Los empleados Legislativos tomaron el recinto del Senado en otro Diciembre negro de los que suele brindar el Congreso de la Nación. Nadie investigó, nadie condenó (arriba). En otro diciembre, hace tres años, los legisladores se levantaron para aplaudir en una asamblea legislativa a Adolfo Rodríguez Saá cuando declaró el cese de pagos de la deuda pública de la Argentina (abajo).
En el año 1964, el famoso dibujante Juan Carlos Colombres, «Landrú», fue criticado y desplazado del programa de Tato Bores por presentar en televisión por «Canal 9» un burro con sombrero y la leyenda «diputado». A diferencia de otros países, Estados Unidos por ejemplo, la fama de nuestros legisladores es realmente mala y culturalmente de un nivel bajo. Se han buscado muchas explicaciones al mal pero hay una que sobresale: las listas sábana hacen que detrás de una figura con arrastre, en cualquier elección, se encolumnen ciudadanos mediocres, los cuales, con excepciones, claro, no tienen otro antecedente que alguna actuación partidaria, a veces familiaridad o haber puesto o recaudado para la campaña del caudillo principal. El nivel medio del Congreso siempre ha sido objeto de crítica. Un nivel que no pueden elevar los Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Moisés Lebenshon, Crisólogo Larralde y otras estrellas. En Estados Unidos el legislador votado tiene que ser conocido en el distrito porque no se vota «una lista».
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Si es mala la fama de nuestros legisladores nacionales o provinciales puede calcularse la de los concejos deliberantes. No se valoriza a los colegiados en todo el año pero diciembre se ha transformado en el peor mes para el Congreso Nacional. Hace diez días los sindicatos legislativos tomaron el edificio y montaron un campamento en el mismo recinto del Senado. Nadie los frenó -ni Daniel Scioli ni Eduardo Camaño quisieron utilizar la fuerza pública- y se permitió así que un poder del Estado quedara a merced, y sin funcionar, de una protesta sindical. Se cometió, claramente, un delito que está tipificado en dos artículos del Código Penal e inclusive la Constitución Nacional lo identifica como una amenaza para el sistema republicano. En España, un capitán militar revólver en mano, se llamaba Tejero, en un golpe militar casi personal tomó el recinto de las Cortes y desalojó a quienes debían legislar tras atemorizarlos con su arma. Se le dio tanta importancia al hecho que Tejero no sólo fue disuadido sino luego condenado a más de 20 años de prisión. España tomó respeto por las instituciones a partir del retorno democrático tras el franquismo. En la Argentina no. Nadie quiere arriesgar una «huelga mayor» o afectarse en votos con el sindicalismo.
Además, el reclamo por el cual se violentó como nunca en su historia al Congreso fue difícil de creer: supuestamente todo el bochorno institucional se debió a una diferencia de $ 50 en los sueldos de enero y febrero. Se amagó investigar y se desistió pronto. Quizá haya sido una pelea entre gremios, un alarde más de fuerza para reiterar que dentro del edificio mandan los sindicalistas porque los legisladores varían cada dos años. Una vergüenza. El peronismo fue el que menos ganas mostró de investigar.
Pero los males en nuestro «palacio de las leyes» tuvieron otro diciembre de horror del que cumple hoy su tercer aniversario: el día que Adolfo Rodríguez Saá anunció a la Asamblea Legislativa -en medio del acto de asunción a la presidencia-que la Argentina entraba en default. Fue transmitido por la televisión a todo el mundo que seguía la crisis política que derivó en la caída de Fernando de la Rúa. De hecho Rodríguez Saá, que sería presidente sólo por una semana, legalizaba una situación de default ya existente en la práctica.
Lo lamentable que vio el mundo ese día fue el festejo de senadores y diputados que siguió a cada párrafo del asumido jefe de Estado ponderando el cese de pagos de la deuda, pero al mismo tiempo declarando que la Argentina se mantenía dentro del régimen de convertibilidad. El mismo que nueve días después derogaría Eduardo Duhalde.
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Se dice que la parte económica de aquel discurso la redactó el ministro de Economía de ese momento y por efímeros siete días, Rodolfo Frigeri. Pero hasta Rodríguez Saá se ve en el video sorprendido por la ovación al decir que los argentinos pasábamos a ser morosos. De pie y a los gritos lo festejaron, como se percibe en esa filmación histórica, duhaldistas como Mabel Müller y José María Díaz Bancalari. No se puede confirmar en el registro de video la actitud que tomó Cristina Fernández de Kirchner que también estaba en el recinto esa mañana, pero los que se encontraban cerca de ella recuerdan que aplaudió cuando ya todos lo hacían y sin levantarse de su asiento. Totalmente lejos la hoy primera dama del fervor y los aplausos de pie del hoy kirchnerista Jorge Yoma. Por supuesto también se la ve parada a la puntana Liliana Negre de Alonso con los ojos llenos de lágrimas como si se tratara de una declaración de independencia. Mario Das Neves, el actual gobernador de Chubut; Miguel Angel Toma, que pocos días después pasó a la SIDE con Duhalde, y Carlos Alesandri, actual mano derecha de José Manuel de la Sota en el gobierno de Córdoba, fueron otros festejantes con exageración filmados. El sindicalismo, y por supuesto toda la izquierda, se plegó a ese festejo irresponsable con enloquecidos más notorios a simple vista como Saúl Ubaldini y Oraldo Britos, aquel sanluiseño gremialista que fue en su vida legislativa una máquina de afectar al país con beneficios gremiales. Resultó curioso que el populista cordobés Humberto Roggero ni siquiera se paró a aplaudir.
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