29 de enero 2025 - 07:51

Provocación y fe a lo Milei: cómo usó Donald Trump el tono emocional en su discurso inaugural

Su discurso inaugural como el 47º presidente de los Estados Unidos no solo marcó el inicio de su segundo mandato, sino que se configuró como una obra cuidadosamente diseñada para conectar con las emociones más profundas de su audiencia.

Donald Trump encara su segundo mandato.

Donald Trump encara su segundo mandato.

Donald Trump regresó a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 con una narrativa que, como todo en su trayectoria política, polariza tanto como cautiva. Su discurso inaugural como el 47º presidente de los Estados Unidos no solo marcó el inicio de su segundo mandato, sino que se configuró como una obra cuidadosamente diseñada para conectar con las emociones más profundas de su audiencia.

Por lo general, todos los discursos políticos están fríamente calculados, aunque se trate de emociones. Así como ya se analiza la comunicación no verbal de candidatos y presidentes, es importante prestar atención a la cuerda emocional que mueven, para tener un contexto completo de percepciones, influencia, y hasta manipulación, a través de sus mensajes.

En un momento en el que se observa una transición y hasta una fractura social, las palabras de Trump no fueron meras declaraciones políticas, ni tampoco sólo gestos para ser analizados. Cada tramo del discurso respondió a una estrategia retórica elaborada para movilizar, inspirar y, a menudo, confrontar y marcar la cancha.

Aquí analizaremos los principales tramos extraídos de su discurso, desde la perspectiva emocional:

La promesa de esperanza y redención

El discurso inaugural comenzó con una afirmación que marcó la pauta emocional del evento: “La era dorada de América comienza ahora mismo.” Esta frase, tan sencilla como poderosa, contiene un simbolismo que no pasa desapercibido. Al hablar de una "edad dorada", Trump invoca una metáfora que evoca prosperidad, gloria y estabilidad, una promesa diseñada para calmar ansiedades y ofrecer una visión esperanzadora.

La frase de era dorada es ampliamente usada en los Estados Unidos para distintas cuestiones, no sólo política: voces doradas en las radios y el canto, empresas doradas, actividad económica dorada, y un extenso etcétera, como simbolismo de poderío de recobrar fuerza de sectores que, según se deduce, estaban empequeñecidos u oprimidos. El dorado de su cabello platinado podría entrar en esta categoría simbólica.

Las metáforas emocionales detrás de las palabras

En el discurso y la comunicación política es sumamente utilizado el recurso metafórico, para afianzar conceptos, desagregar información mostrando los datos más convenientes, y sesgar o recortar, de alguna forma, aspectos que desean ser relucientes por un lado, y ocultar otras partes por el otro. Repasemos estos ejemplos extraídos del primer discurso de Donald Trump al asumir su nuevo período presidencial:

  • La metáfora del renacimiento: La elección del concepto -casi un slogan- de "edad dorada" coloca su liderazgo en un contexto histórico, sugiriendo que el país está entrando en un capítulo nuevo y brillante, dejando atrás un pasado oscuro.
  • Sentido de urgencia e inmediatez emocional: La frase utiliza el presente inmediato, cuando afirma "comienza ahora mismo" para implicar a todos los oyentes en la acción, fomentando una sensación de cierta desesperación por los primeros pasos contundentes, a la vez que busca generar adhesiones y pertenencia, aún en sus detractores.

¿Cuál es la emoción evocada con estos dos puentes conceptuales? La esperanza, en tiempos de incertidumbre, aquí mostrada con una promesa de prosperidad que busca que actúe como un bálsamo en una nación dividida y fracturada.

Indignación al desnudo: identificar al enemigo y desbaratarlo rápido

Otro recurso emocional en la discursiva y narrativa política, es el del planteo sin anestesia de una “indignación estratégica”. Esto significa que quien habla busca identificación mayoritaria con el electorado, sumándose a la ola de indignación imperante a nivel social en grupos que le son afines, y traducirlo en una identificación con el “enemigo” al que se enfrentan.

La figura del protagonista (Trump) y antagonista (Biden y sus seguidores, en este caso), no es algo nuevo: ya aparece como un prototipo en “El viaje del héroe”, la conocida teoría de Joseph Campbell que se aplica desde artes, series de TV, libros, política y discursos, y que se basa, esencialmente, en el derrotero de subidas y bajadas en un viaje de conquista y lucha personal, hasta llegar al éxito.

En un tramo, Trump declaró: “Durante muchos años, un establecimiento radical y corrupto ha extraído poder y riqueza de nuestros ciudadanos.” Estas palabras, cargadas de acusación, se dirigen directamente al corazón de su base electoral y a una emoción clave en su retórica: la indignación.

