9 de mayo 2006 - 00:00

Hubo un demonio con dos cabezas

El entusiasmo en consumar la impugnación a Luis Patti iniciada en la sesión del día 6 de diciembre de 2005 en la Cámara de Diputados no sólo es un intento por conculcar el derecho al voto de los argentinos, sino que fundamentalmente demuestra que en el 30º aniversario del 24 de marzo de 1976 la actual dirigencia dejó pasar una nueva oportunidad de aportar a la unidad nacional de los argentinos, al no haber elaborado una reflexión a la altura de las circunstancias que esclarezca todas las responsabilidades en los hechos que se evocan.

Es curioso observar que algunos de los muchachones setentistas que impulsan la proscripción de un diputado votado por 400.000 argentinos en elecciones legislativas recientes, acusándolo de golpista, militaron en organizaciones que facilitaron el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, con el argumento de que «cuanto peor, mejor». ¿A quién benefició, por ejemplo, el asesinato de José Ignacio Rucci? ¿A qué intereses sirvió el pase a la clandestinidad y la agudización de la lucha militar bajo el gobierno de Isabel Perón, sino a los de quienes querían interrumpir a toda costa la legalidad democrática?

Recordemos lo dicho por Rodolfo Walsh el 23 de noviembre de 1976 en un documento crítico a la conducción de Montoneros: «En 1974, cuando murió Perón, queríamos el golpe de Estado para evitar la fractura del pueblo y en 1975 sosteníamos que las armas principales del enfrentamiento serían las militares». ¿Cuál es entonces la diferencia entre Videla y Firmenich? No es necesaria ninguna prueba material para observar la colusión del accionar del jefe guerrillero, entronizado luego de la muerte de Aramburu, con el «enemigo» al que decía enfrentar. Basta mirar con ojos de argentinos de bien nuestro pasado reciente para observar la connivencia en el plano político, la coincidencia de objetivos y el concurso brindado por la táctica de unos a la estrategia de los otros.

Hubo un solo demonio, como dice Bonafini, pero con dos cabezas.Y la víctima fue la Argentina. Sin embargo, hay ejemplos de cómo otros protagonistas de esa época de desencuentros pusieron todo su empeño para superarlos. Al abrazarse con Juan Domingo Perón, Ricardo Balbín creó las bases de una pacífica convivencia republicana. Años más tarde, dos presidentes constitucionales masivamente votados por los argentinos, Raúl Alfonsín y Carlos Menem, contribuyeron con leyes promovidas en uso pleno de sus facultades a la pacificación nacional.

  • Integración

  • Como lo señaló en su momento Luis Moreno Ocampo, fiscal en el juicio a las Juntas: «Hoy ningún país de América latina tiene resuelta tan bien la integración de las Fuerzas Armadas como la Argentina, y hay que reconocer que los indultos, aunque fueron dolorosos, colaboraron en esto. Con los indultos se logró lo que se intentó con el Punto Final y la Obediencia Debida». («Noticias», 28/3/98). No permitamos entonces que, promoviendo una «verdad» que sólo busca un rédito mediático-electoral, se vuelva a usar a una generación de jóvenes argentinos como masa de maniobra de una política de desunión nacional.

    La Argentina es un todo. Y quienes fueron parte en modo alguno pueden pretender erigirse en jueces. «La muerte inocente debería servir para superar odios y enterrar rencores. No hay unión ni país si nos dejamos arrastrar por esas obsesiones», escribió Ana Lambruschini, hermana de Paula, muerta en un atentado de la guerrilla. Y el hijo del general Pedro Eugenio Aramburu exhortó a darle «un sentido positivo al sacrificio de las víctimas de uno y otro bando».

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