La pandemia tiene puntos en común con el neoliberalismo salvaje

Opiniones

No hemos advertido, quizá lo suficiente, el riesgo de solipsismo y misantropía que conlleva, al igual que el capitalismo sin límites.

La pandemia tiene puntos en común con el neoliberalismo salvaje. Por razones entendibles desde un punto de vista sanitario ha inducido, en nuestro detrimento psíquico, el individualismo a ultranza y la desconfianza hacia el otro. El ser humano se ha retirado a su burbuja, el home-office, ha generado una disolución del trabajo en equipo, magnificando la virtualidad descorporeizada y complicando las relaciones intra-home. No hemos advertido, quizá lo suficiente, el riesgo de solipsismo y misantropía que conlleva, al igual que el capitalismo sin límites. La barrera para el contagio disminuyó el consumo tan caro al capitalismo. Como muro para los vínculos lo favoreció, dejando a la persona aún más desamparada y asujetada a la lógica del mercado.

Es útil remarcar que, desde el inicio, el ser humano tiene necesidad del otro. Es el ser viviente que requiere de ese otro, mayor tiempo. Freud llamó esta dependencia: el desamparo del ser humano. No sólo para sus necesidades básicas de alimentación, sino fundamentalmente para la interacción con la mirada y el afecto del otro. En comparación con otros seres vivos, el ser humano, adquiere autonomía tardíamente.

Federico II de Hohenstaufene, alrededor del 1200, hizo una experiencia horrenda. Con la hipótesis que los niños hablarían espontáneamente la lengua original que suponía era el hebreo, organizo que treinta niños recibieran tan sólo sus necesidades básicas de comida. Sin casi ningún contacto con sus cuidadores que no eran sus padres, para supuestamente demostrarlo. Pero sin la interacción afectiva con el otro y sin el envoltorio sonoro del lenguaje y la mirada, no sólo no hablaron ninguna lengua, sino que finalmente murieron todos. Esto puso dramáticamente de relieve la necesidad que tiene el ser humano de recibir afecto y lenguaje que le sea dado por un otro.

Defoe imaginó en su novela a un náufrago, Robinson Crusoe, que recala en una isla, pero que luego de un tiempo de soledad, entabla relación con un indígena al que llamó Viernes, por el día que lo encontró, para su beneplácito. Más allá de la estructura poco verosímil de la novela, no deja de interpelar que no pudo considerar la soledad absoluta como forma asequible de vida. No es concebible un yo sino dirigiéndose a alguien, que será en una primera alocución un tú. No existen antinomias entre el yo y el tú, por el contrario, la subjetividad no puede estructurarse y sobrevivir sin ese tú.

Molière en el Misántropo crea un personaje, Alceste, quién imbuido de valores absolutos, se ha hecho de la humanidad una imagen ideal que lo lleva a abandonar su convivencia con los otros. En una forma de autismo programado como única salida a su intolerancia vehemente hacia las imperfecciones de la humanidad, quizá a sus propios rasgos humanos.

Durante la cuarentena, nos vimos obligados, por razones sanitarias, a disminuir o incluso suprimir el contacto con los otros, llámense amigos, familiares, compañeros de trabajo o conocidos. Esto no ha sido sin perjuicio para nuestra vida interior, tanto desde el punto de vista del contacto, la desesperada falta del abrazo, del beso, del contacto físico tan necesario para no sentirse aislado en una infinita soledad. La posibilidad ofrecida por internet o por el teléfono, morigeró en parte las ausencias, pero no substituyó la presencia. Muchos familiares no pudieron despedir a sus próximos en el lecho de muerte, la mano que acompaña se quedó huérfana.

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Los pocos encuentros que cada uno se permitió tener, dentro del marco del confinamiento, generó una cuidada selección. Esto llevó a privilegiar con quienes uno quería estar, haciendo una cruel pero significativa selección de aquellas personas cuyo vínculo consideró más válido. En ese sentido obligó a una jerarquización de los encuentros, con aquellas personas que representaban los valores más genuinos. Podían ser familiares o amigos. Pero más allá de esta puesta en valor de lo importante para cada uno, la interacción con el otro se vio reducida, y por ende los estímulos creativos para todo ser humano que permite dicha interacción. No sólo los seres queridos nos aportan y aportamos afecto y estímulo, también todo otro, cuya interrelación enriquece nuestra vida y forma parte de la alegría de vivir. Por estas carencias, hemos observado en nuestros consultorios, un cierto repliegue que conllevó a depresiones, insomnios, pesadillas, malhumor, fobias sociales, etc., nocivas para la salud mental.

En el “Libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano, el autor habla de un personaje, del cual dice:

-Fernando cuenta con todo el cuerpo, y no solo con palabras-.

Es esa corporeidad que ha estado ausente en nuestro detrimento. El efecto disruptivo del aislamiento dejará probablemente huellas potencialmente traumáticas, tanto en los adultos, como en los niños y adolescentes. Aún es demasiado pronto para medir todo el impacto. La salud mental, como para lo lógica del mercado: ¿Es la gran ausente de los cuidados de la pandemia?

Médico UBA, psiquiatra de la Universidad de ParísXII, Dr. en Psicología de la Universidad de París-Nanterre, Miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

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