Al observarlo en detalle, lo que busca el flamante presidente reelecto, es la creación de un antagonista común: al hablar de un "establecimiento radical y corrupto", Trump estructura su narrativa alrededor de un enemigo colectivo que representa todo lo que está mal en el sistema político. Cuando lo hace, se produce una dicotomía nosotros/ellos: este marco discursivo no solo pretende dejar reluciente y consolidado su liderazgo (el protagonista), sino que refuerza la identidad de sus seguidores como un grupo que lucha contra fuerzas opresoras (los antagonistas).

El recurso utilizado es la indignación, como emoción evocada claramente. Porque la polarización no es un accidente, sino un cálculo preciso para fortalecer la lealtad de su base y movilizarla hacia el cambio que promete liderar.

El miedo, ese infaltable en el discurso político

El miedo es una de las seis emociones básicas de los seres humanos, según el postulado de Paul Ekman (las otras son la alegría, la tristeza, la ira, el asco o desagrado y la sorpresa). Estas emociones básicas son consideradas universales, es decir, compartidas por todas las culturas.

"Hemos financiado fronteras extranjeras mientras descuidamos las nuestras. Eso termina ahora mismo." Esta frase, aparentemente simple, esconde una estrategia emocional deliberada: evocar el miedo como motor para justificar decisiones políticas contundentes.

Aquí entra en juego el miedo emocional, porque el miedo es algo que irrumpe en forma primaria, inmediata. En cambio, el temor puede ser una construcción gradual, en el tiempo. En este caso, en el discurso de Trump, al sugerir que las fronteras de Estados Unidos están desprotegidas, busca activar una respuesta instintiva de autopreservación en su audiencia, preparando el terreno para medidas de seguridad más estrictas. Este es un concepto cerebral primitivo, de la parte cerebral más antigua, llamado ’cerebro reptil’ (con unos 500 millones de años en la evolución de la especie), que, básicamente, es el que regula el impulso de huir de la amenaza o peligro, o enfrentarla. Lo que Trump indica aquí es que no huye, la enfrenta con todo el rigor del que ahora es posible.

Otro recurso emocional que se evidencia, es el contraste, la transparencia de dos cosas aparentemente irreconciliables. Es un formato de construcción emocional clave en la narrativa política. Al yuxtaponer "fronteras extranjeras" con "nuestras propias fronteras", crea una percepción de prioridad mal dirigida. Este razonamiento aparentemente lógico simplifica una cuestión compleja y refuerza la narrativa de que su liderazgo es la solución. De hecho, se percibió que un grupo de veteranos presentes asintió con aprobación cuando Trump enfatizó la importancia de proteger el suelo estadounidense. En este caso, invitados preparados de antemano (o no), para ellos, el miedo no era una emoción negativa, sino un llamado a la acción.

Las fuerzas del cielo al estilo Trump

Lo celestial, un relato personal y la providencia divina, no pueden faltar en esta era de la comunicación política globalizada. "Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande de nuevo." Con esta declaración, Trump introdujo una narrativa personal que combinaba vulnerabilidad con un propósito divino y superior. El relato de un atentado fallido que casi le cuesta la vida agregó un matiz emocional inesperado al discurso.

“Hace solo unos meses, la bala de un asesino me atravesó la oreja... Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande de nuevo”, dijo (rememora el dramatismo, con inflexiones en su voz). Este pasaje combina elementos de storytelling personal y legitimidad divina, con una construcción casi bíblica, marcando un punto de conexión emocional profundo con su audiencia.

Lo que se busca lograr es un efecto de empatía inmediato, casi ecpatía se diría, porque puede generar un exceso de empatía-. La empatía es la emoción central donde hace que quien lo escucha, al menos sus seguidores, se pongan en su lugar y asientan sonámbulamente con su cabeza en un gesto de “Sí, tiene razón”, aunque no se den cuenta. Este es el mismo efecto que logra un buen político en un mitín partidario con su conveniente puesta en escena, cuando se victimiza, eleva el tono y hace un crescendo en su oratoria, para terminar con una idea corta, breve y al punto que lo que genera es un estallido de vítores y aprobación de quienes tiene enfrente -público genuino o pagado, da lo mismo; porque lo que importa en política es cómo sale en televisión y los medios-.

Hay que observar que, para llegar a estos puntos cúlmines con la cuerda dramática en su máxima expresión, por lo general las ideas se presentan en tríadas: tres ideas, tres palabras, tres emociones encadenadas. La otra forma es la contraposición de ideas. Eso hace estallar de fervor a las personas.

