20 de junio 2008 - 00:00

La tragedia del género

Cristina Elisabet Fernández de Kirchner es tan afecta a la correlatividad del «relato» político como se muestra, tiene que, ya mismo, desembarazarse del sino trágico shakesperiano que la tiene atrapada.

No está ella inmersa en un isabelino «Sueño de una noche de verano», ni interpreta a la rebelde de «La fierecilla domada» ni es, como cabría por los tiempos que corren, en «La Tempestad» una dulce Miranda. La Sra. Fernández de Kirchner se está pareciendo a la protagonista femenina de la tragedia «Macbeth».

Al igual que Lady Macbeth, Cristina está enredada en la telaraña de una trama fuerte y cruel. Compartida. En la misma, un matrimonio se reparte el protagónico: los Macbeth en la Escocia del siglo XI y ahora los Kirchner de la Argentina del XXI. Aunque en la obra de Shakespeare es ella, Lady Macbeth, quien convence a su marido de que para acceder al poder no importan los medios -como es el asesinato del rey Duncan-, Cristina no ha necesitado persuadir a su esposo sobre la conveniencia del poder. Néstor Kirchner sigue queriendo retenerlo y está demostrado que no piensa soltarlo (basta ver las últimas escenas del quizá último acto: ella anuncia un discurso para las cinco de la tarde y él la ' primerea' convocando para dos horas antes a una conferencia de prensa del PJ, que preside).

Tanto en la tragedia shakesperiana como en la Argentina, rige un patrón parecido dentro del matrimonio: es él el responsable de las causas, es a ella a quien le tocan las consecuencias. En la primera parte de «Macbeth» es él quien suma, mediante asesinatos, la totalidad del poder. En los dos últimos actos, ella debe aislarse del mundo en su fortaleza de Inverness, acosada por los fantasmas de la culpa y el remordimiento, que sólo ella tiene. Y que no le tocan a él.

Si bien «Macbeth» es, de las tragedias de Shakespeare, la que mejor describe la ambición desmedida por el poder, en esta obra escrita hace 400 años ya se vislumbra el drama del género. Lady Macbeth no puede romper los eslabones de la ambición que la soldaron firmemente a su esposo. No puede, porque está asociado al poder, desprenderse del apellido.

Tendrá que morir como Lady Macbeth, como «la esposa de», aunque para ese momento ya sea muy distinta, del señor Macbeth.

Tampoco Cristina Elisabet Fernández de Kirchner puede desligarse del apellido de su esposo. Ella siempre será la señora de Kirchner, porque atada a ese nombre es que accedió al poder. Son el apellido y una presencia interminablemente eterna del esposo, las razones para la debilidad y el complejo de género que se le achacan a Cristina. Qué proclama Néstor Kirchner (desde una falsa defensa) y justifica y re-explica la Presidente. Como en Shakespeare, las causas generadas en el protagonismo masculino han concluido en las consecuencias de una tragedia femenina. Seguramente Cristina no lo tuvo en cuenta cuando 15 días antes de asumir, en una rara entrevista concedida a los medios, prometió que iba a tratar de «quebrar esa racha histórica del género». Una pena. Para las mujeres.

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