6 de agosto 2008 - 00:00

"No sorprende la decisión de la Fed"

El especialista en mercados internacionales que se escuda bajo el seudónimo de Gordon Gekko -el protagonista de la película «Wall Street»- dijo que no sorprendió la decisión de la Fed de mantener las tasas en 2%, y tampoco que no se sugirió un futuro ajuste en setiembre. «La baja del precio de la energía -y la fuerte liquidación que provocó en otros mercados de materias primas- tiene que haber alejado las preferencias por medidas duras urgentes», dijo.

No sorprende la decisión de la Fed
PERIODISTA: La Fed no quiere agitar olas.

Gordon Gekko: Es que no hay necesidad de provocarlas. Es la gran diferencia con respecto a junio.

P.: La Fed no sorprendió a nadie manteniendo sus tasas en 2%. Pero tampoco amenaza con subirlas en setiembre. ¿No es un cambio de postura significativo?

G.G.: La posición oficial se conserva en el mismo delicado equilibrio que la reunión pasada. Es un balance de riesgos crecientes donde, sin embargo, se compensan los vectores contrarios de actividad e inflación y, como resultado, prevalece la decisión de no tomar partido.

P.: Pero el discurso de los miembros de la Fed subió de tono a partir de junio y julio. La inflación ocupó el centro de la escena -en línea con una tendencia que se observó también en otros bancos centrales como el europeo (BCE)-. Sin embargo, mientras el BCE ejecutó en julio una suba de tasas, la Fed parece haber olvidado toda sugerencia.

G.G.: Son enfoques diferentes. La Fed mantuvo presión verbal a través de distintos oradores, pero nunca se comprometió a una acción concreta. Y hoy persevera por el mismo camino. Está en guardia, pero no desenvainó la espada.

P.: Sólo Richard Fisher, el titular de la Fed de Dallas, aboga por una suba de tasas inmediata. Lo hizo ya por segunda vez consecutiva. Pero él no fue el único vocero en expresar un mensaje aguerrido durante las últimas semanas.

G.G.: La votación del Comité de Mercado Abierto terminó 10 a 1. En junio había sido 9 a 1. Elizabeth Duke, la nueva integrante, quien completó uno de los dos sitiales vacantes, se alineó con la mayoría. Mi impresión es que Fisher debe haber contado, esta vez, con mayores simpatías en el debate previo a la decisión que en junio.

P.: Charles Plosser y Gary Stern fueron muy duros cuando les tocó hablar en público. Sin embargo, a la hora de contar los sufragios, se inclinaron por dejar las tasas como estaban.

G.G.: Correcto. Lo que sugiere que todavía no hay una masa crítica dispuesta a torcer el rumbo.

P.: Ni la habrá en el corto plazo. El comunicado oficial no osa siquiera insinuar el más leve retoque.

G.G.: Eso es condicional a la marcha de los acontecimientos. Creo que la baja del precio de la energía -y la fuerte liquidación que provocó en otros mercados de materias primas-tiene que haber alejado las preferencias por medidas duras urgentes.

P.: La Fed estuvo más astuta que el BCE. Le alcanzó con hablar y quedarse a esperar que desmontarán las presiones alcistas sobre los commodities. Entretanto, evitó hundir el cuchillo de la suba de tasas. Uno mira los números del PBI alemán -con una fuerte caída en el último trimestre- y se pregunta si el BCE no tendrá que dar marcha atrás de apuro con sus medidas.

G.G.: Todo sirve. Si retrocede a junio recordará que los bancos centrales estaban entre la espada y la pared. Todos giraron hacia un discurso más severo. Allí no hubo disonancias.

P.: El desenfreno del crudo los obligó. Enfrentaban registros de inflación demasiado elevados como para darse el lujo de ignorarlos.

G.G.: Así es. Se trata de un problema universal. Pero no sólo el BCE o Suecia y Noruega subieron sus tasas. Más de tres docenas de bancos centrales de la periferia tomaron el liderazgo. Muchos de ellos, como Brasil, en intervenciones repetidas.

P.: Y en un balance muy tentativo, provisorio, no les ha ido tan mal.

G.G.: Para nada.

P.: Por lo menos, han demostrado que la escalada del petróleo -como todo en este mundo- tiene límites.

G.G.: Los árboles no crecen hasta el cielo. Por más que los bancos centrales los rieguen. La dureza -ya fuera sólo verbal o combinando la palabra con la acción- era necesaria en junio y julio para volver a marcar el terreno. No se olvide que nada resultó más propicio para el precio del barril que la impresión de que los bancos centrales tenían las manos atadas por la crisis financiera.

P.: Que estaban obligados a consentir la fuga de la inflación como precio para mantener sus economías y sistemas bancarios a flote.

G.G.: Correcto. Yo diría que los bancos centrales pudieron desatar una mano y dar (o amagar) una estocada. En forma preliminar, hoy podemos decir que funcionó. Para los países del G-7, por ejemplo, la merma de los precios de la energía supone no sólo descomprimir la presión inflacionaria. También es un aumento del ingreso disponible.

P.: Lo cual no deja de ser una paradoja. Un discurso monetario más duro acaba mejorando las condiciones de gasto privado.

G.G.: El principal resultado, sin embargo, es otro. La credibilidad de los bancos centrales corría el riesgo (inadmisible, por cierto) de ponerse en juego. La lección más importante es que usted no puede ignorar a la política monetaria con total impunidad y sin exponerse a perder el pellejo. La voluntad previa de estabilizar el valor del dólar fue la piedra basal en el éxito (hasta ahora parcial) de la estrategia.

P.: Un recordatorio de que todavía vivimos en un patrón dólar y no gobernado por los bienes tangibles.

G.G.: Así me parece. Y, en el fondo, no hay voluntad -ni ninguna conveniencia- de dejarlo expirar.

P.: A decir verdad, EE.UU. fue bastante flexible y tolerante con la caída a pique de su moneda.

G.G.: También es cierto. Pero el dato importante ahora es que se trazó una frontera que no se dejará traspasar. Y, pruebas al canto, el dólar repuntó con bríos. A pesar de que la Fed, como usted advirtió, no tiene premura por ajustar sus tasas.

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