25 de noviembre 2005 - 00:00

Las razones posibles del enojo oficial con Iglesia

Aun para los que ya saben que la diplomacia y la prudencia no son cualidades que el presidente Néstor Kirchner se empeñe en cultivar, su destemplado discurso en respuesta a la Iglesia Católica, sorprende. Por varios motivos. En primer lugar, porque rechaza críticas que no se le formularon respecto de la pobreza en la Argentina. En efecto, si uno se toma el trabajo de leer completo el documento de la Conferencia Episcopal Argentina incluso puede notar el excesivo cuidado puesto por los redactores en evitar todo roce con el Ejecutivo en este punto. Al referirse a la pobreza, la Iglesia dice, por ejemplo:

• «... ante el empobrecimiento de gran parte de la población, precipitado por la crisis institucional del 21 de diciembre de 2001, surgen muchos interrogantes. En primer lugar acerca de cuál es la responsabilidad que les cabe a las autoridades políticas de antes y de durante la crisis... por no haber percibido suficientemente el empobrecimiento que se venía produciendo y que se aceleró en forma incontrolable».

Nótese el empeño de los redactores por dejar fuera de la responsabilidad al actual gobierno: se refiere a las «autoridades políticas de antes y durante la crisis». En cuanto a que la pobreza se aceleró en forma incontrolable después de la crisis, es algo obvio y que las cifras del INDEC reflejan adecuadamente.

Más aún: cuando la Iglesia analiza las posibles respuestas a la pobreza, plantea sus propuestas en forma de preguntas que indican, sin lugar a dudas, su pensamiento. Dice:

• «Por ello preguntamos: ¿sería conveniente diseñar una política demográfica que revierta el éxodo hacia el Gran Buenos Aires y a las capitales de provincia? ... ¿Ayudaría una sabia reforma agraria que aliente a la gente del campo, principalmente a los pequeños y medianos productores, a permanecer en la vida y el trabajo rural? ¿Cómo propiciar la concreción de las leyes que reconocen el derecho de los aborígenes a la tierra productiva y a la propiedad comunitaria? ¿Qué medidas políticas apoyar para defendery preservar el medio ambiente?»

Hasta puede decirse que el ramillete de propuestas de la Iglesia está en sintonía con la filosofía económica del gobierno. Se atreve, incluso, a exhumar del arcón setentista una propuesta que, como la reforma agraria, ya ha pasado al olvido.

Otro de los párrafos también debe de haber sido del agrado del Presidente, en caso de que lo haya leído, claro:

• «También conocimos un voraz liberalismo, que desmanteló al Estado privatizando sus empresas, pero sin la red de protección social que ello habría exigido y sin el control necesario sobre los nuevos prestadores de los servicios públicos, acrecentando aun más el gasto público que se pretendía reducir.»

Un tramo que bien podría ser firmado por la totalidad de los miembros del Ejecutivo, incluso Roberto Lavagna y, en un día tranquilo, por la propia primera dama.

• La furia como política

¿Por qué entonces tanta furia presidencial contra el documento de la Iglesia, al punto de adjudicarle y refutar ideas que el documento no contiene y párrafos que el texto episcopal no incluye? Probablemente lo que haya enojado al Presidente no hayan sido las observaciones sobre la pobreza -prácticamente de rutina en este tipo de documentos-, sino otro párrafo certero, que nada tiene que ver con la situación de los más necesitados. Es éste:

• A veintidós años de la restauración de la democracia conviene que los mayores nos preguntemos si transmitimos a los jóvenes toda la verdad sobre lo acaecido en la década del '70. O si estamos ofreciéndoles una visión sesgada de los hechos, que podría fomentar nuevos enconos entre los argentinos. Ello sería así si despreciásemos la gravedad del terror de Estado, los métodos empleados y los consecuentes crímenes de lesa humanidad, que nunca lloraremos suficientemente. Pero podría suceder también lo contrario, que se callasen los crímenes de la guerrilla, o no se los abominase debidamente. Estos de ningún modo son comparables con el terror de Estado, pero ciertamente aterrorizaron a la población y contribuyeron a enlutar a la patria. Los jóvenes deben conocer también este capítulo de la verdad histórica.

Sin duda, acá está la razón del enojo presidencial.

El documento episcopal pone el dedo en un lugar incómodo. Y lo hace con precisión irritable para el gobierno. La Iglesia condena el terror de Estado, pero, además, reprueba los crímenes del otro signo, cuyo rechazo no forma parte del discurso oficial. Y al gobierno no le gusta que se lo recuerden. En este caso, por ejemplo, Kirchner podría haber aprovechado la ocasión para -incluso- con distinta ponderación, tal como efectivamente lo piensa, aclarar que él también condena los abominables crímenes de la guerrilla de los setenta. ¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso el Presidente piensa que no son condenables? Sabemos que el Presidente no suscribe la llamada «teoría de los dos demonios». Cabría preguntarse si él suscribe la teoría «del demonio y los angelitos».

El discurso presidencial revela también un curioso ordenamiento de las prioridades políticas del Presidente. Su enojo no proviene de que se sienta acusado injustamente de haber promovido la pobreza. No. Pierde los estribos cuando alguien dice que los crímenes de la guerrilla fueron abominables. Semejantes alteraciones (en el ánimo presidencial y en las prioridades del gobierno), más tarde o más temprano, recibirán una factura no sólo de la historia, habitualmente morosa, sino simplemente de la política, siempre más perentoria.

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