21 de diciembre 2005 - 00:00

Julián Marías, abogado del país por Malvinas

El 14 de este mes falleció en Madrid a los 91 años Julián Marías, que fue una de las figuras intelectuales más completas no sólo de España, sino inclusive de Europa. A lo largo de su fecunda vida, publicó más de sesenta libros -todos serenos y bien escritos- sobre los más diversos temas, que abarcan de la filosofía a la historia, de la literatura al cine, de la reflexión sociológica al análisis político, en defensa siempre de la democracia y la libertad. Y cuando se le cerró por la dictadura franquista la posibilidad de acceder en su patria a las cátedras universitarias, fue entonces un profesor extraordinario -en el más amplio sentido de la palabra- en universidades extranjeras.

Además, como su maestro José Ortega y Gasset, creyó también que la prensa podía constituirse en la «gran plazuela» donde dictar su magisterio, por lo que durante décadas ha escrito cientos y cientos de agudos artículos en diarios y revistas de su país y del mundo.

Pero a todo lo anterior hay además algo que los argentinos debemos sumar y recalcar cuando nos referimos a Julián Marías. Y es que quizá, y sin quizá, fue uno de los mejores amigos que tuvo el país en el mundo. En tiempos muy difíciles siempre lo vimos a nuestro lado. Recordemos, por ejemplo, su clara y hasta dolorida actitud durante el conflicto de 1982 en el Atlántico Sur, cuando se constituyó espontáneamente en uno de los pocos abogados que la Argentina tuvo en Europa. Raro privilegio pues el nuestro, el haber contado prácticamente a lo largo del siglo XX con la amistad de los dos más grandes filósofos españoles de la centuria. Ortega primero y, sin solución de continuidad, Marías después.

• Relación

La amistad con José Ortega y Gasset fue más compleja, a veces hasta tensa, como cuando en prueba de su cariño, nos señaló con cruda franqueza nuestros defectos. La relación con Marías fue distinta. Quizá por su carácter, por su natural bonhomía o por la frecuencia de los contactos, fue sin duda menos complicada. Nos visitó más de veinte veces, desde que vino por primera vez en 1952, y se encontró entonces con un clima, entre la opresión y la farsa, que relata con vivos trazos en sus memorias.

Personalmente, fui un asiduo lector de sus libros -el primero de filosofía que, siendo adolescente, leí fue su «Bibliografía de la filosofía»- y entusiasta concurrente a sus charlas y conferencias. Pero en los años setenta, Jaime Perriaux -a quien Marías consideraba como «un hermano»- me lo presentó y desde entonces lo frecuenté, en sus visitas a Buenos Aires o en su departamento en Madrid, atestado de libros. Además, lo presenté en varias oportunidades en sus conferencias en esta Capital o en el interior. Lo hice, por ejemplo, cuando el 22 de noviembre de 1989, dio a conocer entre nosotros los tres tomos de sus memorias, con el expresivo título de «Una vida presente», en un tradicional hotel, y ante más de mil personas; muchas de ellas ubicadas en salones contiguos al principal, lo seguían a través de pantallas de televisión. Pero en cuanto a cantidad de público, creo que será muy difícil de superar una mesa redonda, donde sobre el tema «Meditación del pueblo joven» de Ortega, intervino con un pequeño grupo de argentinos en el teatro Avenida el 24 de agosto de 1994, frente a una sala colmada -1.050 butacas-, con gente de pie en los pasillos y centenares más que no pudieron ingresar y pugnaban por hacerlo, en la Avenida de Mayo.

En los últimos años, cuando pasaba por Madrid, lo visitaba. Lo hice hace poco -el 24 de octubre- luego de asistir, en la semana anterior a los actos con los que España recordaba el cincuentenario de la muerte de Ortega. Lo encontré físicamente disminuido, pero intelectualmente lúcido.
«Estoy, me dijo, bien de las cejas para arriba...» con esa sonrisa suave con la que a veces remataba sus ironías. Hablamos mucho de Ortega y de sus homenajes que se le tributaron; de la Argentina y de sus problemas; y de sus amigos argentinos, a los que recordaba con cariño. Cuando me retiraba -creo que los dos intuíamos que ésa sería la entrevista final- me dijo: «No olvide visitarme cuando vuelva a Madrid, claro, siempre que yo no esté ya conversando con Ortega...». Como ambos, a su manera, creían en la inmortalidad del espíritu, estoy seguro de que han reanudado ese diálogo -sólo interrumpido cincuenta años-, y que ahora será eterno.

(*) Secretario general de la institución José Ortega y Gasset.

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