Immanuel Kant en la «Paz perpetua» decía que la paz no es un «estado natural en el que los hombres viven unidos», sino algo que debe ser «implantado».
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Un pueblo republicano, decía Kant, tiene que pensar mucho y dudar antes de optar por un juego peligroso, porque sólo ellos sufrirán los males de lo que elijan.
En la Argentina, estamos jugando un juego peligroso, enredados en la lucha por un poder que cada vez «puede» menos. Día a día hay más oportunidades para actuar extorsivamente. Cuando en los hechos se demuestra que quien recurre a estas prácticas obtiene «ganancias», la modalidad se expande.
Este aparente beneficio no es para cualquiera. Sólo favorece al extorsionador y a aquellos que tienen la posibilidad de transformar la extorsión en un hecho político. Así la sociedad va perdiendo los parámetros de convivencia y casi como en un «estado de naturaleza» cada uno toma lo que cree que es justo, como puede y los que pueden. Nuevos grupos de poder se establecen y la democracia se hunde entre intereses.
Con los piqueteros, el gobierno volvió a la política blanda. Durante años legitimó -por acción u omisión- esta modalidad extorsiva. Cuando las encuestas le mostraron que el humor social de los porteños reclamaba más dureza en el trato, llenaron de policías y amenazas el espacio público. El presidente Kirchner llegó a decir que iba a cerrar Plaza de Mayo. Pero la extorsión, al final, se impuso. Néstor Pitrola, un líder piquetero, se ufanó de su poder declamando que el ministro del Interior «tuvo que retroceder en chancletas», al permitirles ingresar finalmente en la Plaza.
¿Cómo observan estas políticas erráticas los dirigentes más duros del hospital Garrahan? Ellos, como los piqueteros, representan un sindicalismo que no repara en el objeto social que debe atender; que no evalúa el costo que les significa a los pacientes un conflicto que ya lleva cinco meses.
En apariencia, en el caso del Garrahan aplica la «mano dura»: no negocia, no transige. Pero el punto central es que no escucha. No tiene capacidad de diálogo. No cumple con su rol fundamental, que es el de mediar y articular soluciones. Igual que con los piqueteros, no soluciona los conflictos.
Para terminar con las prácticas extorsivas, sólo es necesario tener decisión política.
Trabajar de manera cooperativa en un código de convivencia y no de connivencia. Sostener un acuerdo entre trabajadores y empresarios y no plantear una guerra entre ambos, fomentar una ley de responsabilidad y no un canje de prebendas.
Promover el diálogo genuino, aquel que entiende que una voz se completa con la voz del otro. Y que acepta que nadie tiene el suficiente poder como para acallar a aquellos que no quiere escuchar. Aunque sea el Presidente.
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