Con estas herramientas, el componente emocional llega al clímax, palabra más que apropiada para este contexto por cuanto rememora el punto de un orgasmo ideológico partidario que obnubila y genera un efecto relax inmediato. Por ejemplo, en el caso de Trump, lo logra cuando incluye un toque de vulnerabilidad. En esta oportunidad, se conecta con la audiencia a nivel humano, mientras que la referencia a un mandato divino eleva su propósito a una dimensión casi mesiánica. En Argentina ya se conoce este recurso a través del presidente Javier Milei, que no fue el único, puesto que Cristina Kirchner lo usaba todos los días, y lo sigue usando en sus procesos comunicativos de victimización continua, aunque lo disfraza de combatismo, por sólo citar dos ejemplos recientes. También hay antecedentes en el célebre discurso del padre de la Democracia, Raúl Alfonsín, con aquello que fue lema de sus campañas: “Con la democracia no sólo se vota, sino también se come, se cura y se educa”.

Milei, afín a Trump, y mezclado esta vez en la asunción del presidente norteamericano entre magnates tecnológicos como Elon Musk -también amigo de las fuerzas del cielo, y anunciado integrante de un área clave en el gobierno de Trump, que busca reducir al mínimo el aparato estatal-, Jeff Bezos, Marck Zuckerberg, entre otras figuras, además de pocos y contados políticos resonantes. Este aspecto de “dream team” de poderío, traducido en cantidad de billones de dólares en fortunas presentes en la asunción de Trump, le da aún un costado más de mística del poderío que quiere transmitir.

El storytelling que comunica ideología

En cualquier paneo de este tipo de piezas de marketing político, es importante resaltar cómo se introduce el storytelling, es decir, la narrativa con emoción que genere empatía con el público, y que, a su vez, ayude a anclar experiencias personales, anécdotas o temas más pesados, para generar un impacto inmediato, y aumentar la recordación hasta un cincuenta y cinco por ciento más por sobre una descripción lineal.

La técnica discursiva consiste en relatar una experiencia personal que humanice al líder, y lo perfile como alguien con el temple de superación de lo que sea, mientras que la atribución de su supervivencia a la intervención divina refuerza su autoridad moral y su inevitabilidad como líder.

Como nota de color, un grupo de pastores invitados al evento rompió en aplausos cuando Trump mencionó a Dios; incluso uno de ellos recibió un gesto directo del flamante presidente estadounidense. En ese momento, las líneas entre lo político y lo espiritual se desdibujan, consolidando la conexión emocional con un segmento clave de su base.

Con storytelling, llega más y mejor cualquier mensaje; por eso, quizás uno de los tramos más calculados y diseñados milimétricamente del discurso fue cuando Trump afirmó: “Brindamos financiamiento ilimitado para la defensa de fronteras extranjeras, pero nos negamos a defender nuestras propias fronteras.” En un solo enunciado, el presidente combina la preocupación por la seguridad nacional con una crítica velada a las administraciones anteriores. Cosa que de inmediato confirmó emitiendo determinadas órdenes ejecutivas, mostrando gestos de acción concreta alineados con lo que dijo horas antes.

Lo que de proponen frases como esa es, por un lado, expresar un miedo controlado. En este caso, a la seguridad fronteriza la presenta como una amenaza inmediata que requiere acción urgente, activando una respuesta emocional visceral en quienes perciben el tema como prioritario. El elemento de contraste retórico aparece así: al comparar fronteras extranjeras y nacionales, Trump simplifica un tema complejo y lo presenta como una cuestión de sentido común.

La conclusión fáctica emocional es un cocktail de miedo y urgencia, ampliamente sugerido por cierto sector de la ciudadanía, y persiguiendo avivar los reclamos de quienes son sus detractores. Esta estrategia busca movilizar a su audiencia hacia el apoyo de políticas restrictivas, aunque necesarias según su línea de pensamiento, al tiempo que fortalece la percepción de su administración como la solución decisiva.

Palabras de emoción que comunican idelogías

El discurso inaugural de Donald Trump en 2025 no fue simplemente un mensaje político; fue una muestra de cómo las emociones pueden ser canalizadas para inspirar, polarizar y movilizar. Buscó llegar a los fans, y agitar a los detractores, porque lo mejor que le puede suceder a cualquier gobernante es que hablen de él, bien o mal.

No es un secreto: estamos en tiempos complejos y polarizados. Por eso, su discurso inaugural confirma una vez más que la política no solo se juega en los pasillos del poder, sino en la televisión, en Internet, en los medios, y en las redes sociales. Y no hay nada más atractivo en este juego que mostrar un combo de emociones humanas más esenciales: esperanza de una “era dorada” -el aspiracional-, miedo e indignación -anclaje en sentimientos del presente-, convenientemente mezclados con fe y confianza en lo divino -cualquier cosa que eso represente para quienes creen-. Agítese bien, sírvalo con hielo y decore atractivamente para un mejor resultado de su discurso político.

Facilitador y Máster Coach Ejecutivo especializado en alta gerencia, profesionales y equipos; mentor y comunicador profesional; conferencista internacional; autor de 33 libros. LinkedIn Top Voice América Latina. Coach profesional certificado por ICF en su máximo nivel, Coach certificado, Miembro y Mentor en Maxwell Leadership, el equipo de John Maxwell.

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