La clase política exige ya un cambio
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La oposición, a su vez, tiene un rol muy complejo: el de ejercer la crítica de los actos de gobierno a la vez que mostrar y ejercer su responsabilidad en tanto que participante del gobierno en el rol de oposición. Es importante que el grueso de los partidos que participe de este sistema, ocupe un porcentaje muy grande del espacio político. Por otra parte, siempre habrá grupos políticos que «actuarán por afuera» de este régimen.
El juego de roles trazado no es fácil que se produzca. Para que ocurra es necesario que predomine una cultura política apropiada. Hay países en los cuales tal cosa acontece: Noruega, Suecia, Finlandia, Holanda, Bélgica, Suiza, entre otros. Se podría argumentar adversamente que son países «distintos». Sin embargo, acaece lo mismo en la actualidad, bastante análogamente a los anteriores, en Chile, Brasil y Uruguay, que no son tan «distintos».
Estos tres últimos países no fueron siempre así. En Chile, por ejemplo, la situación era extremadamente diferente en la época del presidente Salvador Allende y su gobierno, denominado de la Unidad Popular (1973). La Democracia Cristiana era enemiga absoluta de dicho gobierno en el cual participaban también los socialistas. La agitación social, previa al golpe militar que llevó a Augusto Pinochet al gobierno, fue muy extrema. Hoy, ambos partidos forman parte de la coalición de gobierno, la denominada concertación. Esta coalición pareciera ser muy estable.
Una de las condiciones fundamentales para que se lleve a cabo la cohesión política está referida al discurso político. El discurso político en la Argentina es y ha sido, predominantemente, muy agresivo, exaltado, paranoico y ha supuesto repetidamente que muchos opositores, instituciones, empresas, internas y externas y países están representando interese conspirativos y al servicio del mal. Esto genera una cultura política que ensalza el comportamiento arrogante, con fuertes rivalidades, denuncias acerca de la falta de ética de los opositores, y muy pendenciera. Tal cultura no contribuye a desarrollar un programa de gobierno sensato y que cumpla con los resultados que se buscan. Un ejemplo ilustrativo lo constituyen los discursos inaugurales de los presidentes argentinos.
Casi invariablemente todos puntualizan la «desastrosa herencia recibida». A veces se refieren al presidente designado por otro partido político. A veces al designado por otra línea interna del mismo partido político. Pero con pocas diferencias todos reciben un país quebrado, que está en una situación muy grave. Vale la pena comparar este lenguaje con fragmentos de los discursos inaugurales de Brasil, Chile y Uruguay. En Brasil, en octubre de 2002, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente electo, en su discurso inaugural dijo: «Hemos llevado a cabo un excelente proceso electoral, en el cual los ciudadanos... obtuvieron un debate... de alto nivel sobre los retos inmediatos e históricos que nuestro país afronta. La actitud de las autoridades y del presidente Fernando Enrique Cardoso (presidente saliente de un partido político opositor) contribuyó a esto, pues cumplieron con su papel constitucional de manera imparcial... nuestra administración respetará los contratos firmados por el gobierno ( anterior)... Brasil hará lo que corresponda... pero es esencial que, además del apoyo... del Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo y del Banco Mundial, se restablezcan las líneas de crédito para las empresas y para el comercio internacional...». En Uruguay, los comentarios de los principales diarios, tanto uruguayos como argentinos, acerca de la transición política, señalaron la manera civilizada y armoniosa sin nerviosismos financieros, ni alteraciones de ningún otro tipo, a pesar del signo centroizquierdista del nuevo gobierno de Tabaré Vázquez. El nuevo presidente puso énfasis en su interés en mantener un diálogo amplio y sincero con todas los agrupamientos políticos. Para Chile podemos tomar un fragmento del discurso inaugural del actual presidente Ricardo Lagos, cuando asumió en marzo de 2000. Dijo: «Mi tarea hoy es cultivar y enriquecer nuestra convivencia, no promover la confrontación». Además, ya para la actualidad conviene recordar las declaraciones de Juan Andrés Fontaine, jefe del equipo que trabaja para la campaña de Joaquín Lavin, el candidato opositor al gobierno actual de Ricardo Lagos, en las elecciones presidenciales que se realizarán en diciembre. Ante una pregunta de una periodista sobre cuáles son las diferencias en el programa económico de gobierno y oposición, contesta: «El que haya un consenso básico en torno al modelo le resta dramatismo a la decisión electoral... Nuestra opción significa abordar con más velocidad y capacidad ejecutiva los problemas...».
Para que la clase política de un país funcione adecuadamente, vale decir con estabilidad institucional, con violencia mínima y con una mejora continua del sector de la población peor ubicado, debe estar cohesionada. Gobierno y oposición deben tener conciencia de que ambas son partes del gobierno amplio, aunque con diferentes roles. El gobierno llevando adelante la ejecución de los proyectos visualizados por el Poder Ejecutivo. La oposición, controlando al Ejecutivo en su doble rol, de controlador crítico, y de actuar en cohesión con aquél para el bienestar de la población. El discurso político de ambas partes debe ser lo menos agresivo posible. Todo lo contrario, armonioso, viable y responsable. Sólo así la clase política podrá llevar adelante proyectos fructíferos y recuperará la confianza, actualmente debilitada, de la población.
(*) El autor es investigador en el Instituto Di Tella y en la Fundación de Investigaciones en Violencia.




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