la postura argentina podría ser interpretado como una claudicación del Presidente. De hecho, durante este fin de semana, el mismísimo Presidente y el ministro de Economía volvieron a ratificar los términos de la propuesta de Dubai.

• Crecimiento

Es que luego de crecer alrededor de 8% en 2003, en 2004 la Argentina crecerá más de 5%, y mientras la economía siga creciendo resulta difícil que la Administración Kirchner perciba que existen costos (tangibles) asociados al default. Asimismo, las condiciones financieras y reales externas seguirán soplando a favor. Aun cuando su voluntario aislamiento no le permite a la Argentina aprovechar por completo las excepcionales condiciones externas actuales, está claro que ellas han permitido el favorable comportamiento mostrado por la mayoría de las variables reales, monetarias, financieras y fiscales argentinas durante 2003.

Por su parte, al poner al presidente Kirchner como el principal negociador argentino, cualquier modificación de la estrategia oficial en materia de discusión con los organismos y de la deuda pública podría tener consecuencias negativas sobre la pretendida imagen presidencial. Por último, los márgenes que deja el default para hacer política fiscal discrecional y asistencialista son verdaderamente amplios y los más abultados de la historia argentina reciente. En efecto, el superávit primario potencial de la Argentina sería en 2004 alrededor de 1 punto del PBI superior al comprometido con el FMI, lo que constituye una masa de recursos (más de 1 punto del PBI) sin precedentes para hacer gasto asistencialista de carácter discrecional.

• «Gustito»

Esta disponibilidad de recursos para incrementar el gasto de cualquier índole, no es otra que la consecuencia directa de estirar la salida del default. En estas circunstancias resulta bastante improbable que la Administración Kirchner no sienta cierto «gustito» por el default. Sobre todo si el horizonte (político) se reduce a 1 o 2 años.

Pero, del otro lado, el G-7 tiene motivos para exigirle a la Argentina que negocie de buena fe. Si bien juzgar la existencia de buena fe es una cuestión subjetiva, no existe nada más objetivo que el paso del tiempo, y a dos años de la declaración del default y a 5 meses de conocidos los lineamientos de la propuesta argentina, resulta absolutamente normal que alguien ponga en duda su existencia.

Además, las autoridades a cargo de la renegociación han sostenido en privado y en varias oportunidades que existían posibilidades de revisar algunos lineamientos de la propuesta original. En particular, varias veces se mencionó que sería factible reconocer una parte de los intereses vencidos y no pagados y que si el superávit primario resultaba mayor al previsto el exceso podría destinarse a pagar parte de la deuda. Sin embargo, a la hora de las declaraciones públicas, tal vez condicionados por la tribuna doméstica, todas las máximas autoridades de la Argentina no hablan de otra cosa sino de inflexibilidad.

• Dudas

Dicha inflexibilidad se seguirá dando de bruces con el compromiso de realizar una propuesta de pago que cuente con un amplio grado de aceptación; porque es sabido, y nadie puede simular no saberlo, que la propuesta de ser inflexible no seduce a nadie. Y mientras perdure se seguirá dudando de las verdaderas intenciones del gobierno argentino.

Sobre todo cuando lo más probable es que el gobierno sólo intente allanar el camino para la aprobación de las revisiones que se vienen. Incluso es probable que intente dar señales que está dispuesto a mejorar la oferta, entablando un diálogo más constructivo con los bonistas y no un simple «tómalo o déjalo». Pero, un accionar en tal sentido no asegura que la idea final de las autoridades sea la de apurar la salida del default realizando una oferta aceptable para el mercado.

En otras palabras, aun cuando se otorgue un trato más ameno a los acreedores, ello no debiera ser interpretado como un cambio de la estrategia oficial de relegar la salida del default tanto como sea posible. De todas maneras, el fin de la condescendencia internacional hace que las próximas semanas resulten fundamentales para dirimir la incógnita si la posición oficial se sustenta en la «buena fe» o sólo en la intransigencia.

(*) Economista, director de Perspectivas Económicas.

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