24 de marzo: fecha entre el silencio y la hipocresía
-
Causa Cuadernos: en mayo declararán 43 testigos en el juicio oral
-
Malvinas: el Gobierno le respondió al Reino Unido y pidió "dar fin a la situación colonial especial"
Algo análogo sucedió en la República del Uruguay, como lo recordó, en 2005, el ex presidente Julio María Sanguinetti: «Los tupamaros actuaron antes de la dictadura, no tiraron un tiro contra la dictadura; estaban ya derrotados». La diferencia es que los sobrevivientes de esa guerrilla no niegan su responsabilidad. El hasta hace poco ministro de Agricultura de ese país, hoy expectante candidato a suceder al presidente Tabaré Vázquez, José Mujica, quien pasó 14 años en la cárcel por su militancia tupamara, se declaró recientemente «profundamente arrepentido de haber tomado las armas con poco oficio y no haberle evitado así una dictadura al Uruguay».
También en Chile, hubo reflexiones honestas al cumplirse, en 2003, treinta años del golpede Estado. Podemos citar a Luis Corvalán, miembro del Partido Comunista que integraba la Unidad Popular (UP), el frente que llevó al gobierno a Salvador Allende, el presidente socialista derrocado y muerto en 1973: «No podemos negar nuestra responsabilidad (...) Prevalecieron en la UP las tendencias extremistas y sectarias». Luis Guastavino, gobernador de Valparaíso, que había sido colaborador de Allende, decía: «La política que llevamos en los tiempos finales iba inevitablemente a un choque (...) Yo instigué, yo hacía discursos incendiarios, yo levantaba a la gente». La propia hija de Allende, Isabel, diputada nacional, señaló que «todos los actores políticos somos responsables de lo ocurrido. No fuimos capaces de entrar al diálogo para buscar una salida política».
En la Argentina previa al golpe también hubo sectores políticos, de todos los partidos, que contribuyeron al caos. Como los diputados de la llamada Tendencia (cercanos a Montoneros) que le presentaron la renuncia a Perón cuando éste quiso reformar el Código Penal para combatir a la subversión y hoy le votan a Néstor Kirchner sin chistar una ambigua ley antiterrorista. O los 34 diputados del «Grupo de Trabajo» que paralizaron la actividad legislativa durante la gestión de Isabel. Varios de ellos están hoy refugiados en despachos oficiales o volvieron a sentarse en una banca como si nada.
Un ex presidente chileno, el demócratacristiano Patricio Aylwin, lamentó no haber condenado el golpe («No imaginamos que la dictadura iba a ser tan prolongada ni que ocurrirían tan brutales violaciones a los derechos humanos»). La dirigencia política argentina, en cambio, calla. Hasta el ex presidente socialista chileno Ricardo Lagos (integrante de la UP en 1973), ante la pregunta: «¿Quién divide más a Chile: Allende o Pinochet?», contestó: «Alguien diría que una situación es consecuencia de la otra». Semejante honestidad política es imposible de encontrar en la Argentina.
Más aún, mientras sus pares chilenos se autocritican, los comunistas argentinos, que en el 76 eran videlistas, se presentan como querellantes en una causa por la represión desatada durante la dictadura que ellos apoyaron. En junio de 1978, Roberto Vallarino, miembro del Comité Central del PCA, declaraba a la revista «Cambio 16» de España que «el PC argentino considera que el general Jorge Videla y los otros miembros de la Junta Militar que gobierna la Argentina son elementos progresistas».
A diferencia de los tupamaros, no puede decirse que los montoneros no hayan tirado ni un tiro después del golpe, pero ojalá no lo hubiesen hecho porque el principal resultado fue la destrucción de su propia organización, lo que tampoco ha merecido ninguna reflexión autocrítica de la cúpula sobreviviente. La conducción montonera obligó a sus militantes a un funcionamiento suicida, facilitando así el accionar represivo. Y, cuando la organización estuvo diezmada, los jefes en el exilio reclutaron a los cuadros que habían logrado sobrevivir dejando el país y los enviaron de regreso, a una muerte casi segura. «En la contraofensiva no murieron más de 20 o 22 compañeros -relata Firmenich-¿Y qué? ¿Y en el 76, en el 77? Caían siete compañeros por día». La involución no se limita a los ex guerrilleros. También afecta a los organismos de derechos humanos, integrados en su mayoría por familiares de las víctimas, que pasaron de negar la militancia de sus hijos en los primeros tiempos de la democracia («eran inocentes», decían, como si la culpabilidad justificase la tortura y el fusilamiento clandestino) a una reivindicación acrítica y a una suerte de síndrome de Estocolmo que los lleva a defender a los jefes que mandaron a sus hijos a la muerte, eficaces sólo en extinguir la fuerza que comandaban. La contraofensiva no fue un factor de desestabilización para la dictadura, como pretende Firmenich («En la Argentina hubo 7 años de dictadura y no 20 como en Chile gracias a nosotros»). Su principal resultado fueron unos 80 desaparecidos más, en una operación demencial, relatada en el libro « Fuimos soldados» de Marcelo Larraquy, en base a los testimonios de los pocos sobrevivientes, que constituyen una verdadera requisitoria contra Firmenich y compañía.
Los que tuvieron la fortuna de sobrevivir, deberían aportarles a las generaciones presentes un testimonio como mínimo honesto. Según la hija de José Ignacio Rucci, «Dante» (Juan Carlos Gullo, hoy diputado nacional) le aseguró que «en el ámbito en que militaba jamás se planificó el asesinato» de su padre. Verdad a medias que no refuta la autoría de Montoneros como bien lo sabe este ex referente de la Juventud Peronista ya que esas decisiones no se tomaban en círculos amplios.
Francisco «Barba» Gutiérrez, ex montonero y ex UOM, hoy intendente de Quilmes, afirmó directamente en 2006 que «a Rucci lo mató la CIA». La prueba de que la involución es generalizada, es que lo dijo en el salón Felipe Vallese de la CGT, en la cara de los ex compañeros del líder asesinado. Pero el premio al cinismo, le corresponde al actual secretario de Derechos Humanos, Luis Eduardo Duhalde. Hoy asiste compungido a los homenajes al padre Carlos Mugica, cuyo asesinato todavía no está esclarecido, mientras que tres días antes de ese crimen, en marzo de 1974, la revista «Militancia», que Duhalde codirigía, trataba de «gorila» al sacerdote y lo enviaba a una simbólica «cárcel del pueblo», por la sencilla razón de que había tomado distancia de la lucha armada.
Si los hechos que protagonizó la guerrilla son judiciables o no, es un debate abierto, entre otras cosas por el mismo impulso justiciero setentista lanzado en la gestión de Néstor Kirchner. De lo que no cabe duda es de que merecen una clara condena política hoy eludida por una visión maniquea del pasado.




Dejá tu comentario