30 de agosto 2005 - 00:00

Perturbadores actúan. El Estado está fugado

Los piquetes se apropian del espacio público. De los puentes, rutas, calles y plazas construidos por la comunidad para facilitar las comunicaciones y los intercambios de todos los habitantes. Secuestran la propiedad común para imponer sus visiones.

Lo mismo hacen los enfermeros del Garrahan, los camioneros de Moyano, los empleados de Aerolíneas, los empresarios que piden «protecciones» a los políticos para impedir la competencia del exterior, los funcionarios que obstaculizan con normas e interpretaciones cambiantes y muchos otros que entorpecen el desenvolvimiento de las actividades, por la fuerza de su presencia o el incumplimiento de sus obligaciones.

Desplazan a los usuarios y a las actividades legítimas, estorbando los derechos de otros. Siguen el modelo de los secuestradores de personas y objetos valiosos para conseguir ventajas personales: incautarse de espacios o bienes ajenos para exigir una compensación al liberarlos.

Precisamente, para evitar estos impedimentos, la apropiación de la fuerza por grupos particulares, nació el Estado. Justamente, evitar esas obstrucciones constituye el bien público, el objeto de los políticos. Exactamente, las fuerzas del orden y la Justicia, tan castigadas por los medios y los políticos, son las encargadas de impedir la obstrucción a las actividades productivas y sociales, en los países avanzados.

Las conmovedoras imágenes del retiro de Gaza demuestran que Israel, que no está entre las naciones más avanzadas, puede utilizar la fuerza sin infligir daños innecesarios a su gente
. Los países que no se sujetan a los intereses particulares desarrollan cuerpos profesionales especializados en aplicar la fuerza con el menor daño, como hacen los cirujanos con sus pacientes. En el libro «La riqueza de los países y su gente» expongo que las tremendas diferencias de ingresos personales, entre las naciones, responden directamente a la proporción de los impedimentos que sufren las actividades, por parte de numerosos operadores.

Las tecnologías productivas están disponibles y los humanos son genéticamente iguales. No obstante, Noruega, el país de mayor ingreso por habitante, Suiza, EE.UU., Japón, y el resto de las naciones prósperas se diferencian de las rezagadas por la proporción de esfuerzos que se destinan a la creación de riqueza en lugar de impedirla y a defenderse de esas obstrucciones. Esas naciones aprendieron a construir un orden social, compuesto por un complejo de instituciones y gobernanzas especializadas, como Estados, empresas, asociaciones diversas. Cada una concentrada en ampliar los derechos individuales de actuación, la capacidad productiva de su gente, asegurando previsibilidad, el crédito que nutre las relaciones humanas y hace prosperar a la gente.

En cambio, las naciones rezagadas se debaten en antagonismos mal resueltos que esterilizan los esfuerzos individuales, como hacen los piquetes. Están sometidas a la obstrucción, a la ignorancia, a no comprender cómo se construye la riqueza del conjunto. Esas naciones ceden ante los reclamos y premian a los obstruccionistas, dando una señal clara: impedir es un negocio.

• Remunerados

Los piqueteros y demás perturbadores del orden público tienen una actividad remunerada, a costa de la sociedad perjudicada. En lugar de que los ingresos estén determinados por la productividad, la contribución a la riqueza, como pregona la teoría económica tradicional, se paga al que estorba. En ese contexto, la creación de riqueza se atasca y la pobreza general es el resultado.

A modo de ejemplo, vale recordar que la «industria» del secuestro de aviones colapsó cuando los Estados avanzados se pusieron de acuerdo en no seguir remunerando a los secuestradores
. Las tremendas asimetrías de los ingresos nacionales demuestran que nadie está condenado al fracaso, ni tiene asegurado el éxito. La prosperidad es una creación humana que demanda dedicación continua. Todos y cada uno debemos accionar con ese objetivo. Pero el suministro del bien público es la especialidad de los políticos, transitoriamente en el gobierno, que deben ser controlados por la oposición. Ellos deberían proponer soluciones a los impedimentos comunes.

De lo contrario, de persistir los funcionarios en el incumplimiento de sus obligaciones y tolerar la pérdida del monopolio de la fuerza, el Estado se seccionará en «Estados particulares», privatizados por facciones y grupos de poder. Proceso que nos retrotraería a los albores de la organización nacional, cuando la Argentina estaba atascada por facciones en pugnas improductivas, sin descanso.

Una vez encontradas las ventajas mutuas y el orden para superar ese conflicto, la Argentina protagonizó uno de los progresos más notables que registra la historia.


Hasta que volvió a sucumbir ante el canto de sirena de redistribuir lo ajeno
. Restablecer el crédito de los funcionarios, la confianza de que actúan en beneficio del conjunto de los ciudadanos, haciendo cumplir la Constitución, es la tarea prioritaria. Los políticos que no cumplan sus obligaciones serán inexorablemente desplazados por quienes puedan ganar esa confianza. Todas las fuerzas vivas deben concurrir con ese objetivo. En especial, los empresarios han de reconocer que, mientras se ocupan de sus quehaceres particulares, la obstrucción reduce la rentabilidad de su actividad.

Si los políticos no nutren el bien público, su tarea específica, las fuerzas vivas y quienes más tienen para perder con el desorden social deberían trabajar para exigirles esa tarea. Ocuparse del bien público, pues sus patrimonios dependen de la armonía y el orden.

Finalmente, la libertad consiste en la ausencia de impedimentos innecesarios. Recordemos el articulo 22 de la Constitución:
«El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición». El art. 36 también sanciona severamente a los que usurpen poderes constitucionales mediante la fuerza.

«Civilización o barbarie» fue el grito que convocó a millones de ilusiones para transformar el desierto, en el siglo XIX. «Liberarnos de la obstrucción para salir de la pobreza» podría ser el que nos convoque a devolver la esperanza a nuestra gente, en el siglo XXI.

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