Día de los Trabajadores: los "esenciales", una paradoja y la injusticia

Opiniones

La vida en pandemia creó diferentes categorías de trabajadores, como los esenciales. Pero también se puso de manifiesto con crudeza el incremento del número de personas expulsadas, que quedaron apartadas del sistema.

En el verano de 1939 un periodista le preguntó a Sigmund Freud qué era para él una persona sana, madura e integrada en la sociedad, a lo que el creador del psicoanálisis respondió: “Cualquier persona capaz de amar y trabajar”.

En nuestra cultura el trabajo tiene una significación que excede a la mera obtención de dinero, constituyéndose además en una de las principales fuentes de construcción de la identidad y de la autoestima. De ahí procede también la sensación de ser “útil” y de estar desarrollando un rol funcional dentro de la sociedad.

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Para señalar la intensidad de la relación del hombre con el trabajo se ha utilizado la expresión “trabajar de sol a sol”. Esta frase tiene su origen en la época en la cual el tiempo se calculaba de acuerdo a la permanencia del sol en el cielo. Al salir el sol se iniciaban las tareas hasta que con el ocaso se desvanecía la luz y estaba prohibido trabajar con la lumbre de las velas. Aunque la jornada de trabajo medieval era extensa, la sociedad era agraria y modesta. El trabajo se ajustaba a la necesidad y no a la acumulación. Los conceptos de “productividad” y “eficiencia” todavía no habían sido creados.

La complejidad de la situación de pandemia de Covid-19 -iniciada en el 2020- supone que esta vicisitud para algunos sea una crisis, para otros un acontecimiento y para muchos una catástrofe. Los cambios en nuestros modos habituales de trabajo nos brindan la posibilidad de reflexionar acerca de cuáles son las herramientas laborales que pueden transformarse y cuáles poseen intensas ataduras epocales.

En muchos casos se dejó de asistir presencialmente y se instaló la nueva modalidad –impensada hasta ese momento- del trabajo remoto. O se implementó una combinación de presencialidad y virtualidad. La vivienda se transformó en oficina, empresa, consultorio, etc. modificándose el concepto de “distancia geográfica”. Quienes ocupaban puestos de trabajo que obligaban a la “errancia” -empleados de empresas con sucursales en varios países que debían trasladarse todo el tiempo- se enfrentaron a la permanencia en el hogar no sin importantes re-adaptaciones a la vida familiar. Se vivieron momentos iniciales de estupor en los cual debimos quedarnos en casa sin ir a trabajar.

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Se modificó el tiempo “cronológico”, con su inclinación a la productividad. Se instalaron obligatoriamente horas de ocio. El encierro trajo aparejada la vivencia de un tipo de temporalidad particular, distinta de la regulada por el reloj. Se enlentecieron los ritmos y se desorganizaron las rutinas. Llegamos a confundir el día de la semana en el que estábamos, o hasta incluso el mes. En el aislamiento, Cronos -dios del tiempo, encargado del orden secuencial, de la cronología y de las horas- se hizo a un lado para dar lugar a una vivencia más ligada a la introspección y no tanto a la productividad, o por lo menos a la productividad material, que también se ha visto notoriamente alterada.

La vida en pandemia creó diferentes categorías de trabajadores. Nos familiarizamos con la denominación de “trabajadores esenciales”, lo cual trajo aparejada la paradoja -y la injusticia- de que no siempre aquellos cuya labor es indispensable son los mejor remunerados o los más cuidados. También se puso de manifiesto con crudeza el incremento del número de personas expulsadas, que quedaron apartadas del sistema. En la lucha por sobrevivir se puso de moda una palabra: “reinventarse”, teniendo presentes las necesidades del mercado laboral. Algunas áreas de la industria -y las profesiones a ellas ligadas- han experimentado un crecimiento excepcional, como por ejemplo los laboratorios, la salud, la ciencia, la farmacéutica, la tecnología en comunicación, etc. Nos enfrentamos a la paradoja de cualquier movimiento intenso a nivel social: por un lado crea y por otro produce devastación.

En el plano laboral, así como en otros planos, “la incertidumbre” parece haberse elevado a la categoría de principio regulador: “es previsible que suceda lo imprevisible”. Esto hace que muchas veces sea necesario adaptarse “a toda costa” a condiciones laborales desfavorables.

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David Liberman describió los cuadros de “sobreadaptación”, una de cuyas presentaciones es el sometimiento al trabajo y la exigencia desmedida de productividad. Esta conducta lleva a negar las propias sensaciones de angustia, cansancio y stress no pudiéndose regular la entrega del propio esfuerzo y el propio tiempo, con el consecuente impacto sobre el cuerpo que termina pagando un alto precio con manifestaciones psicosomáticas de distinta índole.

No sabemos cómo serán las condiciones laborales en un mundo transformado por la pandemia. Seguramente habrán pérdidas pero también nuevas oportunidades.

Si retomamos las palabras de Freud, preservar la capacidad de trabajar sería tan vital como la de amar. Rescatar, por ejemplo, el valor de la vocación, el placer del encuentro con algo del orden de la creatividad y la espontaneidad en lo laboral, los deseos de seguir aprendiendo y de contribuir a un mundo “en transformación”, serán, sin duda, las herramientas laborales indispensables.

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