Desde el año 2015, el 3 de abril es el Día del Personal de Casas Particulares, en conmemoración de la fecha en que se promulgó la Ley 26.844 de “Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares” en 2013. El nombre “personal de casas particulares” contempla la no discriminación por género y está bien, pero lo cierto es que el sector está totalmente feminizado: el 98% del personal doméstico son mujeres y, además, es uno de los sectores más precarizados: según datos del gobierno de 2021, las trabajadoras de casas particulares trabajan un promedio de 17 horas semanales, ganan alrededor de trece mil pesos y casi el 70% de ellas trabaja en negro. Además, fue uno de los sectores más perjudicados por la pandemia: se perdieron más de 480.000 puestos de trabajo.
El núcleo de la desigualdad de género: las tareas de cuidado
Las tareas de cuidado y el hogar siempre han sido un factor estructural de desigualdad de género en el ámbito económico.
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Ya antes de la pandemia, las mujeres de sectores más vulnerados con hijes a cargo y en muchos casos jefas de hogar, tenían grandes dificultades para poder conciliar la doble jornada laboral como trabajadoras generalmente del ámbito informal y dentro del hogar, ejerciendo las tareas domésticas y de cuidado.
En la Ciudad de Buenos Aires, las estadísticas oficiales muestran que las mujeres destinan menos tiempo que los hombres a trabajar para el mercado (43% las mujeres vs 57% los varones en 2016), pero destinan significativamente más tiempo que ellos al trabajo doméstico y de cuidado. Y esta desigualdad se agudiza en los sectores más vulnerados: las estadísticas revelan que las mujeres que pertenecen al 20% más pobre de la Ciudad destinan 7 horas y media a las tareas de cuidado en promedio por día, mientras que las mujeres del 20% más rico de la población porteña, sólo 3 horas y 12 minutos en promedio. Es casi una jornada laboral. Hablar de cuidados es hablar de la base de la feminización de la pobreza.
Según el último informe de Condiciones de vida de la Dirección General de Estadísticas y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (correspondiente al 4to trimestre de 2021 para la CABA) los hogares encabezados por mujeres tienen un índice de pobreza es de 19,0%, frente al 12,2% de los hogares con jefatura masculina. En los hogares encabezados por una persona ocupada en el “servicio doméstico” la pobreza alcanza al 45,6%. En los hogares habitados por niños de menos de 14 años la pobreza alcanza el 26,3%y aumenta en la medida en que crece el número de niños en el hogar.
No es novedad: las tareas de cuidado y el hogar siempre han sido un factor estructural de desigualdad de género en el ámbito económico. Les decimos tareas de cuidado a todas aquellas actividades indispensables para que las personas puedan desarrollar plenamente sus vidas, como alimentarse, educarse, estar sanas y vivir en un hábitat adecuado. En este sentido, las tareas de cuidado implican un aspecto afectivo, material y económico. La frase que ya se hizo conocida “eso que llaman amor es trabajo no pago” representa muy bien la sobrecarga que tenemos las mujeres cuando se trata de tareas de cuidado. En condiciones normales, las mujeres ocupamos 6,4 hs diarias en promedio a tareas domésticas y de cuidado. Este valor representa el triple del tiempo que emplean los varones y no incluye las horas de trabajo del personal de casas particulares.
Está claro que la economía no se sostiene sin las tareas de cuidado y por eso es clave la tarea del Estado para reconocer esta desigualdad. A fines de 2021, el gobierno lanzó el programa Registradas, que ofrecía el pago del 50% del salario a empleadores que registraran al personal doméstico durante 6 meses. El alcance fue limitado: a pesar de que alrededor de 56.000 trabajadoras se registraron a diciembre de 2021, sólo se otorgaron poco más de 10.000 prestaciones de las 90.000 a las que aspiraba el Programa Registradas. Este dato nos muestra que el núcleo de la crisis de los cuidados no es solamente una cuestión de normas y leyes. Desde empleadores y empleadoras que cuestionan el pago de aguinaldo o vacaciones a su personal doméstico, hasta el propio personal que muchas veces no pide estar registrado por miedo a perder el empleo, está claro que el problema tiene un fuerte componente cultural que tenemos que pensar cómo revertir.
Necesitamos pensar y promover iniciativas que permitan abordar la cuestión de los cuidados de manera integral y que no se centren sólo en la distribución de tareas domésticas entre varones y mujeres al interior del hogar o en el registro del personal doméstico. Pero también sabemos que no podemos hacer depender solamente del Estado una modificación tan profunda de la matriz cultural patriarcal en la que todavía vivimos. Y parafraseando aquella frase también podríamos decir “eso que llaman ámbito privado, es un ámbito regulado por el mercado económicamente y por el patriarcado culturalmente”. Por eso son tan importantes los aportes de las empresas y la sociedad civil para deconstruir los estereotipos de género y terminar con la segregación laboral de las mujeres.
En la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, organizamos el ciclo de charlas “¿Cómo resolver la crisis de los cuidados?” en el que debatimos y reflexionamos tanto sobre las iniciativas públicas como sobre las de la sociedad civil y las empresas la cuestión de los cuidados. Para poder romper la matriz cultural en la que se encuentran atrapadas las tareas de cuidado es necesario el reconocimiento y la participación activa de toda la sociedad. Romper el círculo vicioso que crean las tareas de cuidado en la profesionalización y el avance de la igualdad en el ámbito laboral de las mujeres es tarea de todos y todas.
Andrea Conde - Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires
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