Nueva Constitución Europea no afecta reclamos por Malvinas
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En tal sentido, la alta calificación de nuestro Servicio Exterior permite descontar que las numerosas embajadas involucradas (al menos ante la UE, Gran Bretaña, Naciones Unidas y España) y los departamentos específicos de nuestra propia Cancillería han mantenido siempre debidamente informada a la conducción política para tomar las medidas del caso, tanto en el terreno diplomático como en el de la opinión pública.
Resulta por otro lado impensable que el grado de compenetración política y personal que profusamente exhibieron el doctor Kirchner y el señor Rodríguez Zapatero hace menos de noventa días en la visita oficial del presidente español a la Argentina -donde hasta se anunció una «alianza estratégica», con lo que ello signifique- no haya incluido una eventual advertencia de lo que iba a ocurrir, que el mandatario español obviamente no podía ignorar.
Desde hace al menos trece años, el Palacio San Martín y su similar español trabajan los temas de Malvinas y Gibraltar con altísimo grado de recíproca información, por lo que parece imposible que esto no se haya conversado durante la visita mencionada. Como se sabe, durante las administraciones González, Aznar, Alfonsín y Menem, tanto España como la Argentina establecieron con Gran Bretaña sendos paraguas de soberanía que ponen a salvo los derechos de las partes mientras éstas exploran posibles soluciones. España acreditó el suyo ante la instancia pertinente de la Unión Europea, obteniendo así un progreso que extiende los beneficios del paraguas más allá de la dimensión solamente bilateral. Aunque la Argentina mantiene desde siempre una sólida defensa jurídica en todos los frentes, resultaría oportuno recibir en estos momentos confirmación pública oficial de tramitaciones políticas de efecto semejante -o cualquier otra que configure algo más que una mera protesta retórica- que nuestro gobierno seguramente inició ante la inminencia del anuncio unilateral de la UE.
• Progreso
En el mundo globalizado, los estados no progresan sino en la medida en que consiguen instalar sus objetivos individuales en el escenario internacional, muy especialmente en el conjunto de aquellos con los que se encuentre edificando un proceso de integración. La reconocida capacidad diplomática británica acaba de conseguir que, en el ámbito de su propio ejercicio de integración, se incorpore a remotos ex territorios coloniales dentro de la Constitución europea como parte ya no solitariamente del interés individual británico, sino de los veinticinco miembros de la UE.
La Argentina, inmersa en un intento de integración regional incompleto y estancado, no puede oponer nada parecido. Malvinas conforma para los argentinos un dilema de doble entrada. Por un lado, la de nuestra creciente debilidad cada día en que perdemos peso en el mundo y aliados importantes para nuestros objetivos. Por el otro, la persistencia de nuestras más altas autoridades en no convocar a una política de estado que nos permita sustraer a este tema de la lucha política de facción y, de esa manera, trascender la evidente impotencia de enfrentar a un enemigo que produce hechos concretos mientras nosotros sólo contestamos con discursos. La eventual continuidad de ambos factores nos condenaría a perpetuar una política como la actual, en la que nosotros nos quedamos con la razón y los ingleses se quedan con las islas.




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